FLORES

 

Delicadas cristalizaciones fugaces de la belleza, efímeras formas de la perfección de la Presencia, variadas, aromatizados milagros entre la impermanencia creativa del cosmos.

 Expresáis vuestra ofrenda silenciosa en el mundo, desplegando vuestro instante pleno y luego dejáis apagar y morir vuestro fuego.

 A los pies del Buda en la ofrenda, delicadamente reflejáis el prodigio de la transformación de la gracia. Cada flor, cada pétalo, cada brillo, cada color refleja la mutación de nuestro dolor, de nuestra desorientación, de nuestra ignorancia que la energía creada en la Gompa convierte en quietud o en silencio, o en paz o en dicha o en Presencia Consciente o en todo ello, floreciendo dentro de nosotros como flores entre abrojos y barro, como luces bellas entre nubes, como bálsamo en heridas, como refugios seguros en el desastre, como alegría en la oscura y espesa capa de la insatisfacción y la frustración...

Las flores de la ofrenda reflejan esta mutación de la energía Consciente de la sabiduría de la Maestra que, durante la práctica diaria de la meditación, nos guía, recoge, nutre para que conectemos con nuestra esencia de dicha, plenitud serena, Consciencia y poco a poco ésta vaya estabilizándose en nosotros y así podamos vivirnos más y más ahí, en  nuestra esencia. Así mismo,  nosotros podemos darlo a los otros seres con los que vivimos, podemos aportar una mirada más lúcida, más ecuánime o simplemente un silencio más sereno, que el otro-a  percibe y  puede ayudarle a conectar con su silencio,  sentir él- ella, también ,esa otra forma de vivir, de ser, más acorde con   su aspiración profunda.  A esa aspiración le hemos llamado: felicidad, plenitud, éxito, libertad... palabras que hemos dado los humanos a nuestro anhelo de algo que nos colme más , que exprese ese espacio que brilla en el corazón de todos los seres, más o menos oculto, pero nunca muerto.

 Así las flores son un reflejo, un espejo bello, delicado de la ofrenda, de la entrega de la Vida, con mayúsculas, de la Consciencia, hacia todos nosotros y a su vez, de la nuestra hacia el mundo.

 Desde esta perspectiva “el servicio” de cuidarlas, renovarlas, velar por alargar su efímera vida es algo bello y a la vez lleno de esos aspectos más profundos que desempeño con devoción y  que es una pequeña forma de agradecer lo mucho que recibo cada día en esta pequeña Gompa, guiada por la presencia consciente de quien la guía, llena de la energía más pura y luminosa que recibo diariamente con tanta generosidad y que me permite vivirme con ráfagas de plenitud, entre los avatares del día a día, en la vida intensa profesional y personal, con una dicha que nunca había tenido. Aunque sea a nivel horizontal, ésta es reflejo de otra vertical que también se expresa. Todo ello me hace decir, mentalmente, “gracias, gracias, gracias...”, a la vida, gracias a todo lo que ésta nos da en forma de plenitud interior y  de abundancia. Cada vez necesito menos de fuera, aunque también ahí, ahora se expresa orden, armonía que va colmando las necesidades de todo tipo. Hay poca carencia, quizá, pienso, es un proceso de  “cara amable”.  Sé que la vida tiene la otra cara, me la enseña muchas veces; pero cada vez puedo mirarla y soltarla bastante pronto. No estoy libre de sufrimiento, ni de deseos pero, estos han disminuido mucho y con ellos la temida frustración.

Viene a mi mente un cuento budista que cuenta la historia de un rey que tenía dos hijos, a los que amaba sobremanera. Al morir, repartió sus bienes entre ellos. Al mayor le dejó todo su reino, sus palacios, sus tesoros, todo. Al pequeño, que era su favorito, solo un anillo de plata. Cuando éste vio su posesión, se sintió muy, muy apesadumbrado y así estaba, lamentando su mala suerte, cuando se dio cuenta de que en el interior del anillo había una inscripción. La miró con desgana mientras se secaba las lágrimas  y leyó: “Esto también pasará...” Algo, en lo profundo de su ser, comprendió que aquello era un gesto de amor y sabiduría de su padre. Se secó el rostro, se colocó el anillo y se fue a vivir lejos de su hermano, al otro extremo del Reino, donde poseía una pequeña casita con muy pocos bienes, los justos para vivir muy humildemente.

  Pasaron los días, llegó el invierno, el hermano rico sufrió una invasión de otro rey, tuvo que luchar durante meses, perdió muchos hombres y bienes, casi pierde su propia vida. Cuando acabó el conflicto, muy apesadumbrado, se retiró a su palacio, lamentándose, sufriendo por su desgracia.

  Su hermano, en cambio, llevó los rigores del invierno, el frío, el viento, la escasez, con mucha calma, ya que cada día leía el lema del anillo. “Esto, también pasará...” Llegó la primavera con su esplendor, el hermano mayor se enamoró de una bella muchacha y loco de amor intentó conquistarla hasta que la hizo su esposa. Parecían tan felices... pero pasaron los meses y la muchacha enfermó, sin que nada ni nadie pudiera evitarlo, murió y con ella el niño de poco tiempo que llevaba dentro. El joven rey desesperado, intentó calmar su dolor en el olvido, en los excesos, en la autodestrucción, descuidó toda obligación. Sufriendo en la mas profunda de las desolaciones, recordó a su hermano y buscó en él consuelo. Cuando lo visitó, el dueño de la casita le ofreció todo lo que tenía, su hospitalidad de pobre, su poco alimento, su única cama... Sobre todo le escuchó, le dejó vaciar su corazón de tanto dolor y le mostró el anillo. Cuando el rey leyó la inscripción comprendió que su dolor estaba producido por su aferramiento a lo perecedero, su apego a lo que no dura... “Esto, también pasará...” “Esto, también pasará...” Comprendió que su hermano había sido el más beneficiado de la herencia, porque su padre le dio algo mucho más valioso que la riqueza y el poder, la sabiduría del desapego, la comprensión de los ciclos del universo, la aceptación de la naturaleza cambiante  de todo.

  Abrazó a su hermano pequeño, le pidió perdón por su egoismo y le nombró su consejero. Juntos reinaron con justicia y ecuanimidad muchos años.

  Las flores que cuido y ordeno expresan esta vivencia de la impermanencia, del desapego. Las coloco en sus jarrones de la ofrenda, como agradecimiento por lo recibido, como muestra de la plenitud y belleza de esta nueva-buena-plena vida que vivo y que vivimos los que venimos a este pequeño receptáculo de la Presencia. También me enseñan estos alados seres inanimados, que la armonía y belleza es posible, aunque haya mucho horror, mucha oscuridad, mucho ruido, turbación, dolor. Pero sobre ello, a veces en sus entrañas, se esconde el regalo de su opuesto, cuando podemos vivirlo, mirarlo, desde la Consciencia. Así mismo, en su esplendor milagroso en la belleza de sus formas esconde la muerte, la impermanencia implacable que todo lo arrasa hacia la renovación, que es destrucción previa, mudanza de todo, de nuestro pequeñísimo paso terrenal, de nuestros afanes que creemos tan importantes, de nuestro dolor que a veces hemos cultivado en la ignorancia.

  Ellas pasan ligeras, despliegan sus alas de perfección y se despiden, nadie ni nada puede consolidar su instante de gloria. Desapegadas, ligeras, muestran y pasan sin apego, sin querer atesorar su tesoro tan bello.

  Lección de desapego de lo fútil y perecedero, de lo que nos crea dolor y ansiedad, elevación a lo que ellas, delicado milagro de la materia divinizada nos evocan: la eterna Presencia que es la plenitud de todo, siempre eterna y siempre renovada.

  Quiero expresar el anhelo de que esta comprensión  sea realidad  no solo mental sino profunda en mí.