CUERPO MÍSTICO

 

  Cualquier día, cualquier hora, camino entre, vivo, me comunico con otros seres, que como yo van y vienen, muchas veces absortos en sus proyectos, cumpliendo agendas mentales de actividades y afanes. Los miro pasar cerca o lejos, mi mente inconsciente los etiqueta, como ellos lo harán conmigo: "Señor- a mayor, aspecto entristecido, joven risueño lleno de proyectos o rebelde enfadado por y contra todo, niños carentes o encantados ante cualquier cosa que ellos viven como mágica o nueva".

  Mi mente ordena, distribuye y encasilla a todos-as, mi ego se siente distinto, busca ser especial o algo secretamente así lo cree, el viejo amigo falso que vive en este cuerpo y que responde a mi nombre, que se vive, muchas veces, sufriente, carente, constreñido por esquemas que ha creído verdad.

  Cuando me miro juzgando, comparándome, etiquetando, veo la profunda soledad de esta mirada fría y me cuesta creer que son mis hermanos, que son expresiones de algo inmenso, partes de un todo, la Consciencia, que son como yo, amor y pureza. Me cuesta, a veces, sentirlos próximos, hermanos, como yo perdidos en quimeras.

  La práctica meditativa me abre, cada vez más, a mirar, a observar mis emociones, mis reacciones, mi estado físico... Y ahí , cada vez veo más a los otros, desde el dolor y la carencia, la suya es la mía, su ansia de verdad o de libertad, los viejos patrones egoicos actuando, los modelos de ser esto y aquello, los veo en mí y los veo en los otros como similares u opuestos, pero siempre bailando el baile de la carencia y la frustración. En esta visión de lo interno siento el alma del otro, el alma o lo que se mueve dentro, entre las sombras, buscando salir y ser luz. En muchos momentos se viste de felicidad, de vivirse colmado de cosas o afectos, en otros una llamada más honda y profunda busca lo más genuino el Ser Real, que colme todas las expectativas y otras, que posiblemente no podemos ni imaginar por su grandeza.

  Como Pablo de Tarso, caminamos hacia Damasco, en el caballo veloz de la inconsciencia, hacia metas muchas veces loables, incluso espirituales: "Luchar, limpiar, erradicar esa nueva religión, tan peligrosa, el nuevo cristianismo..." Su corazón, suponemos, lleno de "buenos propósitos".

Persiguiendo estos afanes hasta que algo inesperado, una voz desconocida y milagrosa le hizo caer del caballo, le llevó a las puertas de la muerte y vio que los sueños que perseguía su inconsciencia eran aire que se desvanecía y comprendió la gran verdad de la existencia, la grandeza de su alma, el propósito de este viaje terrenal que todavía no había terminado para él. El rayo de la Consciencia limpió todo lo que había creído cierto y posiblemente se vio en los brazos de la luz amorosa de la Consciencia que abarcaba todo y cuando abrió los ojos al mundo otra vez, alguien nuevo vivía en su cuerpo, que ya era solo, solamente expresión del Gran Amor al que llamó "Cuerpo Místico de Cristo". Sin saberlo, ahí habitamos todos, oscurecida nuestra percepción por los apegos y las sombras del ego. Este Cuerpo Místico está ahí en lo profundo de la Gran Mente. La meditación de la Vacuidad abre este espacio de dicha inefable, hecha con sencillez, gozo y de bodhicitta. Nada externo lo inmuta ni lo agranda, es: "Agua, rocío, viento, grosura y germen de todo", es el Espíritu Santo que vivifica ese todo amoroso, lúcido, vasto e innombrable que el Cristo cristiano representa y que se expresa en la budeidad de todos los seres humanos como un inmenso cuerpo que vive articulado armoniosamente. Su cabeza, el Espíritu Consciente que rige todo el movimiento, así dijo Jesús en la agonía del huerto de Jetsemaní: "Yo soy la vid, vosotros los sarmientos". Ambos unidos e interdependientes, los frutos y la planta que lo sustenta, unidad de las partes en el Uno.

  Pero desde la dualidad en que vivimos la mayoría, la mayor parte de nuestro tiempo, todo se expresa en forma de opuestos que nos llevan al sufrimiento, apegos-rechazos a esto y aquello, montaña rusa de emociones a ratos, vida asordinada en la melancolía o en la impotencia otras... Formas estas y otras muy conocidas para todos, que nos alejan de nuestra verdad. Esta se expresó en Pablo de Tarso como una llamada misteriosa, un rayo lúcido que le dijo:

  -¿Por qué me persigues? ¿Por qué huyes de ti mismo?

  Quizá es la misma voz que suena dentro de mí y que dice:

  ¿Qué persigues? ¿A dónde vas? ¿Qué busca tu verdad en esta vida?

Esa voz también a mí me despierta a la Consciencia o es ella la que se expresa. Entonces siento un profundo agradecimiento por su llamada y se produce una reconexión con el Ser o con lo que vislumbra mi mente oscurecida  y puedo evocar momentos de fusión con el absoluto a través de la práctica meditativa de la Atención Consciente.

Quizás Pablo de Tarso comprendió, tras su vivencia unitaria, las Palabras de Jesús: "Todos somos uno, como tú Padre estás en mí, yo vivo en Ti". Desde el Budismo se llama Dharmakaya al espacio infinito profundo que lo abarca todo y que no está diferenciado de nuestro ser, el gran Ser que habita en este pequeño cuerpo terrenal al que en la inconsciencia creo yo y al que me apego como mi verdad, cuando me duermo en la dualidad.

A esta unión con lo trascendente, que a veces vivimos, por pura gracia de la Consciencia, lo hemos llamado "Místico", vivencia, experiencia de la Realidad con mayúsculas, por su carácter oculto, desde la ignorancia de la mente pensante lo llamamos "Místico" mystikos en griego significa "misterioso, secreto" porque la mente egoica no puede comprender, asir algo que la supera, que es de otra magnitud y grandeza, que lo trasciende infinitamente.

En esta gran unidad se da la total interconexión de todos en el Todo, como un inmenso "cuerpo" donde las partes y el todo son lo mismo, expresiones de la Consciencia que lo unifica y lo trasciende.

En este nivel relativo del día a día, me vivo en la dualidad con atisbos de lucidez, que la práctica de la meditación va acrecentando y la conciencia en lo que hago, pienso, siento, me ayuda a ir integrando poco a poco mi inconsciencia. Y así veo cómo mis actuaciones, mi actitud en la relación con los otros no es solo expresión de mi egoica necesidad, que se expresa tal cual, sin responsabilidad alguna para con los otros. Cada vez más, la Consciencia me hace comprender que tengo una responsabilidad en lo que siento, en lo que vierto al exterior. Si expando dolor y frustración eso llega a los otros, enturbia un poco más el mundo, lo hace más inconsciente; si emano lucidez y presencia eso también impregna y beneficia a todos, como un gran cuerpo articulado, intercomunicado. Todos compartimos este viaje terrenal, por eso los grandes seres han transformado y transforman, cuando se materializan como seres vivientes, sanando el mundo, aliviando el dolor y ayudándonos a que salgamos de la inconsciencia y el sufrimiento, redimiéndonos como Jesús en su cruz, Buda y tantos otros sin nombre famoso,  Bodhisattvas, Yoguis Positivos que han acompañado y acompañan a la humanidad y la conducen al Despertar.

Nosotros, yo entre tantos seres que buscan su verdad, despertar al Ser, conscientes de la unidad de todos, podemos contribuir a una mejor y mayor salud espiritual en este plano terrenal. Cuantos más seamos, más conscientes nos vivamos, más meditemos, más podremos hacer realidad "El Reino de los Cielos", Aquí y Ahora, respirando en un Cuerpo Consciente, el "Cuerpo Místico" de la Presencia.