Cómo se viene la muerte tan callando”


En nuestra tradición cultural y espiritual la muerte se ve como el final y la desaparición del ser que creemos ser, en ella se anula la vida y todo desaparece. En la religión en la que nos hemos educado muchos, después nos espera otra vida. No obstante, no tenemos referencia de ella, es algo en lo que debemos creer para soportar el dolor de una evolución que para muchos es injusta o incomprensible: “nacer, crecer, sufrir, perder sueños, perder salud, en muchos casos vivir sin vivir, viviendo como un peso con el saco de las penas y frustraciones y finalmente, en la decadencia física y a veces psíquica, morir, desaparecer.” Parece un argumento absurdo, algunos han dicho que lo hicieron unos dioses locos y crueles para divertirse, otros que es fruto de un azar que nadie controla, otros que son los designios de un dios omnipotente, justiciero, lejano… Otros que al morir nos diluimos en las cosas o que nuestros espíritus viven y padecen por un universo misterioso…Así algunas de las muchas explicaciones que desde diferentes teologías se han dado para justificar la vida.

Nuestra mente egoica pensante siempre ha intentado darle un sentido a este aparente sin sentido, a veces recordándonos como final ineludible la muerte, aunque intentemos taparla, olvidarla con una capa de hedonismo o de consumo fácil que parece compensar esta herida evidente de lo inevitable.

Cómo no recordar las famosísimas coplas de Jorge Manrique (poeta castellano del siglo XV):

                                                “Recuerde el alma dormida,

                                                 avive el seso y despierte

                                                 contemplando,

                                                 cómo se pasa la vida…”


Recuerdo que desde muy joven cuando me leían o leía estos versos me conmocionaba, me inquietaba eso de “estar dormida”, no sabía entonces cuánto lo estaba y muchas veces lo estoy, dormida en otras películas, desconectada de la conciencia clara de nuestro Ser Real. Me inquietaba así mismo el final de:

                                           “Cómo se viene la muerte

                                             tan callando…”

 

Recuerdo pensar “todavía tengo mucho tiempo, no me pasará a mí, podré prepararme para cuando la vea venir” pensamientos de consuelo para olvidar pronto esa inquietud que muchas veces me llenaba de desasosiego.

Así callando, sin esperarlo, ha fallecido una persona muy allegada a mí. Sonó la voz de un familiar en el teléfono “ha muerto de pronto, estaba normal, había dado un paseo y al volver…”. La voz se rompía en llanto dolor, reflejaba anonadamiento, incredulidad “no puede ser, no puede ser”, aunque ella tenía la evidencia de un cuerpo muerto con cara de su ser querido, era una evidencia ineludible. Pero para mí era una noticia como de otro mundo, como si estuviera dormida soñando, esos sueños malos de los que te despiertas angustiado/a, triste.

Era real, estaba ocurriendo, se amontonaban muchas emociones, la vieja conciencia, el pasado venía con sensaciones de dolor, incomprensión, desgarro, con pensamientos “nunca la veré, nunca le podré comentar tantas vivencias que estoy teniendo, cómo ha cambiado mi vida, incluso compartir con ella tanto que he descubierto y que da sentido profundo a mi vida”. Ella vivía lejos y hacía mucho tiempo que no nos veíamos, habíamos hecho planes en nuestra ignorancia de considerar fijo y sólido lo que no lo es. Se unía a lo anterior una parte de temor “si a ella le ha tocado, a mi puede que también me llegue pronto, queda mucho por hacer, todavía no estoy preparada…”. Dolor, miedo… pero, también algo nuevo aparecía, algo que podríamos llamar, distanciamiento de todo ello, comprensión y aceptación de que las cosas son como son, referentes que he tenido en mi experiencia meditativa de vivirme en otra dimensión, la dimensión de la Consciencia, dimensión de paz, de luz, de amor, de gozo, transcendiendo el cuerpo, la forma, las otras formas. La evidencia de ello, no la fe en ello o la esperanza de ello me fue llenando de paz. “Solo es el cuerpo lo que ha quedado muerto, su Ser Real está en otra dimensión, sé que esa dimensión existe, sé que es mi Ser y el de todos los seres, Alma Despierta”. Esta evidencia diluía la pena, la extrañeza, el temor hasta hacerlo desparecer totalmente.

La vida terrenal y su final tienen ese sentido, volver, a través de la disolución de lo negativo acumulado: dolor, frustración, carencia… a la transmutación a través de la observación consciente, desde la vivencia de nuestro Ser Real, mutación de lo que nos oscurece, de lo que oculta nuestra verdadera naturaleza de seres libres, Conscientes. Este camino para mí es posible a través de la práctica de la meditación, tanto sentada, como viviéndola en mi vida en largos espacios, en mi relación con los demás, en la soledad…

Así, esos días cuando paseaba o sentía la vida consciente en mi rostro a través del aire frío de la nieve u oía el viento en el silencio de la montaña o el ruido de los pasos en la ciudad, me venía la imagen, la presencia del Ser que se había ido y lo sentía cerca de mí. En ese otro plano de percepción, compartía con ella mi dicha del momento, el disfrute de lo que me rodeaba y le enviaba palabras sagradas en el mantram  ”om mani pedme hum…” para que le ayudaran en su tránsito hacia la luz. Me sentía feliz, algo impensable en otros momentos de mi vida, en otras pérdidas de seres queridos.

Un sábado la práctica de Chenrezy la dedicamos a esta persona que acababa de dejar el cuerpo. La recitación de los mantras, la luz blanca de Chenrezy, la presencia Consciente poderosísima de nuestra Maestra, llenó de amor y paz mi corazón, sentí que el Ser de mi persona querida había encontrado la paz en la luz amorosa en los brazos iluminados del Buda de la compasión, mil brazos de sabiduría para que vivamos en la otra dimensión, en la plenitud que aquí ya paladeamos más y más seres, entre la oscuridad, la espesa capa de dolor inconsciente en la que vivimos los seres humanos hasta no despertar totalmente a nuestro Ser Real, nuestra verdadera Naturaleza Búdica de plenitud de amor y libertad.

En este camino, voy caminando, recordando que como decía el poeta “contemplando cómo se pasa la vida”, cómo solo es un tránsito para que en él seamos conscientes de nuestra inconsciencia y así la diluyamos, viviéndonos aquí, en la plenitud del Aquí y Ahora o Eterno Instante, antes de pasar a la orilla de la muerte, momento que puede ser otra oportunidad para el Despertar Consciente.

Aquí y Ahora está el mar consciente. Manrique no podía vislumbrar esta realidad desde su trasfondo espiritual dual (vida-muerte, cielo-tierra, pecado-virtud).


                                             “Nuestras vidas son los ríos

                                              que van aparar al mar

                                              que es el morir…”


Más allá de esta dualidad está la Unidad Consciente que algunos grandes seres viven aquí. Así la tierra es el cielo, la muerte del ego inconsciente es la vida de la Consciencia. En este momento en que esto es para cada vez más seres humanos, aunque lo percibamos poco, porque ocurre en otra dimensión silenciosa, por ahora, pero seguirá ocurriendo hasta llegar al Despertar colectivo de la era Maitreya.