Testimonio de vida

 

Servicio, entrega, donación, compartir, casi siempre palabras de ida-vuelta; yo te doy tú me devuelves algo: agradecimiento, reconocimiento, estima positiva, afecto, admiración…

Casi siempre expanden por nuestro entorno sentimientos positivos, hacen, posibilitan que vivamos más compensados, nos ayudan a llevar nuestra vida con más ligereza. Todos queremos, en muchos momentos, en una encrucijada, en un revés, en una necesidad cualquiera, que alguien generoso nos ayude, nos dé soluciones, o si es posible, que nos redima del todo.

Otras veces somos nosotros los que podemos hacer de ángeles guardianes, y algo en nuestro corazón se siente bien, se expande, pero luego viene la sombra de la respuesta.

Si no me lo agradecen, si no me lo celebran, si no soy tenido en cuenta, el resentimiento, la frustración barren toda la luminosidad de nuestro gesto, y nuestra vieja amiga, la de la cara fea, los gestos duros, la de la oscura insatisfacción, se apodera de nuestro estado de ánimo.

Casi siempre esa luz, ahí dormida, vuelve a salir una y otra vez, porque algo puro y luminoso quiere expresarse, algo que está en nuestra naturaleza, que forma parte de nuestra esencia constitutiva.

Y es una fuerza que se expresa como amor, amor hacia lo que nos rodea, compasión ante el dolor ajeno, ante la ignorancia y el desconocimiento. Ha habido y hay grandes seres que han vivido y viven esta luz maravillosa, seres que han purificado las humanas limitaciones, éstas que nos envuelven a casi todos en la frustración y la ignorancia, algunos dirán pecado, no importa las palabras. Estos grandes seres derramaron y derraman su esencia amorosa y una de esas grandes llamas ha cambiado el mundo que les rodeaba y les rodea porque el poder de su pureza elimina la niebla de nuestra ignorancia y nos lleva a nuestra esencia fundamental, a nuestro anhelo de amor, gran amor incondicional hacia todos los seres. Este amor anida en el centro del pecho, y es paz y es dicha, y no tiene dueño, no se apega a lo amado, ama y suelta y está colmado en sí mismo, y es en sí mismo dicha grande y plena que invade lo que uno es y lo que le rodea, emanando armonía siempre, incluso en lo difícil y oscuro, en lo conflictivo.

Como dicen los sabios, ”faro de la sabiduría” que inunda todo lo que le rodea, que disuelve las pequeñas aspiraciones de conseguir cosas, bienes trofeos de cualquier clase; sabios que hablan de mundos paralelos al nuestro, donde se vive en este gran amor, en esta pureza, como “Shambala” u otros lugares. Allí habitan seres purificados, seres de luz que con su infinita compasión, guían, apoyan nuestra vida desorientada y sufriente, llena de ambiciones encontradas, de lucha, cansancio, pesar…

¡Qué realidad más alta, más maravillosa! ¡Cómo resuena en nuestro anhelo secreto de plenitud, de felicidad! ¡Cómo buscamos a ciegas, breves chispazos de este esplendor en nuestros objetivos, en todo tipo de objetivos! Más poder algunos, más bienes otros, más intensidad, más originalidad, más , más para mí, sobre todo para mí y por extensión a los míos, más, más, en definitiva más felicidad o lo que entendemos por ella. Así vivimos dando vueltas y más vueltas a vidas de insatisfacción, de esfuerzo para lograr cosas, juguetes pequeños de felicidad que duran tan poco o que es tan difícil conservar. ¡Cuánto esfuerzo! El cuerpo, el olvidado cuerpo muchas veces se queja en forma de dolor o enfermedad. La mente, cansada siempre, siempre fustigada por el anhelo, se expresa también en dolor, en insomnio, en miedo, en tristeza… Siempre buscando lo que creemos fuera y lejos, lo que mañana o pasado será posible, o, el año que viene cuando logre esto o aquello, siempre lejos, fuera…

Pero esa realidad más alta, más maravillosa está ahí dentro y algunas campanas la despiertan o ella sola se mueve dentro para que le demos cauces.

Para algunos es el dolor de una pérdida, para otros un instante mágico de conexión, para algunos afortunados la presencia de un ser extraordinario cerca, que es estímulo su sola cercanía, que es estímulo su ejemplo, su entrega, sus palabras, y sobre todo, lo que desde el silencio emana.

Esto resuena y despierta como a “Lázaro” y le hace andar, vivir, buscar donde siempre ha estado escondido, el secreto, las llaves de oro del tesoro, en el fondo de nuestra casa, en nuestra esencia luminosa y amorosa como el arpa olvidada en el fondo del salón oscuro (como decía el poeta). Una mano misteriosa hace sonar las cuerdas olvidadas y la música cristalina ilumina la estancia y todo vibra y se despierta y se abren ventanas  y claraboyas;  la luz, sus partículas aéreas flotan y la vida más alta se expresa en belleza, en armonía, en alegría, en paz. Pequeñas campanas aéreas que respiran en el aire y se expanden por todo y lo invaden iluminando otras oscuridades, despertando zonas que creíamos muertas y olvidadas.

Pero vivir en esta luz maravillosa, en esta sabiduría, en este amor, exige en la mayoría de los casos un trabajo de depuración que no es un conjunto de metas, de logros a alcanzar con esfuerzo, como una larga y complicada carrera espiritual; no es una consecución de trofeos para los que hay que entrenarse duramente compitiendo con otros y con uno mismo; no es como cualquier carrera del mundo, luchar esforzarme para lograr el éxito final. “La meta es el camino” nos dicen los sabios. Y este camino ¿Cuál es? ¿Dónde está? ¿Cómo se anda? ¿Con quién? Queremos saber para ponernos a ello y lo hacemos al principio, si no estamos atentos, como sabemos, compitiendo, esforzándonos, luchando con nosotros mismos, con lo que consideramos nuestros defectos o nuestras limitaciones,  luchando por alcanzar un ideal como nosotros lo entendemos o como creemos que hay que lograrlo.

Pero vivir esa luz, muchas veces es un regalo generoso: se nos da. Otras veces es algo más sencillo, vivir con más atención, con más presencia en lo que ocurre en cada acto que hacemos, en cada pensamiento que tenemos, en cada emoción que se mueve en nuestro pecho, o en nuestro estómago…

Atención, presencia en todo. Palabras sencillas, actos sencillos pero no siempre accesibles, posibles para nosotros mortales, llenos de miedos y ansiedad, carencias bullendo dentro ansiosamente, reclamando ser atendidas y satisfechas.

Pero hay una puerta maravillosa. Yo la he encontrado y millones de seres en otros tiempos y ahora millones de seres la usan todos los días, algunos todo el día. La puerta es la meditación de la atención lúcida. Ese es el método, sencillo pero no fácil. Es lo que hay que aprender y utilizar con constancia pero no compitiendo, sino con la entrega sin esfuerzo del que bebe agua para calmar su sed porque le alivia, le limpia su organismo lleno de toxinas mentales, de oscuridad. Y esto es grato siempre. Puede que alguna vez remueva durezas anquilosadas, partes secas, o partes enfermas pero cuando las mueve puede erradicarlas, llevarlas al torrente para que las neutralice y disuelva. Este es el camino, el paso a paso del andar sin buscar nada, practicando por la práctica en sí, por la paz que aporta, por la autenticidad que se vive en ella, por la dicha que algunas veces regala.

Desde esta luz uno puede amar o vislumbrar el amor de verdad; puede ver lo que es servir en las pequeñas cosas de la vida cotidiana, trabajo, amigos, familia, conocidos; puede poner esa energía luminosa, que es de todos pero que brilla en cada uno, puede poner esta energía al servicio del amor, del apoyo al que lo necesita, no en lo que él o ella quiera sino en lo que pueda serle más beneficioso. Ahí algo muy valioso, el discernimiento. ¡Cuánto de nosotros proyectamos en nuestra ayuda! ¡Cuánto podemos dar al otro que éste no necesita o quiere! Dar amor, ayudar pero con el faro de la lucidez, dando pero discerniendo, no solo buscando el sentirme bien o el ser compensada de alguna manera.

Siendo, si se puede, un vehículo de la luz, de la Gran Sabiduría que se expresa sabia, maravillosamente, por sí sola;  ser solo un instrumento del amor, de la Verdad, de la Compasión de verdad.

Este es mi gran anhelo, y creo que, poco a poco, sin frustrarme cuando no lo logro, que es muchas veces, este anhelo se va logrando, al que quiero dedicar mi vida, mis fuerzas.

No es un trabajo doloroso, quizá algún momento pueda serlo, no lo sé. Estaré ahí en el camino para intentar que fluya lo que quiere fluir. El amor imparcial e incondicional para todos los seres.