He descubierto que mi ego no es lo mismo que mi ser real

 

Muchas veces he oído y leído esta palabra, pero ésta es la primera vez que la escribo, dándole el sentido, que  ahora sí  soy capaz de comprender.

Nuestro ego se nutre  del recuerdo doloroso, de las ilusiones frustradas, del prestigio que se enreda como una hiedra en el tronco de tu ser, solo pretende crecer y si no lo consigue, castiga volcando todo su cesto de decepción y  baja autoestima sobre el corazón y la mente, que a menudo cegados por el fulgor  de ideas como: “solo intento ayudar”, o: “necesito que se me escuche, yo sé otro camino más corto y liviano para llegar al mismo lugar". A menudo nos regodeamos, con falsa modestia, de lo bien que hemos quedado haciendo o diciendo esto o lo otro, cultivando con esmero la imagen que quisiéramos que los demás tuvieran de nosotros, para que nuestro ego pueda creer que esa imagen es verdad, es genuina.

El ego salta como un depredador ante cualquier idea, proyecto, en cualquier actividad que realicemos. Si no estamos vigilantes, aflora y  contamina la realidad, no permitiéndonos ver las cosas tal como son. Así es, el ego es tan importante en nuestra vida, que lo confundimos con nuestro propio ser. Hay que estar despierto, eso dicen los maestros/as, para observarlo, conocerlo y trascenderlo. Si nos enfrentáramos a él en una batalla sin cuartel, la lucha nos debilitaría y nos llevaría a un callejón sin salida. De todo lo cual, amigos míos,  se deduce que no sólo deberíamos reconocerlo,  sino también aceptarlo y quererlo como a un niño/a que hierra, que comete equivocaciones, no una, sino muchas veces.

La receta es: aceptación, paciencia y cariño con lo que creemos que somos.

Algunas veces cuesta reconocerlo porque se disfraza de las formas más insospechadas, como la anteriormente descrita o como El Buen Samaritano, Santa Teresa de Calcuta, Luther King, algunos santos y santas, algún Nobel de la Paz , como Rigoberta Menchú, Indira Gandhi u otros.

Cuando hacemos alguna intervención que creemos a todas luces, que es positiva. ¿Qué hay en ella de verdad? ¿Un  genuino afán de hacer un servicio? ¿Una necesidad del ego de exhibir y demostrar  su estatus, su prestigio? ¿Dónde están los límites que los separan?

Lo que sí puedo afirmar es, que cuando el ego necesita reafirmarse, en la mayoría de los casos, atropella a otros egos que a su vez también se defienden, provocando una lucha, no exenta de heridas y dolor. Al final de todo esto, llegas a preguntarte: ¿Ha valido la pena dar rienda suelta  a ese ego que mostraba esa necesidad acuciante e impetuosa de mostrarse, de ser reconocido, escuchado y por qué no, de ser superior?

Esta experiencia fue dolorosa, pero no del todo inútil. Tuve la suerte de haber despertado en medio de la batalla y pude verme a mí misma desde fuera. Entonces comprendí, que mi ego actuó como siempre, impetuoso, pero esta vez, disfrazándose de cordero inocente.

Mi ego reclama en estos momentos que os haga saber que alguna de las propuestas de mejora que expuse, se introdujo en el sistema.

Bromas aparte, de aquí en adelante trataré de ser más consciente y estar más despierta.

Om mani padme hung