MI QUERIDO INQUILINO Y YO

Parece imposible que cuando nos ocurren hechos trágicos se pueda volver a vivir. Personalmente me resulta imposible que pueda volver a vivir la vida como la vivía antes, porque la máscara de la vida se ha caído. Las alegrías, bienestares que he conocido, no duran. Solo busco lo permanente, lo que siempre es. Por eso mi dedicación a la meditación, y todo lo que ello conlleva, es mi absoluta prioridad.

Pero cuando se convierte en algo tan intenso, también las tensiones aumentan. Las enseñanzas impartidas en el centro me guían, e intento ser más y más consciente de lo que vivo, de cómo funciono. Y me encuentro muchas veces atascada, otras cansada, otras desanimada. Porque no sé si avanzo, porque la tensión de intentar estar más consciente, de no dejarme arrastrar por las emociones, y pensamientos en plena identificación con ellos, se incrementa. Y cuando, un día, y otro, y otros, veo eso, o por ejemplo, que soy incapaz de mantener la atención en las respiraciones, me lleva a desesperarme, y el desasosiego se instala y crece.

¡Ay el ego, mi psique, mi mente…! Está ahí, permanentemente juzgando todo esto, cuestionando mi propia capacidad y merecimiento.

Lo bueno de todo esto es que cada vez veo más claro, que vivo con él, mi ego, con mi inquilino, y esto es así, quiera que no, me guste o no. Compartimos piso, y yo estaba siempre deseando que se fuera. Era mi enemigo, el indeseable, el que siempre estaba interfiriendo en todos los momentos del día y en todas las habitaciones de la casa. Conforme me voy dando cuenta de que esto es así, nace en mí el respeto por él, cada vez un más profundo respeto. Y también nace la comprensión de que tiene un espacio que yo se lo estaba negando. Por eso ahora, cada vez que entro en casa, cada vez que tomo conciencia en el momento presente, ya sé que siempre está. Ahora le voy acogiendo, le reconozco su existencia, y ya no deseo que no esté. Le voy conociendo detalladamente, poco a poco, y le voy queriendo, comprendiendo. Es curioso, porque a la vez surge una pequeña sensación de que me siento más libre de él, y nace la paz de que el conflicto va disminuyendo. Si tengo meditaciones “de pena”, si me encuentro totalmente identificada en mis emociones, pensamientos, es así, observo a mi inquilino, y a veces, conforme lo hago, los pensamientos, emociones, van desapareciendo, y sigo observando hasta que llego a percibir claramente el profundo sentimiento de identidad personal, desnudo de actividad mental, pero con una completa sensación de identidad real consciente, que ve a mi inquilino en su “real papel en el puzle del Despertar”. Es un descubrir, desenmascarar al inquilino tal cual es, y percibo lo real de mi identidad consciente. Y le rodeo con mi amor, y con la seguridad de que no soy yo, lo entrego “al Espacio Abierto de la Mente Consciente”, tal y como nos enseña Antxoni.

Cuando, identificada con mi ego, estoy haciendo cosas, viviendo situaciones, o juzgándome, ahora me va saliendo la empatía, y a veces, me hace hasta gracia, con cariño. Y me doy cuenta que el desasosiego que tenía desaparece, me voy sintiendo tranquila y va apareciendo esa paz. Va apareciendo el no egocentrismo individual, que permite amar hasta nuestros propios errores. Es como que al respetarle a él, al darle su espacio, yo a su vez lo voy recibiendo para mí misma. Porque me voy fijando en el YO REAL, el arrendador, que va viendo la ilusión del inquilino, mirándole compasivamente, y a éste le dejo tranquilo en el piso en que vivimos, permitiéndole existir, estar, vivir. Y me centro más en sentir ese YO-REAL que da ese amor, ese espacio, y disfruto realmente de lo que soy, liberada de su ilusión. Es una fuente que no está en ningún sitio, que no tiene ninguna forma, pero existe siempre porque de ella, de mi corazón espiritual, (que también es mío porque es universal), inagotablemente sale el amor, el acogimiento… Es lo que puedo hacer. Lo único que me hace contactar con él son los actos de mi actualización en el momento presente. Y desde ahí, tal y como nos dicen las enseñanzas intentar afrontar acogiendo lo que va apareciendo, desde la atalaya, sin identificarme: “aceptar el momento tal cual es”. Cuando no puedo sostenerlo y me identifico plenamente con ese dolor, y con la duda de si algún día lo podré superar, o con lo que vaya presentándose, ya no me culpo por ello, ya voy estando en paz con ello. Qué distinto me resulta oír y entender las enseñanzas a irlas viviendo y aplicando.

Tengo unos escollos presentes importantes.

Uno de ellos es la culpa. No he transcendido el sentimiento de lo que yo pude haber hecho mal respecto a mi hijo, de que no le protegí lo suficiente, y de que no le di lo que él necesitaba, y mientras, él estaba sufriendo. Y no hay peor verdugo que uno mismo, el propio ego. Tengo muy presente la enseñanza: “el ego
siempre distorsiona la realidad”, y siento también que es así, que tiene el campo de visión de la hormiga, y no la del águila, tal y como nos enseña Antxoni. Pero la culpa aún sigue latente, y por eso, en ciertas ocasiones surge con fuerza y eso me hunde. Pero sigo observando y desarrollando ese Y0-Espacio del Corazón Espiritual, que acoge y da amor a la madre sin hijo, culpable, que me enseña que mi propio “perdón” también pasa por perdonar a otros que sé que inconscientemente hicieron daño a mi hijo, porque la ignorancia, la inconsciencia es la misma, y es el mismo juego para todos. Pero es que además somos la misma esencia, lo que siento como un enorme descanso, y tenemos la misma naturaleza. Por eso me doy cuenta que estoy unida a ellos. Y cuento con la fuerza de que mi hijo, en su despedida, reflejó cómo se iba sin “una pizca de rencor hacia nadie, porque aún no había conocido a una sola mala persona”. A mí, esto me resulta impresionante.

Pero este juego, yo culpable - el otro culpable, ocurre continuamente en nuestras vidas, porque ¿quién no se ha sentido, o se siente ofendido por un desprecio? ¿Acaso no somos igual de inconscientes tanto el que hace el desprecio como el que lo vive como una ofensa?, y si me quiero acoger en lo que veo que es una identificación con mi ego, ¿cómo se puede hacer eso si no acojo al otro en su propia identificación? Cuando no acepto “las imperfecciones” en los demás, ¿cómo voy a acoger las mías? Y al revés es lo mismo, mientras no me acepte, ¿cómo puedo aceptar a los demás? ¿Mientras no me ame, cómo puedo amar a los demás? Ellos son mi espejo, me devuelven mi propio empecinamiento en tener razón en mis propias interpretaciones de lo que estoy viviendo.

Aquí, tengo que decir, que para mí, ahora, la recitación de pujas y mantras compasivos, me resultan imprescindibles. Siento que me están ayudando a ir contactando con el amor de mi Ser Real, que es capaz de abrazar tanto a mi inquilino, como a los demás. Siento que dichas prácticas, me van dando algo que escapa a mi psique y a mi voluntad.

Tengo otro escollo: es mi identificación con mi ego. En estos momentos de mi vida es la identificación total y absoluta con lo que ha pasado. Yo no soy yo, soy la muerte de mi amadísimo hijo, soy su ausencia, soy su suicidio, soy su sufrimiento, soy mi culpabilidad. Y toda esta identificación se incrementa muy, muy intensamente cuando salgo al exterior. No me ocurre tanto en el centro de meditación, ni en el ámbito familiar y de amistades íntimas. Pero en el resto de ámbitos sí. Por eso evito el contacto, las relaciones fuera de ellos, porque el dolor, la identificación, involuntariamente, automáticamente, en una milésima de segundo, se intensifica demasiado. Ocurre sin más o también ante un olor, ante un detalle, ante lo que sea, y me invade un dolor profundo, profundo. Por ello me estoy cuidando, porque veo que aún no estoy fuerte.

Y todos tenemos unas historias personales con las que nos identificamos, y las alimentamos continuamente, en cuanto abrimos el ojo por la mañana. Inconscientemente, a lo largo de todos los momentos del día. De algunas estamos orgullosos, de otras nos sentimos unas pobres víctimas, siempre después de pasar nuestro propio examen-juicio interno. Eso nos da el sentimiento de ser “alguien”, de existir como individualidad, que nos encalla en el individualismo egocéntrico. Unas historias, más dolorosas o menos, y que continuamente nos las repetimos nosotros mismos: “mi pareja me ha abandonado”, “estoy en una depresión”, “me siento sola” “mis padres no me dieron cariño”, “no tengo éxito social”… Nuestra identificación pasa por nuestras vivencias: a través de nuestra pareja o ausencia de ella, a través de nuestros hijos, o ausencia de ellos, de nuestras relaciones y pasado con nuestros padres, nuestras amistades, nuestra experiencia profesional, nuestros estados de ánimo, nuestra imagen corporal, nuestros objetos queridos… nuestros perfumes. O con cualquier contrariedad, aunque sea muy simple, o con nuestras muchas autojustificaciones para identificarnos con nuestras propias interpretaciones de nuestras vidas. Probablemente la mayoría de ellas se reactiven más al relacionarnos con el exterior. Y eso nos pasa a todos.

Pero es que respecto a nuestras historias, en el fondo, no queremos renunciar a ellas, porque nos dan una sensación de seguridad, de identidad, de ser alguien, aunque sea a través del sufrimiento. Y el plantear siquiera renunciar a ellas, proporciona una sensación real de vértigo, porque es pasar a ser “nada, ni nadie” desde la perspectiva del sentido egoico. Porque ¿qué queda sin esa identificación?... ¿qué queda de mí?... ¿qué queda de mi hijo? A mí me pasa, que surge como una segunda muerte para él provocada por “mí”. Es una sensación, como de traición hacia él, hacia ese ser tan maravilloso, como de borrar todo su rastro de paso por mi vida, que aún es bastante dolorosa. Y “mi muerte-identificación”… sin ella no sé si se puede hacer. Algunas veces tengo instantes de lucidez, que son liberadores porque cuando no soy mi identidad egoica, me reconozco como individualidad libremente consciente, y siento una intuición de lo que es “la absoluta libertad de ser”.

Pero además la renuncia no es un proceso intelectual. “La aceptación profunda es pura Gracia”, y es una apertura al corazón espiritual de libertad interior. Si digo: “vale, lo veo claramente, me doy cuenta, así que ahora yo renuncio, lo entrego,… estoy dispuesta a todo”……… y…... ¡¡no pasa nada!! Porque me siguen surgiendo recuerdos, emociones, hábitos de pensamientos, sobadísimos de tanto usarlos, y para cuando me doy cuenta ya estoy metida de lleno en la piscina. Será mental la decisión de no quedarme atrapada, pero el trabajo es diario, y para mí las enseñanzas junto con su aplicación en el día a día y en las meditaciones, acompañados de la práctica de las pujas y mantras compasivos, son las herramientas para ir generando un espacio en el que se pueda producir dicha renuncia, para que se vaya estabilizando lo que de forma puntual vivo, lo que es imposible para mi voluntad egoica. “Un mayor espacio de conciencia individual” tal y como nos enseñan. Son esos actos continuos de estar atenta, y de decidir en esos momentos, pequeños y grandes, momentos en los que me doy cuenta que estoy alimentando mi identificación con mi historia, y entonces realizo actos de elección consciente. Son esos actos los que desarrollan la lucidez, y los que poco a poco me van dando la energía suficiente para poder acoger a mi inquilino y simultáneamente ir reconociendo a mi Yo-Real Consciente, que todos tenemos. ”No es posible acceder directamente a las raíces egoicas. Lo importante es deshojar las ramas una a una” nos dicen las enseñanzas.

Hay una frase que me encanta y me da fuerza y amor: “la vida no te pasa a ti, sino para ti”. No quiero vivir la vida como una víctima a la que le ha pasado lo que le ha pasado. Quiero estrujar lo que de ello pueda descubrir, porque en cada historia de nosotros, y en la mía también, en la forma en que se han ido desarrollando nuestros acontecimientos, hay algo intrínseco que tiene la semilla de nuestro crecimiento y desarrollo. Pido a la vida que me dé la energía, lucidez y discernimiento para poder penetrar en ella, y aprovechar todo lo que se pueda derivar de mi historia, con el fin de poder darme a muchos más seres, más allá de mi pequeña familia. Llegaré hasta donde llegue, pero lo que no dejo de hacer es el camino.

Me siento muy, muy afortunada de que después de tanto buscar haya encontrado el centro KSL, y doy gracias a todos lo que allí acuden porque también lo hacen posible. Y por supuesto a Antxoni, que con las enseñanzas, y su entrega completamente desinteresada, incondicional, permanente, amorosa, e indiferenciada a todos los que allí acudimos, me transmite la visión y energía de
LO QUE ES.