CUANDO LA VIDA SE ROMPE

Mi vida, yo, me rompí completamente el día que mi hijo de 20 años se suicidó este año 2013. Así me sentí. Yo que pensaba que más de lo que había sufrido hasta ese día, poco más podía ya sufrir…. Pero apareció un dolor que jamás hubiera podido ni imaginar que existía, y con él la culpa de que no lo hice lo suficientemente bien para haberle ayudado en su sufrimiento y de que el haberle fallado, provocó la muerte del ser de mis entrañas amado. Me rompí en millones de cachitos. La vida para mí ya no existía, y yo sentí que con semejante dolor, yo ya no podía vivir. El amor de todos mis seres queridos, aunque me era imprescindible, no era suficiente para poder sentir ni el más mínimo aliciente de la vida.

Pero el centro Karma Samten Ling ha sido, y es fundamental para mí.

Nunca hubiera imaginado que las personas que acudían allí, anónimos compañeros visuales de meditación se transformaron en seres que me dieron, y me dan a mí y mi dolor su apoyo, su presencia, su amor, su respeto y su acogimiento. Gracias.

Y la pieza fundamental, Antxoni. Me transmitiste la visión de la energía y firme determinación. En medio del Tsunami una viga fuerte, que no se tambaleaba ni un ápice, pero que a la vez yo sentía que se zambullía completamente en él, a mi lado. Y aunque no podía vivir más que lo que he descrito, el verla, sentirla así, me daba fuerzas para poder ir a meditar. Meditar era lo único que sentía que me podía hacer atravesar ese inmenso dolor para desentrañar por lo menos la vida, la existencia, la muerte, y así poder sobrevivir. Las enseñanzas que diariamente se impartían, cobraron una intensidad brutal, pero me sentía totalmente incapaz de poderlas llevar a la práctica, como si tuviera que alcanzar la luna andando.

Meses de no sentir ninguna mejoría, avances de ningún tipo. De no ver ni una mínima lucecita. Muchas e intensas recaídas. Pero ahí también era amorosamente recogida, y aceptada , sin ningún tipo de juicio, ninguna palabra, gesto que indicara que era hora de ir mejorando y de ir aplicando las enseñanzas. Eso me dio fuerzas para la constancia en la meditación y así poder afrontar el dolor y la culpa.

Siguiendo las enseñanzas y la práctica en la meditación :

He aprendido a ofrecer mi dolor, por todos los seres que sufren, muchos bastante más que yo. A sentirme humilde, a pasar a formar parte, de forma serena y consciente, del género humano, seres sintientes sufrientes.

He aprendido la intensidad de las prácticas de pujas y mantras compasivos (rezos), y su vivencia me aporta algo insustituible, que aún no sé describir.

Estoy aprendiendo a observar numerosas resistencias a la hora de meditar, a veces porque el dolor es demasiado intenso, a veces por pereza, a veces por falta de fuerzas, a veces por desánimos psicológicos… y a acogerlos con la mirada lúcida, amorosa, compasiva y entregarlos al espacio de la Mente Consciente.

Estoy aprendiendo a observarme, dándome cuenta de cuándo aparecen los pensamientos sobre mi hijo y yo, y voy cogiendo fuerzas para elegir no identificarme con ellos (mi ego): con los recuerdos, con su ausencia, con las añoranzas de sus anécdotas, con la culpa…, ya que al haber estado ahí, sé que ahí sí que no hay salida, tal y como continuamente lo dicen las enseñanzas. Sólo desesperación y locura.

Estoy aprendiendo a cuando me embarga el dolor, estar consciente, vivirlo, (sigo llorando), no alimentarlo con pensamientos… y soltarlo cuando va disminuyendo, porque si no, pasa a formar parte de mi ego, reafirmándolo.

Estoy aprendiendo a soltar el anhelo de una experiencia mística espiritual que colme mi sed, pero que de paso me haga sentir más cerca de mi amado hijo y también solucione toda mi egoica vivencia de la vida diaria ordinaria.

Estoy aprendiendo a tomar conciencia en la respiración en mi vida diaria, y en conexión con esa atención a acogerme con mirada amorosa compasiva en mis recaídas, en mis culpas, en mis deseos, en mis recuerdos, en mis mecanismos, y entregarlo al espacio de la Mente Consciente.

Estoy aprendiendo que la práctica de la meditación y los rezos en el centro y luego en la vida diaria, en su devenir cotidiano, va aportándome algo inexplicable pero real e impensable para mí hasta hace muy poco tiempo. Algunos aspectos de ello es que me doy cuenta que ahora empiezo a aceptar su muerte, incluyendo sus circunstancias, con paz. Que ahora puedo sentir que puede que haya habido cosas con él que yo hubiera podido, quizás, haberlas hecho mejor, pero las acepto con paz. Que ahora he empezado a ver sus fotos con paz. Y mi gran sorpresa es que en mi interior se va desarrollando, una certeza, sin mi intervención psicológica/filosófica/religiosa, de que él está en el Amor, en el Gozo, lo que me conmueve profundamente. Ahora soy capaz de intuir la preciosidad de la vida, incluyendo su trayectoria desconocida, imprevisible y a veces demoledora.

No me siento libre de volver a recaer. No sé cómo va a ir mi proceso, pero eso se lo dejo a la vida. Solo sé, que en mi mano está el ir desarrollando mi soporte vital: la constancia en la meditación y en los rezos, y mantener la actitud y determinación de intentar aplicarlo en mi vida diaria. Y sé que este es mi camino para poder llegar a vivir la vida de forma libre, gozosa y en paz, independientemente de la forma con la que se vaya presentando. Aún no me siento fuerte, y todavía no puedo enfrentarme a la vida diaria completa, porque toda mi energía está puesta en la meditación tanto en el Centro como fuera, y necesito que así sea.