Reconocimiento

 

Esta vez la hoja en blanco no produce ansiedad: ¿qué escribiré? ¿Sobre qué hablaré si yo no tengo nada de qué hablar?

Nuevamente, la Maestra Antxoni tiene razón, cuando me hace notar que estos pensamientos son una solemne tontería.

Hoy, ante este folio inmaculado siento paz. La Presencia se expresa con una calidez especial, y la conciencia de ello es más lúcida de lo habitual, es decir, libre del reiterado atolondramiento por andar atrapado en asuntos, por lo demás, bastante banales.

Sin pretenderlo previamente, surge un rápido repaso de la fortuna de vida que me ha tocado vivir a partir de que la presencia de la Presencia pasó a formar parte de ella como experiencia vivencia real y reconocible. Es lo realmente vivo de mi vida o cuando estoy vivo en realidad.

Lamentablemente hay en mí mucho de negación, de discurso auto escéptico que me ha impedido sumergirme totalmente en la vivencia, una suerte de pesimismo existencial que afirma cosas como: los otros sí pero tú no estás llamado al Despertar.

Solo que ahora, en este preciso instante suena como una cantinela lejana absurda y aburrida, y delante, muy por encima de este discurso negativista se impone, radiante, la experiencia de estar vivo. Y lloro. Apenas una lágrima, pequeña, infinitesimal partícula en el Cosmos, pero expresión auténtica y real que dice: gracias. Sin porqués sin por esto o aquello, simplemente porque sí.

Vienen a mi mente la imagen de Jesús Javier Juanotena, de Antxoni Olloquiegui, budas en la tierra que haciendo posible este milagro son apenas reconocidos, reconocimiento que por otra parte, ni buscan, ni pretenden y que en todo caso, asumirían solo si con ello facilitaran el más pronto cese del sufrimiento y el advenimiento del Despertar de todos los seres.

Por mi parte solo tengo esta lágrima de gratitud: mi infinitesimal reconocimiento.