MIOPÍA EGOICA

 

PRIMERA ESCENA

Las catástrofes naturales son una metáfora de nuestra vulnerabilidad.

Su desbordante energía destructora me conecta con un estremecimiento básico y elemental, con el temor primigenio frente al lado peligroso e ingobernable de la naturaleza.

Un día tras otro, la imagen de una gigantesca ola abalanzándose sobre las costas de Japón a más de 500km/h., destruyendo a su paso, diques, arrastrando coches, barcos y edificios en una mezcolanza extraña e incoherente ha sido reiteradamente mostrada en los medios en una especie de ritual catártico con la pretensión inconsciente de familiarizarnos con lo terrible hasta el punto de normalizarlo y domesticarlo.

Contemplarlo así, recluido en la pantalla, más allá del más aquí, reconozco que posee incluso un efecto egoístamente tranquilizador.

Terrible sí, pero lejano.

Muchos miles de muertos  y desaparecidos, pero ninguno de ellos de los míos: ni “mis” amigos, ni “mis” familiares, ni “mis” vecinos…

La embajada española comunica que no hay ciudadanos españoles entre las víctimas. ¡Qué alivio!

Terrible sí, pero lejano.

Bajo esta ingente masa de agua, fascinante en su ciego poderío, no solo han desaparecido objetos y seres vivos, sino que yacen miles de rutinas quebradas: acciones, pensamientos, sentimientos y deseos cotidianos, muchos de ellos automáticos y anodinos bruscamente suspendidos y abortados, convertidos en segundos en una nada repentina y definitiva.

Me imagino este simple acto de escribir estas líneas quedar inacabado en un simple e irrepetible segundo sin más.

Asoma el tembloroso temor a la propia aniquilación, compañero inseparable de la insustancial idea del ego que sigue aquí pegada como Cyrano a su nariz.

Y en un inesperado malabarismo, lo que estaba allí y lejos se presenta aquí, bien cerca.

El tsunami no es agua en desbocado movimiento sino la vida misma imposible de domesticar, encajonar u ordenar en estanterías de la A a la Z.

Y en este preciso instante, me siento arrastrado y golpeado por esas aguas, formando parte del incoherente y extraño marasmo de objetos, personas y rutinas sin sentido, entrechocando unas con otros como absurdos despojos de un sueño, el sueño del egocentrismo colectivo humano, en el que se percibe separado de la naturaleza, e incluso superior a ella al amparo de lo que resultan inútiles y desarboladas defensas.

Súbitamente se instala en mí una especie de abandono,  un silencio que me absorbe y me impulsa a rendirme al no saber, a la evidente certeza del fin de todas las formas, a la absurda inconsistencia de los empeños egoicos.

Ahora sí, me siento cercano a los 10.000, 20.000, 30.000, seres arrebatados de su ensoñación cotidiana en un instante violento de pavor inenarrable.

Me abro a la compasión por el sufrimiento humano y pido que cese cuanto antes: Om Mani Pedme Hung.

SEGUNDA ESCENA

Pedir por la liberación de todos los seres sintientes se me revela como un ejercicio de extrema sensibilidad propia de un corazón amplio y generoso, algo absolutamente inalcanzable para el ego.

Al mirarme en este espejo, basta con planteármelo  siquiera, incluso como deseo, para ver cómo surge en mi mente de forma casi instantánea la lista de los excluidos.

Porque, todos los seres quiere decir todos, sin exclusión.

Ambicioso propósito del que me hallo tan lejos en tantas y tantas ocasiones.

Reconozco en mi interior ese parloteo del ego que se queja y protesta: pero cómo, ¿también éste o aquel que me hizo esto y aquello absolutamente imperdonable? Y así…

Es más, sin llegar a estos extremos, basta con que un acontecimiento se sitúe fuera del alcance de mis propios intereses, del entorno de mis amigos y conocidos, en definitiva, más allá de cualquiera de mis “mis”, para que el dial de mi sensibilidad se paralice atascado como en una radio de mercadillo.

Puedo comprobar a menudo que de mi boca brotan expresiones como: ¡qué lástima! ante las desgracias ajenas cuando detrás hay poco calor real y mucho de impostura.

Imbuido en estos estrechos marcos egoicos y egoístas soy frecuentemente incapaz del simple acto de escuchar con una mínima atención y apertura a los demás.

Pero, todos los seres, son todos, recampanea en mi mente, sin excluir a ninguno…

Me he sorprendido estos días, adoptando posturas  maniqueas frente al conflicto libio.

Y sin entrar en valoraciones políticas, me quiero referir al hecho de que desde el ego y de modo totalmente inconsciente, he caído en las siempre reduccionistas divisiones de los buenos y los malos, en una sutil pero real adhesión infantiloide al despliegue de la poderosa maquinaria de destrucción bélica occidental tan aerodinámicamente mortífera presta a machacar a los malos y perversos mercenarios, aunque resulten ser desgraciados de 18 años pagados por el petrodólar del sátrapa que ése sí que es malo y se merece que…en fin…

Pero, ¿no eran todos sin excluir a ninguno?

Gracias a que existen entre nosotros multitud de bodhisattvas que piden por todos, que nos benefician a todos y que nos inspiran en el camino, tirando de todos los seres humanos para que podamos trascender el ego individual y colectivo tan limitado y estrecho de miras que tanto dolor y sufrimiento nos causa.