Meditando sentado
sobre un saco de bombas

 

Las habilidades de un maestro de meditación para atrapar al ego en un aquí te pillo aquí te mato y dejarlo fuera de circulación, al menos temporalmente, son inagotables, imprevisibles y fuera del alcance de cualquier manual.

Esta acción es el resultado del amor incondicional hacia todos los seres y de su infinita compasión.
No hay rastro en ello de pretensión egoica alguna, ni de una premeditada voluntad. Hace lo que la Consciencia indica sin más, como dúctil instrumento a su servicio.

En ocasiones, su actividad podría compararse con la magia de un prestidigitador que extrae de la chistera del cuerpo emocional de los seres con los que se relaciona, el conejo de las emociones reprimidas que quedan expuestas  a la evidencia y a la posibilidad de su transformación.

Tal malabarismo no concita precisamente aplausos ni parabienes, más bien, en ocasiones como la que explicaré a continuación, es objeto de reacciones y reproches poco amables.

Remover las capas y capas de los viejos pero, no por oxidados, menos eficaces condicionamientos es vivido en ocasiones por mí como un ataque personal, injusto e  inexplicable.

Conocer esto y recibir enseñanzas respecto del cuerpo emocional acumulado es en sí mismo una gran fortuna. Pero es solo el comienzo que debe ser completado con la aplicación práctica hasta la transformación de lo acumulado y esto, al menos en mi caso lleva más tiempo que lo que supone una mera comprensión intelectual.

Para ilustrar lo dicho hasta ahora qué mejor que un ejemplo traído del día a día.

No es cosa nueva detectar en mí reacciones muy desproporcionadas cuando percibo, actitudes críticas, provenientes de personas de quienes desearía recibir, si no loas ni aplausos, sí una atención emocionalmente positiva.
Me reconozco especialmente sensible a las señales de la desafección y las huelo a kilómetros.
Por más que pueda razonar acerca de que tales cosas son normales y que incluso puedan estar justificadas como respuesta a actuaciones o actitudes por mi parte, ello no evita que se desate en mi interior una tormenta de dolor exagerada.

Basta en ocasiones la sospecha de que tal cosa está sucediendo para que el proceso se ponga en marcha.

A la velocidad del relámpago, la impotencia y la frustración hacen su aparición primero, para dar paso después a la reacción de rabia y enfado.

En este punto álgido, la capacidad de entender la labor de la Maestra Espiritual se ensombrece en una pérdida total y absoluta de perspectiva de lo que nos traemos entre manos.
En definitiva, la identificación con este campo de emociones dolientes, agresivas y victimistas es total o casi…

En el cinerama particular, y en circuito cerrado se va desplegando todo un catálogo de proyecciones cuyo argumento central gira en torno a la necesidad de reafirmarme frente a lo que para el ego no son sino afrentas inmerecidas e injustificables.

Impulsado por un desaforado proceso de pensamiento en marcha la bola emocional se recarga e incrementa más y más ensombreciendo la mente bajo un tupido manto de reproches, resentimientos y rememoraciones de ofensas que el ego cree que sufrió ayer, sufre hoy y para terminar de redondearlo, sufrirá mañana, por supuesto.

La rabia y el enfado alcanzan el potencial de una bomba incendiaria que más que nada se quema a sí misma. Aún y con todo, la obnubilación tiene sus brechas y se abren ciertas rendijas que a duras penas permiten el paso de la conciencia y de la cordura...

También de la toma de conciencia del sufrimiento detrás del enfado infantiloide.

La cordura reclama parar, pararse haciendo uso del único recurso válido la meditación, salvavidas al rescate de la identificación.

La meditación resulta ardua, reclama aferrarse a lo básico de la respiración abdominal aunque resulte costoso cuando estoy acosado por la incesante e insistente matraca que no cede así como así...

Más aún si las condiciones externas que han servido de pretexto a semejante desatino no han desaparecido, es decir cuando el fuego sigue encontrando su leña.

Me represento así, sentado meditando sobre un saco de bombas que amenazan con estallar. Pero con todo,  sé que es esto lo que en este momento puedo hacer, debo hacer y quiero hacer.

Lo bueno de lo malo: este mecanismo de emociones reprimidas, de condicionamientos añejos está expuesto a la luz. En un rincón de mi mente escucho  una voz que me susurra y me alienta: libre, libre de todo este drama de pañuelo moquero…

Y sentado meditando en Karma Samten Ling con la mochila de la mente todavía cargada de petardos como en una mascletá valenciana, la presencia de la energía meditativa de la Maestra, sólida, amorosa, fresca y luminosa me invade y despeja de un plumazo todo, y cuando digo todo, es todo.
Despierto o soñando, no hay término medio.

Vuelve la respiración sosegada, la perspectiva, la experiencia de haber despertado de una pesadilla, de una más de las alucinaciones del ego que en este momento carecen de entidad real alguna. Vuelve la vida achicando todo el dolor egoico sin sentido.
Vuelve la gratitud, sobre todo la gratitud.

Pienso en los posos del té removidos hasta enturbiarlo, y en el gesto ágil,  gracioso y preciso de la Consciencia que en un instante con su bien entramado colador lo aligera de nuevo y así persevera hasta que nada quede en el fondo, hasta el total Despertar. Vuelvo al inicio de este escrito para maravillarme de la prestidigitación de la Consciencia, de la incombustible e insobornable actitud de mi Maestra cuando de la liberación de los seres se trata y la gratitud por todo ello se desborda.