La vida real: el total despertar
en la Consciencia


 

Es una curiosidad explorar lo que el ego entiende por “vida”.

Veamos, se trata de ese cúmulo de acontecimientos que tienen su comienzo en el llanto del bebé y finalizan con el último aliento, una inscripción en una lápida, una escueta cantidad de ceniza depositada en una urna. Tal vez en casos ilustres pueda añadirse a lo anterior una biografía póstuma donde se recopilan los méritos del difunto o sus vergüenzas o ambas cosas.

Desde el punto de vista egoico, la vida está intrínsecamente asociada al concepto del tiempo que discurre en milimétrica continuidad del pasado al futuro. El presente pasa de puntillas, inasible, casi imperceptible como un subproducto poco digno de consideración.

Además, el ego necesita añadir a lo ya mencionado una buena dosis de orden. La vida sumida en su devenir temporal se intenta apilar coherentemente como los libros en un estante. Las perlas del anecdotario personal se engarzan en el hilo conductor de una narración sobre la propia vida generalmente falseada, exagerada o directamente inventada en un intento desesperado por dotar de lógica y sentido al desconcierto, al claro desatino.

En este ejercicio de fabulación, el ego se siente algo más seguro dentro de lo que cabe en su consustancial inseguridad. Se engaña a sí mismo creyendo que tiene la vida bajo control si se limita a diseñar el futuro como mera proyección de la experiencia acumulada en un pasado que le resulta familiar, esforzándose en que sus deseos y expectativas se cumplan sin sorpresas ni sobresaltos.

Bajo estas premisas transcurre lo que el ego denomina “vida”, en la reiteración insustancial de lo aprendido, sin renovación, sin aire fresco que respirar, en una actitud banal e incluso frívola que va consumiendo la existencia sin gracia, sin ton ni son.

El ego dilapida y despilfarra respiración tras respiración padeciendo incluso la maldición de no saber qué hacer con todo ese tiempo que le resta por consumir, desangrándose de aburrimiento y hastío.

Ante tal falta de intensidad se tira del ajetreo, donde la máxima agitación va de la mano de la mínima evolución.

Ajetreo en el exterior y agitación en el interior donde los pensamientos corretean como ratones de laboratorio, perdidos en extraños laberintos que se vuelven más y más intrincados cuanto más ansiedad se pone en buscar una salida. El ego se desespera a sí mismo.

Prontamente la vida deviene en el espacio tiempo donde se expresan la ansiedad, la angustia existencial y el pánico. Recordemos: un valle de lágrimas.

Hasta que llega el final, el último aliento, ese instante en el que todo lo vano y frívolo se cortan en seco, momento en el que o ya no quedan fuerzas para recordar el pasado, o si se hace, es repentinamente percibido del modo en que realmente se vivió, es decir, como un sueño. Pero sobre todo es cuando se confirma que ya no queda espacio donde proyectar futuro de ninguna clase, al menos como lo entiende el ego. Fin y bajada de persiana.

Esta visión de la vida y de la muerte unos egos se la llevan contando a otros y estos a otros durante muchos años, muchos siglos, quizás milenios.

De tan reiterado, el mensaje ha calado de tal modo que se presenta como una verdad cabal, seria, circunspecta e incuestionable.

Apaños y paños calientes los ha habido y los habrá. Veamos por ejemplo, el esfuerzo en dotar al ego de un futuro extra, en el más allá, en otro reino lo suficientemente parecido a éste para que el ego no se desestabilice. Sin entrar a valorar aquí la bondad o no de tales planteamientos lo que sí es fácil constatar es que carentes de otra profundidad en la experiencia, esos remedios poco reconfortan al ego. Identificado como está con el cuerpo físico todas estas promesas de futuros le acaban sonado como los cuentos de las "Mil y una noches", bellos sí, pero cuentos. El último trance está casi siempre ligado al patetismo. Sería visto como un auténtico despropósito que alguien en la proximidad de su final soltara una sonora y consciente carcajada.

Lo que el ego denomina “vida” es solo sueño, el sueño del zombie que deambula empujado por las circunstancias en un continuo devenir sin presente, sin sentido y sin final feliz en cualquier caso.

En lo personal, vale que en ocasiones, cada vez menos, me vivo atrapado en la somnolente inconsciencia de la sombra de lo que en realidad soy, en la maraña de mi ego.

Pero son cada vez más los espacios de vida real que nada tienen que ver con ese entramado inexistencial.

Si el pasado pasó y el futuro no ha llegado aún, mi vida, la vida que yo sepa es ahora. Solo estando presente ahora, vivo la realidad y en realidad vivo.

Porque solo en el Aquí y Ahora se expresa la Presencia Consciencia que es mi Ser Real.

Acceder a la experiencia vivencia de esta Presencia es para algunos seres cuyo karma está maduro para ello, una eclosión súbita y espontánea.

Para otros, como es mi caso, se trata de un proceso paulatino que va dando paso a paso sus frutos gracias a la conjunción de la energía transferida por mi Maestra de meditación, condición indispensable en mi opinión, y la práctica meditativa personal.

Bajo estas condiciones la Presencia en el Aquí y Ahora no queda reducida a un nuevo concepto acuñado por el ego, siempre dispuesto a entretenerse atesorando novedades mientras no alteren su estatus, sino que se revela como una experiencia progresiva y creciente del auténtico Ser Real.

Decididamente orientado hacia la realización del total Despertar en la Mente Consciente mi existencia cobra un renovado sentido y una intensidad serena.

Esta experiencia vivencia de la vida real despeja la somnolencia, disipa los temores y ansiedades y reanima de su letargo a un corazón sensible y capaz de amar, no por obediencia al mandato de este u otro modelo moral codificado sino como fruto espontáneo de su propia naturaleza de ser amor.

Esta semilla de amor es regada diariamente y profundizada en tres retiros anuales en Karma Samten Ling por la Maestra de meditación Antxoni Olloquiegui, que desgrana sus enseñanzas genuinas e inspiradas desde la experiencia viva de su realización espiritual.

Enseñanzas en las que las palabras son sobre todo vehículos de transmisión de la energía Consciencia de la que nos hace partícipes, haciendo posible que descubramos nuestra esencia, la degustemos, nos reconozcamos siendo ella y nos referenciemos en el día a día más y más en ella, hasta acabar definitivamente con la mezcolanza inconsciente, que nos hace tomar por nuestra esencia al fantasmal ego insustancial.

Gracias a esta donación generosa, a este servicio sin desmayo, mi anteriormente desorientada no-vida, discurre ahora por cauces de creciente realidad y auténtica felicidad. Me reconozco junto con otros compañeros de viaje, formando parte de los planes de la Consciencia en esta era, la era de la expresión del Maitreya en el planeta tierra, que propiciará el Despertar colectivo de un amplio número de seres humanos entre los que aspiro a poder estar.