El “mal de altura” en el Camino Espiritual

 

Partiendo de mi propia experiencia, quisiera compartir aquí algunas reflexiones acerca de lo que he optado en denominar como “mal de altura” en el Camino Espiritual.
Me mueve a ello el convencimiento de estar ante un fenómeno que, si bien no me atrevería a calificar de universal, sí resulta ser, a mi juicio, lo suficientemente generalizado como para otorgarle la categoría de proceso básico en el crecimiento espiritual de todo meditador.
De entrada, cabe señalar que se trata de un aspecto entre otros del llamado “materialismo espiritual”, es decir, que forma parte de todo ese conjunto de actitudes que, bajo la máscara de supuestas nobles aspiraciones espirituales, ocultan las mas burdas ambiciones del ego personal o colectivo, en su insaciable trajinar en pos de lograr poder, fama, prestigio, afecto o seguridad en todas sus combinaciones.

Sin ánimo de ser exhaustivo, trataré de describir algunos de los síntomas que delatan la afectación del meditante por el citado mal.

La convicción secreta de “haber llegado”.

Se trata de un estado de euforia energética, como una pompa efervescente, en cuyo interior se ubica el meditador momentáneamente protegido de toda inclemencia emocional o perturbación de ánimo, reafirmado en la pretensión, y en esto reside el error, de que tal experiencia es un logro alcanzado por méritos propios, y por tanto definitivo.

De la intocabilidad a la insensibilidad.

Desde las elevadas cimas de esta ilusoria superioridad espiritual, el meditador contempla los defectos, errores, debilidades y sufrimientos ajenos con condescendencia paternalista, en el mejor de los casos, si no con un mal disimulado desdén, indiferencia e incomprensión que raya, incluso, la irritación, todo ello barnizado con palabras y gestos que tratan de imitar la auténtica visión compasiva.
La insensibilidad y la indiferencia son aquí compañeras del más absoluto ensimismamiento.

El “síndrome de maestro”.

La fantasiosa ensoñación de haber alcanzado un estadio de realización espiritual de tan alto calado es la antesala del denominado “síndrome de maestro”.
El meditante va repartiendo lecciones que, por otra parte, nadie le solicita, desde la convicción certera de estar en posesión de una entidad moral acreditada y cualificada, desde la que enjuiciar, aleccionar e incluso recriminar con comentarios poco convenientes, la torpeza espiritual de aquel que se pone a tiro. Todo ello por supuesto por el bien del pobre incauto.

De tú a tú con el “amigo espiritual”,

La relación con el “amigo espiritual” se ve, también, afectada por el “mal de altura”.
De estar originalmente orientada por la genuina aspiración a recibir apoyo y enseñanza se desvirtúa derivando en una especie de “compadreo”, en un tú a tú, ahora sí, entre dos seres de equiparable realización espiritual.
Incluso, en un estadio más avanzado de afectación, el meditador puede llegar a cuestionar la idoneidad del “amigo espiritual”, mirándole por encima del hombro, expresando críticas gratuitas que rayan el desprecio.
Por su parte, el “amigo espiritual”, conocedor del proceso que está sucediendo, además de aceptarlo compasivamente, puede, incluso alentar las ilusiones del meditante, sin otro fin que propiciar una ulterior toma de conciencia que le permita desenmascarar esta faceta del ego inconsciente.

La resaca: cuanto más arriba más abajo.

El “mal de altura” incluye su particular resaca.
Por la acción espontánea de la Consciencia la energía extra que de manera temporal disfrutó el meditador, tal como se depositó se retira.
¡Qué desilusión! ¡Qué estupor!
Las emociones más elementales vuelven a morder con fiereza; todo lo que sigue pendiente en el inconsciente reclama su salario y la frustración hace su aparición en escena.
Como es habitual, y en consonancia con su consustancial infantilismo, el ego herido del meditador busca algún culpable sobre quien descargar la rabia por volver a sentir el dolor, por toparse de nuevo con la realidad que había creído ilusoriamente trascendida, en definitiva, por constatar su falta de realización.

El idilio con el “amigo espiritual” se acaba súbitamente, dando paso a agrios reproches, responsabilizándole de la desagradable situación actual, como si tal ocurriera por su capricho personal.
Llegados aquí se le plantean dos opciones: el abandono del Camino Espiritual entre airados reproches y resentimientos, o, por el contrario, abrirse a la comprensión y aceptación del proceso vivido.
De la primera opción poco más cabe añadir.
No así en el caso de la segunda que bien merece dedicarle algo de atención.
Podríamos, tal vez,  preguntarnos acerca del sentido que tiene el mal de altura en el camino espiritual. ¿Se trata sin más de  un simple tropiezo protagonizado por un meditante despistado, o tiene mayor profundidad?
Mas bien me inclino por pensar lo segundo.
Hay algo en la experiencia del “mal de altura” que se vincula con lo más genuino del Ser.
En la práctica de la meditación pueden suceder chispazos de Despertar, contactos profundos, aunque puntuales, con la Vacuidad Gozosa de la Mente, que sitúan al practicante en su morada natural de Ser, libre, por tanto, de la acción de las emociones perturbadoras y de los miedos inconscientes.
Pero, para mantenerse permanentemente en este estado natural, el inconsciente personal debe estar totalmente limpio y purificado.

De lo contrario, ocurre que es el destello del propio chispazo de luz Consciente el que rescata, de entre las sombras donde se ocultan, los aspectos inconscientes, muchos de ellos muy elementales, aún sin actualizar.
En tanto, todo este fondo inconsciente permanezca sin integrar en la Consciencia, el meditante no podrá mantenerse permanentemente en lo que, de hecho, es su morada natural, el Ser Consciente.
El autoengaño que subyace al “mal de altura” es similar a la vana pretensión de un alumno de primero que pretende presentarse a fin de carrera sin haber resuelto las asignaturas pendientes. Es evidente que tal empeño está abocado al fracaso.

Bajo este prisma, el “mal de altura” vendría a representar un aspecto del proceso de integración del inconsciente personal consustancial al Camino Espiritual. Este subir y bajar tendría la categoría por decirlo de algún modo, de ley natural.
Cabe al meditador estar dispuesto a aceptar pasar por estos procesos de subida y bajada, en los que a mayor ascenso corresponde, en igual medida, un mayor descenso a los bajos fondos del inconsciente, y asumir la bondad de  su reiteración hasta que la progresiva integración de todo lo acumulado desemboque  en un estado de ecuanimidad donde ya no hay más arriba , ni abajo, sino diáfana expresión del Ser.

En cuanto a la duración de todo ello, cabe decir que varía mucho de unos a otros en función del karma personal acumulado en el pasado y de lo positivo o negativo que sea el que se genera en el presente.
A mayor generosidad y entrega, mayor facilidad para equilibrar el karma negativo pendiente.
Es importante destacar que la vivencia de la Vacuidad es absolutamente incompatible con el egoismo.
En conclusión el “mal de altura” tiene su función y también su medicina curativa: la aceptación y comprensión del propio proceso en sí, la humildad para reconocer las cosas como son y la disposición a seguir ahondando en la práctica de la meditación y de la entrega generosa.

Por último quiero llamar la atención al hecho de que todo lo descrito con anterioridad no se circunscribe exclusivamente a la esfera de lo individual.
Matices aparte, procesos similares se presentan colectivamente entre seguidores de determinados maestros, gurús e instituciones de índole espiritual o religiosa que desde este sentimiento de superioridad carente de fundamento, que hemos descrito, se autoproclaman detentores de la Verdad y exclusivos propietarios de las esencias espirituales.