El falso yo-yo

 

Mientras escucho las enseñanzas sobre la identificación con un falso yo me percato de que éste además de lengua fluida dispone de un oido fino y bien entrenado. Nada más se le nombra se agita como quien se pregunta. Ah pero ¿hablan de mí? Poniendo gran interés.

La idea de que él no es él en realidad en un principio le alivia bastante, porque si hay algo de lo que está bastante harto es de sí mismo, aunque como veremos, dentro de un orden. La propuesta de observar le proporciona una cierta categoría, digamos que superior: el yo observador. Aquí tenemos al falso yo jugando a no ser esto o aquello otro que pasa delante de la pantalla mental.

El falso yo oye bien pero escucha lo que le conviene y mira para otro lado cuando la enseñanza hace mención a su desaparición. Esto no le va. Se hace el longuis.

Se apunta a las reformas. Esto si me gusta, esto no, e interpreta la enseñanza como un mero maquillaje, una cruzada sin excesos encaminada a recrear una versión de sí mismo más aseada. Esta sugestión le da un respiro. La sangre no llega al río, se dice.
El resultado de esta torpe maniobra de evasión se hace evidente: en apariencia algo cambia para que en el fondo todo siga igual: sufrimiento.

Se sienta a meditar tranquilo, con todo bien acomodado, solo que algo inesperado está por suceder. Atento a las palabras el falso yo no se ha percatado en un principio de que hay algo silencioso y extraordinariamente poderoso que las acompaña. Sin saber cómo ha perdido el control. Vive un apoderamiento que amorosamente le desborda y le pone contra las cuerdas.

El Ser Real, la Presencia..., resuena en sus oídos. ¡Qué desconcierto! Siente a un tiempo miedo y esplendor. Está viviendo algo que le atrae y le aterra. Con todo, el falso yo es astuto y trata de amoldarse. Se cambia los galones: ahora es un yo meditador. Bueno además hay efectos especiales, extraordinarios incluso, se dice con poca convicción. Ensaya trucos y más trucos para controlar esta poderosa energía con la secreta intención de ponerla a su servicio. Vano intento.

Las oleadas de la Presencia son indomables y la energía penetra en el cuerpo desde lo alto de la cabeza con pulso firme. El cuerpo físico, el apego más querido del falso yo cruje cual vetusto navío desarbolado por el vendaval ardientemente amoroso.

Allí donde hay resistencia hay dolor. Allí donde hay rendición hay gozoso silencio. La voz de la Maestra insiste en la atención al cuerpo como escenario del Despertar, en tanto va siendo rescatado por la Presencia de las ataduras de su falso dueño para ser devuelto a su esencia de luz y armonía.

Momentos álgidos en los que lo natural es el espacio de lo maravilloso en su sencillez sin artificio.  Ver las cosas tal como son significa ahora percibirlas vivas, vibrantes y luminosas. La mirada del otro es el encuentro con el destello  feliz y radiante de la misma esencia en Todo. Desde luego, no hay rastro de temor, sino más bien deseo de permanecer siempre en el espacio real sin retorno.

Pero, el falso yo está aún demasiado entero. Vuelven las horas de la mecánica inerte de la maquinaria del ego que todavía conserva dientes en su engranaje.

El tira y afloja de la Consciencia y la inconsciencia en cada ser humano.

Sí, pero nada es lo mismo.  La ruta está marcada, el camino meditativo es la meta y la Presencia empuja hasta el total Despertar.