El amor en la impermanencia


Esta mañana  de retiro he escuchado una enseñanza sobre el ego y sus temores fruto del apego a esto y aquello.

La palabra temor ha traído a mi mente un recuerdo y con él la necesidad de escribir esta apariencia de carta, y digo apariencia porque a diferencia de las que lo son de pleno derecho, ésta carece de remite, no lleva sello alguno y nunca será leída por su destinataria.

Dice así:
nunca pude compartir contigo la impresión que me produjo la noticia de tu gravísima enfermedad recién diagnosticada. No era cuestión de agobiarte con mis problemas, bastante tenías con los tuyos.

Lo que experimenté fue, simple y llanamente, miedo y, más que sentirlo, lo fui de una manera excepcionalmente total y unitaria. No hubo rincón alguno de mí que no se contrajera en un espasmo seco y prolongado.

Viví con total claridad la certeza de tu pronta desaparición y su significado último: la pérdida definitiva del refugio materno. Tu figura representaba la certeza de que sería siempre acogido, aunque no se entendiera nada, aún a pesar de los pesares.

Tal y como hace tiempo escuché decir a un ser de total sabiduría, al que tú también llegaste a conocer, que al morir los padres es cuando la persona toma realmente conciencia de su soledad entre el cielo y la tierra.

Y volvemos al ego y sus temores.

Reconozco el miedo que persiste agazapado bajo los pliegues de la aparente solvencia personal, pura fachada, ese temor que se agarra al cuerpo con fiereza, lo constriñe y devora, agarrotando músculos y vísceras, y que a duras penas se contiene bajo tensiones imposibles.

Temor, en muchas ocasiones, carente de objeto a la vista, porque su causa hunde sus raíces en la ignota masa del inconsciente.

Percibo, a veces, ese rancio olorcillo a moho del reviejo temor egoico a su propia desaparición bajo todas sus formas: pérdida de afecto, prestigio, poder; temor a no sobrevivir, a enfermar y a morir, sobre todo a morir.

En contrapartida observo la patética fachada de la negación de todo ello, la gran huída hacia delante, la urdimbre complicada y compleja de las distintas formas egoicas: los egos prepotentes, los acorazados, los de tapadillo, los dependientes, los humildes, y más y más…

Como puedes imaginar, la identificación con el ego no aportó a mi vida precisamente cosas buenas: frustración, dolor, ir de aquí para allá dando tumbos sin sentido, enfadado con todo y con todos, haciendo responsables a los demás de mi desgracia. En fin…

Bien mirado tiene gracia que te cuente todo esto a ti ahora que vuelas libre de toda esta carga y no antes, pero ya sabes que pariste un hijo un poco extravagante.

Y hablando de parir ¡Qué círculos curiosos diseña la vida! Fíjate, tú fuiste testigo de mi primera respiración y yo de tu último aliento. Círculo cerrado y completo.

Deseé y pedí para que así ocurriera, que pudiera estar presente en ese "tu momento intransferible", el más importante, donde todas las máscaras han caído y lo que sucede es de una gran verdad.

No puedo olvidar esa espiración pausada, semejante al caer de una mano con desganado abandono, pausado y prolongado descenso hasta ese espacio de silencio del que el aliento más no retorna.

Pena sí, también alegría al verte marchar de un cuerpo ya tan gravoso y doliente, y, al fin, asombro ante lo que nos resulta a un tiempo auténtico e inasible.

Repentina toma de conciencia de cómo algo tan modesto como la respiración, que permanece la mayor parte de nuestras vidas fuera del foco de la atención se revela absolutamente esencial, el sutil lazo que nos mantiene ligados a la vida misma. Humilde y discreta respiración que encierra profundos secretos de conocimiento, siendo de hecho la puerta de acceso a nuestra profunda esencia de Consciencia.

Seguro que te habría causado gran sorpresa saber que tu hijo se traía entre manos la tarea de desbrozar, apoyado en la respiración, intrincados matorrales de pensamientos con la intención de descubrir ese espacio de silencio entre la espiración y la inspiración, precisamente ése en el que estar ahora a ti te resulta pan comido.

Y no me mal interpretes, no estoy hablando de morir sino de hallarlo e instalarse en él aquí, en medio del trajinar del día a día.

En realidad estoy hablando de realizar la meditación. Y esto no es una quimera.

Recuerdo que en su día te hablé de todo esto, de estar presente en el aquí y ahora, del instante eterno.

Me sonrío al evocar cómo, haciendo gala de un humor un tanto socarrón, definías a tu manera la meditación como "estar sentado perdiendo el tiempo".

Me consta que me escuchabas con interés y respeto, y que en el fondo te alegrabas  del rumbo que había tomado mi vida pues me sentías mejor en todos los aspectos.

Y si no llegamos a más fue, en gran medida, por las secuelas de decepción y desconfianza que en ti habían dejado experiencias poco gratas con la religión que te había tocado.

Cuando yo te hablaba del Espíritu que vuela libre, sin asideros a instituciones religiosas obsoletas, tú creías que lo que pretendía era hacerte cambiar las sotanas negras por los hábitos granates.

Ahora sabes bien que no era esa mi intención. Así de paradójicas son las cosas. En lo micro como en lo macro las ideas religiosas como fronteras mal dispuestas al libre vuelo del Espíritu.

La Meditación, la Presencia Consciencia del Aquí y Ahora, no son patrimonio de ninguna ideología, filosofía, ni creencia religiosa. Tratan de la esencia del ser humano y son universales.

Como decía al principio, tras el último aliento, la madre refugio se marchó.

Para que te voy a engañar, algo en mi interior se sintió más frágil y más pequeño. Ambos sentimientos se habían presentado ya con anterioridad y cobraban más fuerza cuando me veía ocupando tu lugar en la cama del hospital, cosa que por otra parte más tarde o más temprano sucederá.

Y volvemos de nuevo al comienzo, al ego y sus temores. La necesidad de encontrar un refugio.

Esto me consta que no te lo conté. Hace ya bastantes años que participé en una ceremonia budista denominada: la toma de refugio en las tres joyas, el buda, el dharma y la shanga. Nada que objetar salvo que este ritual en si mismo no zanjó la cuestión, no supuso el fin del temor. Al fin y al cabo, el ritual como tal, simbolizaba algo que yo entonces aún no experimentaba.

Y ahí reside la clave, en la experiencia-vivencia.

Fue algo más adelante,  gracias a la meditación y bajo la influencia espiritual de un Maestro primero y una Maestra después, ambos totalmente realizados, que pude acceder a vivir instantes de Presencia Consciencia del Aquí y Ahora. Momentos sin asomo de temor. Comprendí entonces que el auténtico refugio reside  en nuestro interior, en nuestra esencia de Consciencia que nunca ha nacido, ni nunca morirá, que es imposible de manchar o destruir… Pero que te voy a decir que tú ya no sepas y al contrario, cuántas cosas sabes tú que ni me imagino.

Como todo lo relativo en esta vida, esta casi carta también tiene principio y final y como en toda carta que se precie a éste le precede una despedida. Dice así: sólo quiero decirte que, si con todas las limitaciones que te tocaron vivir hiciste tanto por los que estábamos a tu lado, no digo nada la que andarás liando al servicio de todos los seres desde la total libertad y el absoluto desapego.

Firmado: tu hijo que te recuerda con amor y gratitud.