VIVIENDO EL CAOS
COMO LIBERACIÓN DEL EGO

 

Con la llegada del otoño se presentó la polaridad negativa de la vida. Una ocasión para ver más capas de ego y asistir a su transformación, aceptando también esta cara menos grata de la vida, confiando, cuando no es tan fácil confiar, cuando la enfermedad acecha, el dolor se instala, el cuerpo decae, el ánimo se viene abajo y la energía se aminora.

En esas circunstancias, el ego fue saliendo y mostrando sus múltiples caras: preocupado por todo, dolido por su mala fortuna, pobrecito sufridor, miedoso, alterado, quejoso, huidizo.
El ego vive al cuerpo físico de manera distorsionada, de manera posesiva, no libre.

En medio de la tormenta vi claro lo que tenía que hacer: dejarlo salir, ayudarle, no controlar nada, no reprimir ninguna de sus caras por desagradables que fuesen. Así se fue liberando todo eso. El caos provocó y ayudó a que saliera, aunque escociera. Hubo una mañana que vi al ego realmente desesperado, al borde del abismo, aterrorizado, ya no podía más.

Acepté esa situación, no hice nada por calmarla. A las pocas horas todo se fue armonizando por sí mismo y las cosas volvieron a la normalidad. Sentí que se había disuelto un entramado egoico y sonreí.

En esos momentos en el que el ego irrumpe de modo desagradable, la aceptación hace que se abra paso un nuevo fractal que despliega nuevas alternativas.

Que el ego se exprese de modo miedoso, creo que forma parte de su propia naturaleza. Al comprenderlo así, comienza a cerrarse un ciclo vital que empezó con la vivencia desoladora de esa misma angustia, desde donde empecé a vivir una etapa nueva de mi vida mucho más expansiva.