Mística pasión

 

El ego vive al margen de la realidad
cualquier forma aparente
de los fenómenos mentales,
distorsionando la realidad,
desentraña bajo la superficie clara
de su oscuridad confusa
la fuerza que le mueve a crear
invariables formas rígidas.

 

Sumergida su mirada
en el cerco de la niebla,
mantiene sus territorios egoístas
en extrañas mezcolanzas
que dan a las cosas un realismo
que no tienen.

 

Surge entonces el deseo posesivo
que se convierte en aferramiento,
desviando las medias verdades
a los fines de la falsedad,
suscitando pasiones
que conducen al abismo de la desdicha.

 

Una mente meditativa
adiestrada en la visión profunda,
mira desde horizontes
más vastos que los egoicos.
Desde la atención espontánea, lúcida,
disuelve los agobiantes afanes egotistas
cuando es atosigada por el tropel de sus pensamientos.

 

Lo fenoménico para un ser despierto,
en sí mismo, no es causa de confusión
ni de identificación con la cerca limitadora del deseo-apego.
Viendo las cosas tal como son
no se deja atrapar por la ilusión
de una limitada visión.

 

En la visión de nuestra identidad profunda,
cuando se transcienden los estrechos arrabales egoicos,
aparece la luminosa mirada de la vastedad del espíritu.
Es nuestro ser real que, sin dejarse alucinar por nada,
tiene una capacidad permanente de conciencia
para vivir la dicha de la vacuidad gozosa en todo,
y en una unitaria pureza,
de los manantiales de la Consciencia,
bebe la mística pasión del Amor Imparcial
hacia todos los seres aún no despiertos.