Contemplación de la mente

 

I

 Observar a la mente desde  una visión 
lucida, meditativa, 
desata los cordones de toda pena 
y tensión del deseo,
que mueve las emociones 
en estruendosos truenos de mares,
desplomándolos con sus esperanzas y afanes
gigantes, 
a la dimensión diminuta,
cómica.

Hace salir de los límites condicionados
de una mente sin alas,
al vuelo abierto del espíritu
en lo incondicionado de la conciencia,
con la desnudez fulgurante de la ilimitada libertad.

  

II

Quien en meditación conoce que todas las formas
no son otra cosa que su propia mente,
permanecerá tranquilo sin rechazar ni apegarse a nada
acompañado de generosas nubes de compasión,
cuyo influjo riega su  cerebro y corazón
con el don del deleite y alegría
de los senderos de la luz,
en el que corazón y mente se sienten uno en el espacio conciente,
reflejo de la unidad en el amor.

  

 III

Contemplando la naturaleza vacía de la mente,
descansas libremente sin esperanzas ni temores,
mas allá de la esfera de las palabras y de los conceptos.
En el disfrutar del estado de no hacer,
eres transportado fuera de la pequeñez de la vida limitada
a la amplitud ilimitada de la llama viva interior,
que arde pero no hiere,
y con nuevo ímpetu inflama todo el pecho
extendiendo su hado mágico al ser en su totalidad,
que lo eleva y expande en vibrantes aires de gozo
 a los confines infinitos del espacio.