LA LLAMA DE LA PRESENCIA

 

El aire es frío y gris,
como hielo sobre metal.
Lejos, alguien gime
entre oscuros deseos y
realidades devaluadas.

 

Alguien que es yo
y que es cualquiera, latiendo todos
ahora, como un corazón herido,
como un músico que perdió
su armonía y arrastra sus notas,
sin belleza, sin norte,
perdida, sí, perdida.

 

De pronto se oyen pasos ligeros,
pies de niño descalzo sobre el agua
recién caída que mojará su túnica blanca.
Rosa o clavel se torna el cielo de la aurora.

 

Desciende el cofre del tesoro,
cristales cálidos fluyen en luz,
suave caricia que va ungiendo,
como bendición, el mundo.
Cura, conforta, redime,
despierta a la verdad radiante.
Así, brilla, sola; libre;
maravilloso regalo.

 

Por hoy y ahora olvidaste
los viejos equipajes, los contenidos gastados.
Ella, la luz, echó, alegremente,
al fuego del amor, como leños secos
una pena y otra pena,
y así, solo arde, blanca y suave
la llama de la presencia