MADRE

I

Te elegí entre las brumas
del espacio primigenio,
busqué tu regazo generoso
que me dio la vida
y con ella el cofre del sufrimiento.
Dentro, el tesoro 
de la búsqueda de su final.
La cuenta está saldada.


II

Redonda y cálida
entre ; desvelos, afanes, trabajos incesantes
evoco tu presencia
bella y serena.

¿ En qué armario denso
de espeso roble labrado,
como ajuar almidonado,
guardaste las quejas que nunca oí?

¿Dónde languideció la roja
flor de tus deseos,
en qué olvido de abnegación?

Sólida como un tronco robusto
que el musgo ha cubierto
en lo profundo del bosque;
abre sus manos a las violetas
y a las fresas silvestres.

Aunque el viento soplase áspero
tú mantenías la luz cálida del hogar
con tus brazos incesantes, tejías
una alegría serena
donde los niños podíamos
jugar seguros.

Allí estaba el desván
paradigma, en su inmensidad, del mundo
viejos baúles llegados de lejos
repletos de tesoros brillantes y baratos,
restos de muchas cosas
convertidos en: remos, espadas, tronos
Terribles muebles desvencijados,
moradas de brujas,
cueva de dragones...
había cena, presencia dulce,
paraíso del que me exiliaste
a una nuez vacía, dura y seca.
no te culpo, fuiste la letra
con la que se escribió mi cuento
infantil de abandono y tristeza,
con él, los profundos rieles
por donde, ha circulado
mi existencia,
caminos manidos
por los que he asordinado
intensidad y autenticidad.
mientras, la basta llanura,
despliega infinitas sendas
en su palpitar incesante.
me diste, madre, entrega, amor,
renuncia, pero no
un abrazo abandonado
donde olvidarme y soñar
con el paraíso de tu vientre.

En el caso de tus días,
en el adiós de tu desvalimiento
te amo como a un niño
que no ha aprendido
todo lo que tú has olvidado
todo menos una última alegría,
una paz, una inocencia
que vives y esparces
como un regalo.