DOS SON UNO

  

Un arroyo desciende de la montaña,
enérgico, fuerte, alegre,
se despide canturreante de las rocas
que le vieron nacer,
lleva su tierra en sus gotas,
no como lastre, sino como ADN.
Sabe donde nació y sabe quién es,
por eso fluye juguetón, sin prisa,
sin detenerse,
sin preocuparse de si una parte de él queda atrás,
si su agua queda entretenida en un remanso,
o dando de beber una flor.
Sigue constante y determinado,
dando y recibiendo,
fluyendo.
Ya en el valle otro arroyo
que libre y desapegado de los árboles
que le acompañaron,
de los pájaros que le cantaron en el camino,
ve que su destino esta próximo a precipitarse,
a encontrarse con otro arroyo.
Ambos se miran y al reconocer la pureza de sus aguas
se funden naturalmente en un río,
Que ni uno ni otro es,
sino río.
Más profundo, más alegre y más vivo,
pues de la unión-fusión,
de la entrega genuina y desinteresada,
no puede sino surgir lo auténtico y verdadero
mucho más allá de las formas que lo compusieron.