hora, por fin descanso, el ocaso del dolor, regueros de miel caliente reconfortan mi corazón y en el límpido cielo azul.

¡Oh mi maestro, Guru Rimpoché¡.

Abro los ojos, me incorporo lentamente y poso mi mirada sobre los ojos luminosos y plenos de infantil inocencia de JJ.

Siento el descenso de un poderoso silencio sólo roto por el espontáneo fluir del mantram OM AH HUNG BENZA GURU PEMA SIDDI HUNG.

La mirada de JJ es ahora la puerta a un abismo insondable, una planicie vacía, sin habitante, los ojos como un espejo detrás del cual no hay nadie.

No temas, me dice, reposa en el eterno presente donde mora aquello que nunca nace ni nunca muere, donde quien mira, lo mirado y el acto mismo de mirar son indiferenciados, allí donde maestro y discípulo son uno, el ser.

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