ajo la mejilla siento la cálida mano de JJ alejando de mi todo atisbo de temor.

Ana, Ana, susurra cadenciosamente, abre tu corazón y recuerda, más allá de la dualidad y del fruto del dolor cristalizado tu propio ser te reclama, recuerda Ana. Y de mis ojos el llanto mana despacio y lentamente viene a mi encuentro el recuerdo.

Oh Maestro. Digo sin despegar los labios. Tanto abandono, tantas frustraciones y desengaños, tantas agresiones al amor que necesito verter en el cuenco de tu mano. Ante mis ojos aún cerrados asoman las innumerables vidas en que fui mujer y fui hombre y las incontables veces que en el hombre y en la mujer te busqué sin hallarte. Desolación de un malvivir sin sentido, resignación del esclavo preso sin posibilidad de escape.

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