stoy cansada. La conciencia se deshilacha dispersa, la respiración se atraganta pesada como si el aire se licuara. Al fondo, junto a la escalera de emergencia un bombero nos lleva a empujones a la azotea del hospital. Una vez en ella, veo humaredas espesas que provienen de los pisos inferiores. El fuego se extiende amenazante pero estoy tranquila, sin miedo.
De pronto comienza el juego. Sogas de seis colores sujetas a una endeble barandilla y varias personas que se lanzan a practicar puenting entre risas.
Yo también deseo tomar parte y me acerco a recoger un arnés. En ese momento, JJ en persona pero con cuerpo de mujer se me acerca y me dice: el juego que te propongo es mejor aún.
¿De qué se trata? pregunto. Del puenting sin sogas ni arnés. Saltar de la mano al vacío. ¿Quieres? Estoy dispuesta contesto y dándole la mano, llena de confianza y plenamente serena me lanzo con ella y mientras vamos cayendo el espacio se vuelve denso, envolvente y acariciante como si de un ser vivo se tratase. Y cuanto más y más caemos, mayor es el calor en el pecho que de tanto ardor duele y se goza a un tiempo.

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