al vez debería cenar algo.

Abro los ojos.

La casa rebosa la estridente luminosidad de todas las lámparas encendidas a mi paso, viejo ritual infantil para conjurar el miedo.

Al fin me levanto.

Tengo un propósito válido para el segundo siguiente.

Entro en la cocina. En la fregadera una solitaria taza de té todavía humea.

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