a quietud del cuerpo y del espíritu, la secreta inocencia sin historia ni futuro, frágil, apenas atisbada, ruinosamente perdida por el retorno del contumaz dolor, la ineludible solidez de la cama sobre la que me dejé caer derrotada hace unos miles de pequeños infinitos instantes y esta habitación y sus secretos, el hospital y Martín, siempre Martín.

Y todo ello, y nada de ello es capaz de insuflar movimiento a este cuerpo yacente, como abandonado, cada vez más inquieto, sin la habilidad suficiente para eludir el aplastante peso sobre el pecho, la respiración de acero...

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