El Relojero olvidadizo

 

San Aquí y Ahora del Valle” rebosaba de turistas atraídos por la fama que el modelo de comportamiento de sus vecinos, imprevisible, caóticamente ordenado e inopinadamente creativo, despertaba más allá de sus montañosas fronteras. Sus modos y maneras no eran sino la esencia de la ausencia misma de modelo alguno.
Por otra parte, la habitual avalancha de visitantes en nada parecía afectar a la entusiasta presencia de los lugareños. Muy al contrario, eran los propios foráneos quienes, al poco de llegar, experimentaban algo similar a un desvaimiento, una progresiva e irrefrenable amnesia de planes, deberes y teneres, derretidos por la incandescente alegría de la inmediatez.
“San Aquí y Ahora del Valle” hacía sin duda honor a su nombre.
Pero no siempre las cosas pintaron así. No hacía tanto tiempo, que durante bastante tiempo, el tiempo era mucho tiempo en San Aquí...”Era el tiempo de hacer y dejar de hacer las cosas “a su debido tiempo”. 
Tal día como aquel la rutinaria convocatoria del pleno municipal se había convertido, inesperadamente, en un hervidero.

¡Él tiene toda la culpa! Es un patán y un pendenciero, igual que su padre y que su abuelo vociferaba Doña Chispas, agitando temblorosamente su amenazante dedo, que por esos caprichos de la artrosis semejaba una ganzúa cuyo extremo apuntaba, en realidad a si misma.
¡Eso, patán y pendenciero! remachó Don Circuito, su esposo en la sombra.
Se hizo un pesado silencio. Como tantas otras veces los insultos y diatribas de “los Cerrado”, a la postre, reserva moral del pueblo tras la muerte del cura “D. Fantasioso” habían puesto la guinda de la crispación a la extrema preocupación que atenazaba a los allí presentes.
En el centro del salón de plenos, frente por frente a los concejales sentados en sus escaños a diversas alturas, al modo de los parlamentos arrebujado en una escueta silla, en un estar sin estar en sí, un mocetón pelirrojo de piel blanquecina y mirada mas que pícara capeaba el temporal con la más arrepentida de las caras del arrepentimiento.

“El Niño” que así le decían componía una patética estampa. Las piernas apretadas y los pies huidos bajo el asiento; los brazos incrustados en los costados y las manos casi ocultas bajo las nalgas; la cara tan contraída que las abundantes y habitualmente dispersas pecas que moteaban su rostro confluían en una sola intensamente colorada.
En tanto se afanaba en achicar, como podía, insultos y desprecios, ante su mente discurrió la cadena de acontecimientos que le habían avocado a su actual situación.

En vívidos flases, se agolpaban los recuerdos de la pasada noche; noche de cánticos y bravatas, de interminables partidas de cartas y de más copas que menos; noche trasnochada de despertar a destiempo y resacón de campanada...”sin campana”...”sin campana”...”sin campana” y ahí le dolió el pensamiento que persistió hiriente rebotando de extremo a extremo en su cerebro como un badajo enloquecido y torturante.
Y  en esas estaba cuando la voz de D. Buenagente, alcalde en funciones, le sacó de sus rumiaciones masoquistas.

Por primera vez desde los tiempos del bando fundacional que rige nuestros usos y costumbres el reloj del campanario se ha parado, dijo con voz pesarosa y solemne.

Supongo señorías que se hacen cargo de la gravedad de la situación.
Un desolado murmullo bastó como respuesta. Incluso el “Niño” en su azarosa situación pudo imaginar la indeseable sombra del tan temido caos abalanzándose con impiedad sobre la tranquila y ordenada vida de su querido pueblo.

Por razones que ni los más viejos de los viejos podían ya recordar, un estricto código regulaba el inicio, duración y fin de todas las actividades en “San Aquí y Ahora...” Una vez iniciada, ninguna podía interrumpirse si el repicar del reloj del campanario de la iglesia así no lo indicaba.

El “Niño” se moría de vergüenza. Él, hijo, nieto, biznieto y tataranieto, último representante de la saga de los “relojeros”, como se les conocía en el pueblo, responsables de mantenerlo apunto y en marcha se había olvidado de darle cuerda.
Desalojando a codazos la vergüenza multitud de pensamientos catastrofistas ensombrecieron su ánimo. Con gran dolor se preguntó cómo se sentirían los pobres críos en la escuela de “San Aprende Aquí” soportando interminables clases de lengua o matemáticas, o, atendidos en los bordes del campo de fútbol de insidiosos calambres y obligados a reincorporarse al terreno de juego, ansiando escuchar cuanto antes el liberador silbato de fin y a la ducha chicos y no os enfrieis ..,o, por qué no, el mismo, interminable y agobiante pleno municipal que de seguir así le produciría, a buen seguro, una contumaz e irrecuperable arrepentidamente arrepentida parálisis facial y postural, y que decir de la desbordante producción de...panes y pasteles vociferó jadeante y sudoroso D. Benito, al tiempo que empequeñecía la sala con su oronda presencia y su raído traje de bobby inglés que su prima, sirvienta en Londres, le había conseguido dios sabe cómo. Única fuerza armada de “San Aquí...” y responsable de mantener el orden público, en todos sus años de servicio jamás se había visto tan carente de publico y de orden. Con vehemencia, agitando sus enormes y gordezuelas manazas, no daba abasto en describir las "dulcestróficas" consecuencias de la incontenible producción panadero-pastelera que de las ventanas de la panadería de D. Amasas, cuernos de la abundancia, no cesaba de manar.

Enormes hogazas de pan de pueblo amontonadas por las aceras servían de asiento a no pocos vecinos que lejos de amilanarse se rechupaban los dedos pringados de cremas y natas de primera. Kilos y kilos de pan de nueces y cebolla, bollos y curasanes, bombas azucaradas, tartas de moca, chocolate y manzana por doquier, brazos gitanos, pastelitos con chantillí, y fresas, pastas variadas riadas de crema pastelera..

Había cierto embeleso en el rostro de D. Benito del que no se sustrajo el consistorio a tenor de los abundantes e indisimulables crujidos estomacales.

Se trata señorías, dijo ya recuperado el resuello y en tono más profesional, de una dulce alteración del orden público: resbalones, detención de la circulación peatonal y víal, con imposibilidad de circular para vehículos de dos tres y cuatro ruedas con y sin galibo...
Bien, bien, trató de interrumpir, sin éxito D. Buenagente.

Yo mismo, continuó D. Benito tras relamerse su achocolatado bigotón, decidido a exprimir al máximo aquello segundos de gloria, me he visto ennatado, digo, involucrado en el suceso al tratar de ayudar a mi querida madre Dña. “Te he dicho que” a la que sus señorías ya conocen, que había perdido sus lentillas entre brioches y chantillí.
D. Buenagente no hallaba el modo de cortar aquel ataque de narcisismo policial hasta que se le ocurrió sugerirle que volviera al lugar de los hechos y detuviera a alguien, más que nada para por hacer algo y mantuviera al pleno informado de tanto en tanto.
Al fin, D. Benito se marchó dejando a sus señorías impactados y muertos de hambre.
Tras un breve silencio el alcalde en funciones exclamó visiblemente afectado ¡Qué desastre, señorías!

¡Que excelente oportunidad! Replicó desde su escaño D. Emprendedor. Aprovechar este incremento productivo sin precedentes, canalizado por alguien con una visión empresarial eficaz permitiría a nuestro pueblo invadir los mercados de los valles colindantes, tirar los precios, aumentar el balance de cuenta exportación-importación, redoblar el consumo interno y controlando la inflación, alcanzar cotas de desarrollo económico y social...
Nadie le escuchaba. Hijo de empresarios arruinados la desconfianza hacia el y su familia databa de tiempos de su bisabuelo, causante de una catástrofe ecológica sin precedentes en la zona. Los vertidos ilegales de los residuos de la fabricación de perfumes para señora acarrearon graves perjuicios a la población obligados a soportar meses y meses, un insoportable olor a tocador, y lo que en último extremo no era menos hiriente, las continuas comidillas de los vecinos de los pueblos colindante que entre otras bromas y chanzas, apodaron al pueblo con el sobrenombre de “San Aquí y Ahora de la Polvera”.
A estas alturas, la inoperancia del pleno para afrontar la crisis era más que patente. Todos hablaban a la vez, arreciaban los insultos y afloraban viejas rencillas entre los allí presentes.

Don Buenagente, trataba de mantener el orden, hablando a su manera comedida y educada, pero sus palabras caían de su boca como pesadas canicas de plomo que se precipitaban al suelo y desaparecían entre los asientos sin que nadie tuviera ni la menor intención de ir a buscarlas.

Desesperado, y tras hallar sobre su mesa un pequeño martillo de madera que el Sr. Juez había olvidado tras el último juicio, golpeó con tal fuerza que el alboroto cesó al instante.

El pleno adquirió así un extraño aire a subasta. Inesperadamente, se instaló en la sala un profundo y reparador silencio.

Tal vez nadie estaba preparado para asistir a una subasta sin sujeto que vendiera nada, sin objeto por el que pujar, ni acto de compraventa alguno. Fuera por esto o no, durante breves instantes los allí presentes disfrutaron de un clima de paz y tranquilidad que parecía casi imposible de recuperar.

¡Y mis goteras qué! Espetó a voz en grito “Doña Errequeerre” arrancando de sopetón a todos de la gloria.

Desde hacía 10 o más años esta reivindicación formaba parte del orden del día no escrito de la asamblea municipal. Ya podía llover o tronar, con crisis municipal o sin ella, “Doña erre...” no cejaba en sus pretensiones.
De nuevo retornaron los insultos y las broncas.

Entre tanto el “Niño” cansado de juicios y desaires, y también, todo hay que decirlo, bastante harto de escuchar el constante traqueteo de la señorita “Luz” y su trasnochada máquina taquigráfica, había abandonado su constreñida sumisión y daba saltos estentóreos por la sala, haciendo burlas y gestos poco educados, en una actitud francamente rebelde.

La señorita Luz impertérrita como de costumbre persistía en su monótono tracatraca, transcribiendo lo dicho, se supone, dado que nadie, a decir verdad ni ella misma, había sido capaz de encontrar sentido a esa jerigonza de signos tan extraña. Tal vez la culpa de ello era de la editorial que traspapeló los capítulos centrales de un curso a distancia de taquigrafía con los correspondientes a otro de morse y señales navales. Pero la voluntad de Luz era sin duda intachable.
La falta de liderazgo en aquella reunión resultaba a estas alturas dramática. D. Buenagente, alcalde en funciones, escuchaba a unos y a otros y su voluntad se contaminaba tanto de los deseos de unos como de los juicios de otros que le era imposible alcanzar determinación convincente alguna.

Al fin, tras admitir sus propias limitaciones se dirigió a los concejales y casi a gritos dijo: señorías hay que avisar urgentemente al señor alcalde, D. Adulto.
Todos convinieron en que era la mejor decisión.

D. Adulto se hallaba en “San Más Allá que Aquí del Monte” asistiendo a un congreso de odontología que versaba sobre la prevención de la caries infantil y los grumélidos (grumos en purés y papillas), tema al que estaba tan enganchado que le llevaba, sin darse cuenta, a ausentarse más de lo debido del pueblo, desatendiendo así las labores propias de su cargo.

Tras un rato que se hizo mas bien largo D. Adulto se personó en el salón de plenos y su sola presencia supuso un gran alivio. Tras escuchar lo sucedido y mirarlo con detenimiento, dirigiéndose al Niño dijo, en un tono no exento de sorna: espero que sea la última vez.... Doña Chispas y D. Circuito Cerrado se deleitaban y comentaban en susurros: ahora va a recibir su merecido este patán....que sea la última vez repitió D. Adulto con más énfasis si cabe...que das un órdago con esas cartas o tendré que pensar seriamente en buscar otra pareja para el campeonato de mus de primavera, y viendo la cara de aprensión del mocetón rió y rió como un chiquillo. Era la primera carcajada que sonaba en el consistorio en toda la jornada y su efecto fue tan contundente que de un puntapié desalojó de entre los presentes la tensión y los miedos, los malos humores y los enfados.
Incluso los Cerrado esbozaron una tímida y desdentada sonrisa.
Señorías continuó D. Adulto con autoridad, no sé de que se preocupan. Me temo que no han salido en todo el día de este salón y no saben lo que está sucediendo en el pueblo. Los concejales se miraban unos a otros con aire entre curioso y sorprendido, en algunos casos hasta escéptico, pero la presencia de su alcalde, su ecuanimidad y objetividad eran muy consideradas en el consistorio. Estas cualidades y su respetuosa firmeza le permitían mediar en las discusiones y armonizar los diferentes intereses que confluían en el pueblo.

Les propongo un placentero paseo turístico por el nuevo San Aquí y Ahora del Valle.

Todos asintieron y se pusieron en marcha llenos de curiosidad, en primera fila, por supuesto el Niño que para estas cosas era con mucho el más atrevido.
Pero..¿dónde estaba el tan temido caos?

Allá a dónde iban se encontraban con sus convecinos, Luis el del butano, Martina la frutera, José Antonio, Luisa, Pepín y todos sonreían felices. En medio de sus tareas y sin descuidarlas en absoluto tenían tiempo para charlar, o reír, incluso ¡¡¡cantar!!! Las necesidades se cubrían no a golpe de campana como por obligación sino al ritmo del corazón, movido por las espontáneas ganas de ayudar y de compartir. De todas partes llegaban músicas y canciones. D. Amasa el panadero, había reunido una chavalería entorno a su acordeón y entre bocado y bocado de pasteles y tortitas corrían las cadenetas y sonaban los petardos. La explosión de alegría era tal que todo el pueblo se hallaba sumido en una incansable fiesta sin parangón en la historia de San Aquí. Los concejales uno a uno fueron atrapados por este espíritu y acordaron una reunión con baile por supuesto al anochecer. ¡Qué algarabía y que colorido! ¿De dónde habían salido aquellos adornos y esas ropas tan originales? En un descanso entre danza y danza D. Adulto pidió un poco de silencio y ante todo el pueblo, reunido en la plaza mayor, decretó, solemnemente risueño, que el viejo código conocido como el del relojero quedaba definitivamente derogado. En adelante el Niño haría sonar las campanas cuando se sintiera inspirado o por el gusto de amenizar a las cigüeñas de paso.

¡Hurra hurra! Gritaron todos y de nuevo los pies volaron en la plaza. Y vuelta y dale y cambio de parejas. ¡Qué casualidad! Doña Chispas viene a caer junto al Niño y tras unos segundos de incertidumbre se dieron a la danza con brío y soltura que la señora de joven... y que quien tuvo retuvo.

Y así se fraguó la fama y el temple de este pueblo singular. Según se cuenta en la región “San Más lejos que cerca del Monte” y “San más cerca que lejos de la vaguada” vecinos colindantes, ya no les andan a la zaga. Debe ser que para variar lo bueno se contagia.