POEMA DE LA LÁNGUIDA CANCIÓN

                                                                 
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Había sido un buen año. Aún no había asomado la luna llena de octubre y ya había cubierto sus necesidades económicas de los próximos meses. No tendría que perder la noche vieja desgranando con su guitarra el enésimo vals para un variopinto grupo de jóvenes eufóricos y matrimonios bailando con la mirada perdida y la mente tejiendo quién sabe qué sueño.

Guardó su guitarra. Otra boda más. El ambiente cargado. La cerveza nublándole las sienes, el cigarro obligándole a toser. Una gota de sudor a la carrera, lamiéndole la piel.

Cables, bafles, amplificadores, todo ya en su sitio.
Dejó caer su cuerpo sobre una silla menuda. Cansado. Los ojos mostrando enrojecidas las venas que los alimentan. Hace meses que no duerme bien. Y esta mala vida; tantas cervezas, el humo… se sintió como el púgil que, derrotado, se hunde sin fuerzas en su rincón, ajeno al griterío, a la alegría de los ganadores y los apostantes, a la palabrería falsa de los locutores de televisión.

Sólo en su rincón, tratando de adivinar dónde empezó todo, dónde perdió la senda, cómo había llegado a este lamento integral.
 
Este podía haber sido un final para esta historia, un final sin esperanza, acaso habitual. Pero, vericuetos del río de la vida, la trayectoria de Romeo Prados Montes explotó en pirueta celeste que definitivamente la alejó de lo predecible.

                                                                                    

Romeo Prados Montes, curioso nombre para un urbanita que defendía que la leche era un fruto con piel de tetrabrick, había sido ya desde niño un virtuoso de la guitarra. Su padre, un trabajador anónimo de la construcción, siempre había soñado con una vida más fácil y vio en su hijo dólares, viajes y éxito. Animado por ese delirio y por un sueño menos confesable de asegurarse un puesto entre los nombres de oro de la historia, llevó a la familia a estrecheces económicas pero aseguró la carrera de Romeo.

Y Romeo cargando sobre su cabeza el frágil jarrón de los sueños familiares (que cristal tan fino y, curiosamente, qué pesado), no tuvo oportunidad ni coraje. Pero aprovechó sus oportunidades como pocos.
Años más tarde recordaría la ventaja que el virtuosismo le concedía, pero también la necesidad del esfuerzo titánico y la autodisciplina. Todo eso le llevó a colocarse en el olimpo de los músicos que las grandes estrellas del momento se rifaban para sus multitudinarios conciertos.
Así había llegado a este momento trascendental de su vida. Ya era un gran guitarrista. Hacía vibrar a miles de personas llevando a sus oídos lo que otros habían dibujado en el pentagrama. Mientras tocaba, podía sentir los gritos y aplausos del público, su emoción inmensa llevándole en volandas a esa parte del espacio sin forma donde casi se roza la plenitud con las yemas de los dedos.

Eran momentos efímeros, apenas unos segundos. Instantes en los que los focos giraban buscando uno a uno a todos los miembros de la banda, los acompañantes, los segundones. Y a cada uno se le concedía la oportunidad de lucirse, allí, a plena luz.

                                                                            

Romeo se preparaba y, como el buen saltador de puenting, enfocaba con fuerza inaudita toda su atención en ese momento. Todo era borrado de su mente, excepto es momento mágico. Desaparecía la historia, se disolvía el futuro. Solo ese presente inmenso. El universo entero con la respiración en vilo, todos los astros enviando sus luminosos fotones en esa única dirección, en señal de reconocimiento. Y Romeo en el centro. Centro de la luz, de las miradas. Centro del que emana la fuerza que estremece a miles. Centro al que vuelve ese inmenso estremecimiento. El cuerpo sacudido por un dulce terremoto. Los poros recogiéndose de la emoción.

Apenas unos acordes. Toda una lluvia de vida.
Luego, de nuevo a la sombra, acompañando aburridamente al maestro de los teclados, entre los restos de los vapores gozosos de explosión recién apagada.

Si, esa era su vida. Largos meses de giras, viajes y conciertos casi diarios por medio planeta. Muchas caras por minuto, amigos apenas ninguno. Una vida ciertamente de desarraigo y bastante agotadora, a la que no sabía muy bien porqué seguía enganchado. Acaso por el dinero. Seguramente por la magia de esos momentos. Quizás porque nada ni nadie le retenía en ninguna parte… En fin, mejor no pensar en el asunto. Sigue adelante, siendo un respetable miembro de la comunidad.
 
Seis meses llevaban reptando por varios continentes en la última gira mundial para la que había sido contratado. Seis meses a la sombra del personaje de moda, mezcla de experto en poses y relaciones públicas, y animal poco dotado para la música. Y Romeo, una vez más, eclipsado por un personaje gris, el de moda.

En fin, mejor no pensar en el asunto. Sigue adelante, siendo un responsable miembro de la comunidad.

                                                                                   

En los momentos de descanso, esas largas horas entre concierto y concierto, Romeo se afanaba en poner cimientos para realizar su sueño: llegar a ser un gran compositor, un gran arreglista, un músico de moda, o mejor aún, un músico para la historia.

Dominaba la técnica interpretativa como nadie y el pentagrama no tenía secretos pare él. Las corcheas, los silencios, las escalas,… habían sido su vida, las conocía como nadie, pero eso no era suficiente.
Se sentaba ante la mesa de composición y las horas pasaban en una pura desazón sin final. Era el matemático de la música: si sumamos tres semitonos y luego descendemos dos tonos, cambiando el ritmo a tres por cuatro y añadiendo un silencio acaso la fórmula sea la correcta. Pero la fórmula transmitía menos emoción que el canto repetitivo del grillo de la pradera.

Trataba de buscar inspiración en los clásicos, escuchando a Mozart, Haëndel, Beethoven. Y cada nota atravesaba su corazón como un estilete. ¡Cuanta inspiración, cuánta fluidez! Su ser entero vibraba, ascendía, se zambullía en esa música, volaba con ella y se disolvía. Se deshacía en tristezas sutiles, se agitaba enérgicamente o simplemente se hacía música.

¿Por qué no podía él trasmitir lo mismo? ¿Por qué el pentagrama vacío le producía ese nudo en el estómago? ¿Porqué en lugar de construir algo bello y armónico, sólo sentía que de sus manos nacían hierros retorcidos y oxidados?

No carecía de sensibilidad y, sin embargo solo expresaba embotamiento, embrutecimiento.

Leía todos los manuales sobre armonía y composición que caían en sus manos; prolíficos textos sobre música coral, orquestación, música sinfónica; las biografías de los grandes maestros; la historia de las grandes obras de la historia de la música. Se llenaba de ideas la cabeza. Y su frustración iba en aumento.

Devoraba las películas. "Amigo mío, -decía Beethoven en su televisada biografía- la música tiene un gran poder, el poder de transmitir el estado mental del compositor"

                                                                              

Tomaba notas. Apuntaba mental y físicamente todo lo que le parecía relevante. Disfrutaba con ello y creía que iba ganando en sabiduría. Luego intentaba llevarlo a la práctica.

Ante un jardín que conmovía, sentía la belleza y trataba de expresarla. Pensaba y pensaba sobre ella. Concluía: "la hermosura mana de la placidez del arroyo y de la danza de las flores". Así pues pondré un ritmo lento, con pocas semicorcheas y saltos de tono suaves sin brusquedades.

Y de nuevo de su mano no salían sino amalgamas de ruidos, trazos bastos, sin color y sin forma. Fotocopias en blanco y negro de una colección de letras.

Y su frustración iba en aumento.
En su delirio, se fue alejando más y más de la gente. La frustración lo convirtió en un ser solitario y oscuro. Se imaginaba a la gente murmurando sin parar sobre su incapacidad, como si no existieran más dolores que el suyo en todo el planeta.
 
Pero aquella gira habría de ser definitiva para nuestro Romeo. A los nueves meses ocurrió algo que en toda gira acaba sucediendo. El artista principal enfermó y hubo que suspender dos conciertos.
Romeo, a merced de su particular remolino, no tuvo fuerzas para marcharse con sus compañeros, y decidió quedarse en aquella ciudad pequeña, cuyo nombre había aprendido hacia unas horas.
Salió a pasear con la mirada ausente de quien tiene los ojos vueltos sobre sí. Perdido en su laberinto interior, iba siendo engullido sin darse cuenta por una de las calles anónimas de los arrabales, lejos del esplendor de los barrios ricos.

Cansado, se detuvo en un banco lleno de grafittis y frases geniales de poetas de lo cotidiano. La calle se extendía abierta solo para él, acaso representando la soledad a la que le había conducido su pena. Fue entonces.

                                                                                 

Desde una ventana anónima salió a celebrar su llegada una melodía hermosa y vibrante. No pudo apartar su atención de ella, lo cautivó. Ni su propia frustración tenía suficiente poder para ocultarla. Imposible sustraerse a ella. Imposible, también, quedarse sentado en aquel banco. El magnetismo de la música le hizo culebrear ligeramente por las escaleras hasta el tercer piso. Empujo la puerta sin preocuparse por la reacción de las personas que verían allanada su casa. Había en el ambiente una sensación intensa de bienestar, de alegría, incluso de amor. ¿Cómo preocuparse, detenerse por una hostilidad ausente?
Oh! Esa música. Iba guardando en su memoria cada nota, cada silencio. La belleza de aquella melodía era tal que se sintió transportado, revivió el sabor de sus instantes de gloria en los conciertos. Su mente halló total sintonía con ese momento pleno. Sin pasado, sin futuro, puro presente vivo, vibrante, intenso.

Supo que, si se publicaba, aquella canción sería un éxito absoluto, explosivo, más allá de la moda del momento. Por unos instantes la mente calculadora volvió a tomar las riendas. Hizo proyectos, creó futuros, acumuló posibles beneficios, imagino protagonismos y admiraciones. Pero esa música derrochaba fuerza. Disolvió la tormenta de sus pensamientos y le llenó de nuevo totalmente.
Entró en una habitación en penumbra. La sensación de bienestar se intensificó.

Una guitarra y una sonrisa franca, sin dobleces, fue lo primero que percibió en el único ocupante de la estancia. Le ofreció asiento y le señaló otra guitarra que lo esperaba apoyada en un rincón. Ni tan siquiera se le ocurrió preguntarse cómo supo que era guitarrista.
Se dejó llevar por aquel extraño. No hubo conversación, solo música. Sus dedos saltaban por las cuerdas con la habilidad habitual, pero improvisaban e improvisaban belleza. Apenas se lo creía. Se trababa cuando intentaba explicarse lo que estaba pasando, volaba a lomos de las notas cuando se dejaba llevar.

Y el tiempo voló. En su opinión, media hora. Lo cierto es que ya estaba amaneciendo cuando se detuvieron.

Hablaron un buen rato. Tony, su anfitrión, parecía conocerle mejor que él mismo. Y sin embargo a Romeo no le sorprendió, le parecía casi lo natural. Se dejó aconsejar.

                                                                                 

— La música tiene un gran poder, el poder de transmitir el estado mental del compositor .

— Si, ya lo he oído antes, y lo he intentado, pero no puedo transmitir belleza.

— Acaso tratas de buscar la inspiración en las palabras, en el discurso, y ahí no vives la realidad sino lo que te dices acerca de ella. La inspiración se halla en otra parte de ti, una parte que ya has conocido…

— Eh…

También aquella charla fue un baño en las aguas azul turquesa del caribe.
Finalmente Romeo propuso a Tony publicar aquellas canciones. Estaba muy vehemente, pletórico de ilusión. Serán un éxito —decía- de ventas, de público, de fama, de todo. Podremos hacer realidad todos nuestros sueños.
Tony no mostró ningún interés por todo aquello. A Romeo se le hizo extraña esa renuncia tan natural pero no se preguntó el porqué de esa decisión. La ilusión era una luz demasiado cegadora. Con un apretón de manos obtuvo de Tony la propiedad de las canciones, y se marchó radiante, dando gracias, gracias y más gracias.
Apenas podía creérselo. Bajó las escaleras de tres en tres, salió a la calle y se lanzó con los brazos abiertos a su nueva vida.
 
Durante dos años arrasó en las listas de éxitos de muchos países. Era el súper famoso del momento, el gran superventas. Los grupos de fans surgidos de la nada en tiempo record se contaban por centenares. Las casas discográficas le ofrecían contratos espectaculares. Era el nuevo valor emergente, emergente pero con vocación de continuidad, sólido. Fue el primer cantante en cotizar en bolsa como valor, algo impensable hasta entonces.

Su éxito era arrollador entre todos los públicos y edades, en distintas culturas y clases sociales.. Aquella música tenía algo que los críticos intuían pero no acertaban a descubrir ni describir. Hasta los tigres del circo Ruso parecían percibir su influencia.

                                                                                     

Pero Romeo, tras unos primeros meses de desbordante vitalidad y alegría, aparecía cada vez más taciturno, más lejano y triste. Los viejos fantasmas habían vuelto a ocupar los palcos de su mente, y una duda le arañaba el corazón sin piedad.

Suspendió todos sus compromisos. Incluso la firma del contrato del siglo se aplazó repentinamente sin que nadie pudiera dar una explicación coherente. Nadie sabía por dónde había, de pronto, desaparecido.
 
En la pequeña ciudad de provincias todo estaba igual que hacía dos años. Se alejó de la limpia estética de los barrios ricos y se dejó engullir por una calle anónima pero abierta. Caminaba con prisa, con el corazón palpitando fuertemente.

Reconoció el banco antaño lleno de pintadas y hoy absolutamente repleto de ellas. No había forma de reconocer el color original de la madera.

Estaba lleno de dudas. Algo le impedía seguir adelante. Algo le impulsaba a hacerlo. Y el conflicto le tenía paralizado.
Se sentó en el banco.
La calle desierta.

Sonó una música. La reconoció, pero no se dejó llevar por ella. La confusión le estaba devorando. Se sentía vacío. Ni tan siquiera podía soñar con encontrar la plenitud en el éxito. El sueño se había desecho en mil pedazos. Ya no podía creérselo.

La radio que emitía sus famosísimas canciones calló de pronto. El silencio se hizo más profundo, más presente.

Se levantó con ganas de correr, de huir, de marcharse. Pero no había a dónde ir. Estaba derrotado, cautivo y con los brazos caídos, entregado.
Entonces la escuchó. Una música nueva, pero conocida. Subió las escaleras de tres en tres y entró de nuevo en aquella humilde casa que nada había cambiado en esos 24 meses.

Percibió de nuevo las ondas de amor. Se llenó de música. Reconoció a Tony.

                                                                                  

Él le sonrió como la primera vez. Le sonrió como se sonríe al recuperar al hermano que sabes que volverás a ver. Como el pastor abraza al cordero que rescató tras escapar del redil para internarse en tierra de lobos. Lo abraza, lo lleva a la seguridad de su casa, pero no arregla el orificio por el que huyó. Quizás el cordero necesite explorar de nuevo el pasto ajeno para comprender el peligro.


— No vengo a por nuevas canciones — le dijo quebrado por la emoción y acaso con un ramillete de desesperación prendida en la voz — Quiero aprender qué es lo que te permite desprenderte de ellas con esa soltura.

— Siéntate y coge la guitarra.

— Quiero llenarme de inspiración.

— Siéntate y coge la guitarra

— Quiero volver a vivir aquella plenitud.

— Todo es lo mismo. Siéntate y coge la guitarra. Cada uno ha de hacer su propio trabajo. Coge la guitarra y no trates de medir la música, ni de controlarla. Ella se expresará a través de ti si tú le dejas, si abres el canal, si dejas tu mente limpia de nubes. Escucha mi música, ella te ayudará a transportarte a un estado de paz. Permanece muy atento pero no trates de retorcer los caminos con los pensamientos.

                                                                                    

Tony comenzó a tocar, Romeo le siguió torpemente. Se afanaba en llevar los dedos a posiciones definidas y nada funcionaba. Comenzó a ponerse nervioso, a tratar de permanecer más atento, de moverse más ágilmente, de adelantarse a la siguiente nota que Tony iba a emitir. Y cuanto más se esforzaba mayor era el divorcio entre el fluir sencillo y fácil de la música y su propia participación en ella.
Como buitres carroñeros dispuestos al banquete acudieron felices a su mente todos sus sempiternos fantasmas. "Yo no soy capaz". "Soy un inútil". "Otros podrían pero esto no está a mi alcance". Etc…
Tony terció en una batalla interior que se le hacía evidente.


— No, no has de pelear. Toda persona está capacitada para sumergirse en la música, para hacerse uno con ella. La música siempre está ahí, es como las ondas de radio. Para sintonizar con ellas has de encontrar el canal y dejar de emitir tu propia telenovela interna. Nadie podría escuchar los diez más vendidos si el canal está lleno de ruidos e interferencias.

— Pero yo no puedo hacerlo…

— Tú tienes una gran suerte. Tú ya has vivido antes esa experiencia, la conoces. No todo el mundo puede decir lo mismo. Yo mismo, cuando empecé a investigar este camino, no tenía la fortuna que tú tienes, así que no te preocupes.

— ¿Y qué tengo que hacer?

— Todo lo que ocurre es que tu cabeza está llena de interferencias. Pero es sólo ruido, no es la realidad. Míralo como el estridente rugir de una motocicleta, viene y se va. Viene y se va. Déjalo marchar y centra tu atención en la música.

                                                                                      

Probaron de nuevo. Romeo no se encontraba seguro, pero siguió las sencillas evoluciones de Tony y las instrucciones recibidas. Poco a poco olvidó sus miedos. Empezó a estar en la música.
Esta se hizo más intensa, compleja y nueva. Corría como el guepardo, frenaba en seco, saltaba como la gacela y, de pronto, ascendía supersónica como el más potente cohete. La siguió con toda su atención. Los buitres quedaron seguramente paralizados, perplejos en sus antiguas atalayas sin hojas.

La melodía parecía brotar en círculos, en espirales poderosas. Se introdujo imponente por su cabeza, y le capturó totalmente.

La sensación de plena atención ya conocida anteriormente floreció de nuevo. Apenas un momento después fue desbordada por la intensidad de la experiencia que lo arrastró más allá.

Su corazón inundó totalmente su pecho. Su cuerpo entero ardía de gozo. La plenitud lo era todo. No necesitaba nada. Era pura felicidad, total felicidad. La claridad mental era la guinda imprescindible.
Nada necesitaba pero quería compartirlo todo. Llevó a su mente a tantas personas conocidas y otras apenas tratadas. A las que recordaba que apreciaba y las que creía que aborrecía. Había sitio para todas en su corazón. No podía sino amar, y esto le sorprendió fuertemente.
No pudo explicarse esa vivencia bendita. A lo sumo llegó a escucharse decir que se sentía el dueño del universo, no por poseerlo sino porque nada necesitaba y estaba libre para darlo todo, para amarlo todo.
La frase le pareció paradójica y poco explicativa pero no podía decir más.
Y supo entonces por qué Tony no necesitaba ni fama, ni éxito ni dinero.

Supo que su camino era el camino del corazón puro.

Supo también que esta experiencia imponente no era la cima sino un dedo que apunta hacia ella.

Fue consciente de la senda de la vida auténtica. Y de que ya la había saboreado antes sin reconocerla.

Y obró en consecuencia.


Firmado: EZK-Iriparra

                                                 

 

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