LA NOCHE QUE CESARON LAS TEMPESTADES

 

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Una noche despejada de luna nueva, bajo la atenta mirada de billones de estrellas va a tener lugar el primer encuentro entre las tres ancianas pastoras de nubes. Si mal no recuerda la vieja montaña, la última vez corrían tiempos glaciares y los humanos no habían conseguido socavar sus costillas en busca de metales preciosos.

Estas pastoras, nómadas impenitentes, se reúnen esta vez por las tremendas tribulaciones que vienen sufriendo todos los seres. Especialmente los resistentes habitantes de las montañas, los curtidos pescadores de la costa y los fornidos hortelanos de los valles. Todos sufren entre oraciones, maldiciones y alguna que otra guerra, y culpan a las pastoras de nubes de las innumerables desgracias que les asolan.

La primera en llegar, antes del tiempo convenido, es Tormenta. Con el pelo encrespado, mirada inquieta y paso enérgico comienza a bordear el gélido lago que refleja el cielo estrellado que asoma entre las crestas, formidables convidados de granito . Las pastoras de nubes solo posan sus pies en riscos que tocan el cielo, para incorporarse a este con la brisa del alba. Tormenta atisba la noche como si quisiera adivinar la presencia de las otras tras la sombra furtiva de un sarrio o en las ondas leves del lago, como buen catedrático en tempestades.

A la hora señalada, con un suave murmullo de piedrecillas apenas rozadas por sus pies ligeros, llega Clara, la pastora de los claros de nube y de las nubes claras
Niebla tarda en llegar, así que sorprende a nuestras pastoras acurrucados e insomnes a causa del frío. Extiende sus mantos para refugio de todos mientras Tormenta le atiza con una mirada furibunda.

Clara rompe el hielo:
- No tengáis prisa. Nada ocurre por que los rebaños de nubes sean mecidos al albur de la brisa, el día de hoy es suave. No en vano Tormenta está en su día libre … En fín, lo importante es que hace cien mil eclipses desde la última reunión y sólo las tres a una podemos, quizá, restar algo de sufrimiento a todos los seres.

Tormenta murmura improperios por lo "insoportablemente calmo" de aquel día. Eleva su voz oscura como sus ojos:
- Ya, ya. Mis nubes llevan siempre la peor fama. No la merecen. Son briosas y cabalgan alto. Gustan de la furia del viento huracanado para dejarse llevar al galope. Les gusta chocarse como carneros de la noche produciendo lluvia de agua y de fuego. Me enorgullezco de mis nubes que, como yo, son algo coléricas e indisciplinadas. Son explosivas para la fiesta y para la guerra. Supongo que los humanos y otros seres débiles y mortales temen el ruido y la ira de mis nubes. Confieso que aunque me lo propusiera no sabría conducirlas de otro modo.

Niebla ceba su pipa ceremoniosamente al tiempo que titubeante arrastra sus roncas palabras.
- Mis nubes grises no tienen prisa, ni añoran los vientos ni las alturas. Necesitan sentir las copas de los árboles o la espuma del mar en la barriga. Se apegan a la superficie y se dejan fluir lentamente desde el atardecer al amanecer mientras el sol no las expulsa de su plácida siesta. Y yo no me quejo, a mi me gusta pisar tierra, prefiero la penumbra y la tibia frescura de la niebla a las alturas cambiantes.

En cuanto a los humanos, se bien lo que reprochan a mis nubes. Bajo ellas se extravían personas y ganados, los peregrinos resbalan en los acantilados, los barcos naufragan … Pero mis nubes adoran la tierra de los humanos Lo que los humanos ignoran es que su visión es tan débil que no advierten que, la mayoría, llevan toda su vida entre la niebla sin vislumbrar otro mundo que el que los velos de mis grises nubes permiten que vean.


                                                                               

Clara, tras una larga pausa retoma la palabra.
Suelo disfrutar de la compañía de unas nubes blancas y esponjosas. Ellas se mueven libremente y algunas veces contrastan conmigo situaciones especiales. Saben que en lo más alto, las briosas nubes de la tormenta galopan y estallan en la fiesta de la furia y de la prisa. Saben que en lecho del valle sus hermanas grises se desperezan en la siesta de la tibia despreocupación. No añoran la vertiginosa aventura de lo alto ni el letargo de las profundidades. Les gusta dejar filtrar la luz del sol a su través, o dejarle abundantes claros para que temple el bosque y los mares, a la vez que prodigan sombras para dar tregua a las plantas y a los demás seres. Les gusta dejarse acunar por la suave brisa o cernirse al viento para mantener el rumbo. Se esponjan en solitario, aprendiendo de los pájaros o del silencio. Se cargan de energía en grupo aumentando el foco de sombra o de tamizada luz. Estallan en chispas de tarde en tarde, cuando la ocasión lo precisa, pasando a la calma en fugaces instantes.

Clara inspira lentamente mientras desliza la mirada por las quietas aguas del lago.

Cierta vez las blancas consultaron con migo: "Pastora Clara, nos inquieta una duda, no sabemos si es bueno para nuestro ser de nube, no cabalgar por las cumbres del cielo o descender a lo profundo del valle" Y yo les dije: "cabalgad alto y echaos en el valle si os place, pero sabed que no sois el viento, ni sois el agua estancada. Sabed que en la prisa de lo alto y en la calma de lo profundo participais de una fuerza externa y que solo en las entrañas de cada nube está todo el movimiento, toda la calma y toda la luz".

Clara aguarda un segundo antes de fijar la mirada en sus hermanas pastoras.
- Sé bien que tratáis de conducir con destreza a vuestros rebaños de nubes, pero sabed que sólo si les ayudáis a descubrir al guía que habita en el seno de cada nube y sólo entonces amanecerá un cielo lleno de buenos auspicios y sin amenazas para el bien de todos los seres. No llameis "mis nubes" a seres que no tienen más dueño que la gran fuente de toda luz, de toda lluvia, de toda la alegría. Viajad con ellas, no las azucéis como a ganado joven, descubriréis en su estela la magia del rumbo vivo, sin naufragios ni trincheras.

El lago condensó en un punto toda la luz del nuevo sol hasta deslumbrar a las tres pastoras que llevaban largo tiempo en silencio, rumiando atisbando nuevos horizontes.

Clara fue la primera en levantarse, saludando a la aurora con un jubiloso bostezo.
- Bueno, hermanas, me marcho con las blancas, saludad a las grises y a las oscuras y… ayudadles a que descubran su propia fuente.

Y partió.

Firmado: Jirón de nube