EL SUEÑO DE ELECTRA

                                                                                  
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Era la hora incierta, luces en gris
y en plomo, de la estación incierta.
Un invierno disfrazado de Abril.
Perdida en el ancho mundo
Electra siente
el infinito desamparo,
infinitamente reiterado.

Como el niño que en su inocencia
desgarrada nos mira fijamente,
entre los cadáveres de una guerra
para siempre, perdida.
Como el animalillo abandonado
en un mundo hostil, que desconoce
y que lo destruirá
antes del amanecer.
Así, Electra siente
la herida
del corazón,
el hueco del desgarro.

Muchos días, muchos lugares,
vestida de incertidumbre,
como una nube,
la vieja pena sube a los ojos
y le recuerda que este mundo
no es ya su casa, ni esta voz
es ya su nido.

Códigos exteriormente reiterados
le ayudan a semejarse a los otros
pero la oscuridad antigua
sobrevuela este mundo falso
de papel plano y evoca
un día lejano.

Un adiós, la única sonrisa
Que se iba y ante sí ,
para el futuro, la infinita
ausencia, la infinita soledad,
la vastedad del mundo reflejada
en aquel bello paisaje:
bosques, montañas, prados.
Escenario todo de su infancia,
viva en esta herida,
en este vacío del alma.

Como el ángel echado del paraíso,
cortadas las alas por un pecado desconocido,
azotado por el viento y la lluvia,
vagando por el mundo oscuro.

Así Electra pasea su desamor
original por el mundo sin sentido.
Envuelve la tristeza, la impotencia
en sueños y quimeras
para arropar los jirones del alma rota.
En el fondo del corazón
por los pasadizos secretos, sonando
La voz bien timbrada, viril, amorosa
de su padre, brazos fuertes
de hombre corpulento, alto
como una montaña,
abrazan a la niña, perdida y olvidada
en el cáliz de su pecho
Bebiendo la vida, el amor, la protección total.

En este limbo dulce
Electra ve el mundo reflejado
en ese rostro poderoso
que ama, en su criatura delicada
e inocente, lo más puro de sí mismo.

Otros habían abierto canales
de amor, entrega, sufrimiento
en su corazón ensanchado de padre.
El engaño, la amenaza el abandono
Son palabras desconocidas en
este mundo secreto y compartido.

Qué golpe duro, sin más sangre,
sin más grito, que estas lagrimas
agazapadas todavía en la trastienda,
en la región secreta donde
nada se olvida, entre
nebulosos recuerdos lejanos.

Desde entonces, por muchos años,
el destierro será tu tierra,
la melancolía, la sequedad
tu compañía y nodriza.
Guardas tu llanto, como equipaje
en una vieja maleta,
que llevarás de estación en estación,
de amor en amor,
de viaje en viaje,
(compañera fiel).

Tantos afanes, miedo, ira,
mezclado con amor se llevaron
para siempre, su corazón de padre
cansado, un día de Abril.
No hubo lugar para otra herida,
la antigua , todavía abierta,
lo abarcaba todo.
Electra no siente su adiós
ve su ausencia en los rostros
que le rodeaban, hermanos desconocidos
a los que, dolorosamente,
debe de aprender a amar.

Desde siempre habituada a sobrevivir
en la aridez y en el naufragio de todo, largo pasadizo
de noche sin luna, pérdida
en días y días de acinamiento
y soledad. Penosa carga
hacia ninguna parte.

 
El regalo de tu envoltura,
en medio de la oscuridad,
pone; recelo, admiración,
entrega a tus pies sedientos.
Agradables presentes que,
a veces, aprendes a usar.
El regalo de tu mente que alguna
luz misteriosa enciende y conecta
en medio de la oscuridad, y
el consuelo de la poesía, la belleza
del mundo, el amor y sus secretos,
la búsqueda de la sabiduría...

 
Pero, tras los regalos aparentes
y sus pérdidas, el viejo llanto
sigue sonando y recordándole
que esta casa no es su casa
ni esta voz es su nido.
Todos los sueños logrados son
sombras del gran anhelo
no colmado, reflejado en esta
herida que Electra ha intentado
curar en vano, siempre.

Hasta que un día, por los
laberintos de la noche,
Oyó el latir acelerado de su
corazón, infinito laúd de la
más bella música, sonando,
latiendo, abarcando todo su cuerpo,
todos los espacios, todos los seres,
sonando como un fuego
que dulcemente hiere,
multiplicado en la llama,
en cada célula viva.
Como una campana del
metal más fino, despertándole
de un largísimo sueño.

Electra vio sus vendas caídas
sus resistencias a la pura dicha
rotas. Como recién nacida
vio el mundo, con la pureza
del amor que lo envolvía todo.
Vio su sufrimiento caer gota
a gota convertido en luz
en la más delicada dicha.
Pura, sola, entera, completa.
Aquella plenitud era su casa,
su verdad profunda.
Podría compartir, pero
nadie colmaría lo que
era perfecto y completo.

Así despierta vio el mundo
doliente de los sueños de otros
y los amó en su sufrimiento
que había sido el suyo.
Anheló, no el amor
sino amarlos a todos
latiendo con ellos en ese
infinito corazón que todo
lo abarca: hombre, mujer,
animal, planta,
cielo, noche, día.
Perfección y totalidad,
amor sin condiciones,
inmenso y puro que
late, escondido, tras los
pliegues de nuestra tristeza.

 

 

Firmado: Electra hija de Agamenón