NÉCTAR

                                                                   
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En otro siglo, en otra ronda, en tiempos mas allá de toda memoria humana, también se vivió la muerte de dios. Las gentes, desesperadas, buscaban alivio en toda clase de opios, humos de colores para ocultar la hedionda realidad de la tierra baldía.

Calesas de lujo, banquetes de lenguas de canario, desaforadas cópulas a ritmo de galeras, ridículos ropajes, abrevar por embudos, ascéticas competiciones de esclavos en toda clase de circos, muertes por el diámetro de los bonetes, guerras por el bronceado de la piel, colecciones de monedas y colecciones de cifras de monedas, culto a cualquier clase de mamarracho... en fin cualquier cosa menos vivir.

Yo aunque entonces joven, llevaba ya varios años buscando el remedio a la herida, la fuente de la vida fecunda, la fertilidad para la tierra baldía. Hacía ya tiempo que el desánimo había hecho presa en mí, todos mis recursos se habían agotado, ya no podía dar más vueltas en mi cabeza.

Había buceado en toda clase de códices, me había retirado con toda clase de monjes, me había unido a toda clase de combatientes, incluso había exhalado toda la caridad que aún cabía en mi marchito corazón, pero la tierra seguía estéril, aplastantemente gris.

Así que aquel santo viernes tuve que abandonar todo voluntarismo práctico o especulación teórica y dejarme llevar por la animal sabiduría de mi fiel Gringuljete, exhaustas ya la inteligencia y la voluntad. Por tanto, solté las riendas, que por otra parte no hubiera sabido dirigir a ningún sitio, y me dejé conducir por mi montura.

Desde la actualidad de quien escribe, se me antoja graciosa aquella triste figura totalmente desmadejada sobre los lomos del caballo. En aquel momento era la desolación mas absoluta, como si a cada paso del animal yo notase su esqueleto y mi esqueleto y el esqueleto del mundo y la muerte del viernes y en mi costado la muerte, una muerte eterna y sentida eternamente. Aquel vaivén, dolor en el va, dolor en el ven, dolor abajo, dolor arriba, dolor a la derecha, dolor a la izquierda, en el arrugado centro también dolor, todo sequedad y descarnamiento.

Los cascos de Gringuljete pisando piedras llegaron a un verde prado y tranquilamente se puso a pastar. Igual me daba arre que so, así que desmonté sin siquiera levantar la mirada y cuando el azar quiso que la alzara, allí vi un imponente castillo, como surgido de otro mundo, perteneciente desde luego, a otro orden de cosas que aquel en el que me había desplazado.

Gringuljete me había depositado al pie mismo de la edificación, donde se unían la solidez de lo que es claridad tras haber permanecido largo tiempo entre nieblas, con la belleza de lo que llama tras haber sentido la desgana. Redondeados muros que huyen del ángulo recto, alturas inaccesibles a la vista, como si todo ello estuviera concebido para llamar al visitante a contemplar lo que la fortaleza contempla, a gozar el panorama del que la belleza goza.

El castillo estaba circunvalado por un foso de aguas de corriente vertiginosa, misteriosamente en circulación perpetua, ya que no había ningún desnivel que lo justificara; así que tuve que buscar un acceso. Al poco di con un puente levadizo que bajó ante mi presencia.

                                                                                     

Ya estaba yo felicitándome por mi buena suerte cuando ví horrorizado dos perros gigantescos, oscuros como sombras, dispuestos a abalanzarse sobre mí. En una décima de segundo consulté en mi interior cuan grande era mi necesidad de solucionar el enigma de la tierra baldía.

Mientras una parte de mí, presentía el aliento nauseabundo de las bestias, su masa contra mi masa, sus fauces en lacerantes mordiscos buscando mi yugular, algo desde atrás presenciaba sin pestañear todo el maremagnum de emociones, pensamientos, reacciones del cuerpo. Como trascurriendo en un tiempo fuera del tiempo, comprendí que la demanda era absoluta, por eso allí me planté, en el medio del puente, a manos desnudas, dispuesto a afrontar lo que aquel momento conllevara.

Algo ocurrió en mí, tan desprovisto de plan cómo la cabalgata de Gringuljete. Mi cabeza se paró por unos instantes y de la cima de mi cráneo surgió otro cuerpo idéntico al mío, y de éste otro y otro... Desde esa altura pude ver las terribles fieras reducidas al tamaño de ratones y ellas mismas sorprendidas, fueron a depositarse a mis pies.

Franqueé el umbral, y de nuevo en mi estado ordinario pasé a un patio extrañamente desierto. A cierta distancia a mi izquierda, ví un toldo y bajo él una agradable silueta femenina.

Me sentí atraído por aquel cuerpo, como si algo denso y refrescante despertara en mi interior. Su cara estaba escondida por un gran sombrero redondo y ella con coquetería jugaba a esconderla más mediante inclinaciones de cabeza. Aquella figura era para mí como una tintineante campana destellando llamadas a algo perdido. En sí un jardín del Edén, un espejismo de la promesa de paz. Se agachaba mostrando y ocultando sus repletos senos, giraba sobre sí con golpes de cadera que dejaban mi voluntad inseparable de aquel cuerpo, como si el dolor de nacer volviera atrás, como si aquel cuerpo prometiera envolverme como la mar océana, total.

Todo esto parecía cantar en silencio aquella mujer; y yo embelesado, no me dí cuenta de que en mi corazón se había impuesto un frío atroz.

Primero noté una cadena de su cuerpo al mío, luego como un aguijón en el vientre, por fin como en una pesadilla, sentí un velo en los ojos y como si la atención se hubiese fijado en los globos oculares, sin sentido de perspectiva. Justo entonces mostró su rostro. Ojos saltones, inyectados en sangre, nariz respingona con grandes orificios, justo debajo de la nariz estrechos labios apretados de los que sobresalían los colmillos, todo ello en una robusta cabeza enrojecida unida al cuerpo casi sin cuello.

No se cómo, pero comenzó a narrar toda mi vida resaltando y ampliando cada uno de mis instantes de ruindad, de miseria, de mezquindad, de estupidez, de cobardía. Sentí sobre mi mil losas de muerte. Mi sangre se quedó fría y densa. Sus gritos resonaban en mis oídos: reproches, carcajadas, lo inaguantable. Vi en mi cabecear de un lado para otro el instinto de muerte, como un caballo golpeado en la frente con martillo y no muere y no muere y no muere. Me vi como asesino acribillando a su víctima una y otra vez sin lograr su propósito. Me sentí huyendo a todos los escondrijos. Viví diez mil agonías en mi cuerpo mientras sus acusaciones caían en lo más oculto de mi memoria. Cada uno de los átomos de mi cuerpo vivió todas las muertes, mi conciencia probó todas las angustias, en un solo instante erré en desasosiego por cien eones. Una y otra vez sentí que ya no podía mas, que mi cuerpo se retorcía, que mi cabeza iba a explotar sembrando mis restos por todo el castillo.

                                                                                      

Escuchaba su resuello ansioso y sostuve en mi cuerpo toda esa angustia a pesar de no poder. No se de dónde me salieron las fuerzas pero escuché todo aquello.

Luego el discurso de la dama horrible se fue calmando. Su color mutó del rojo al verde y fue encogiendo hasta quedar convertida en una rana.

La rana se alejó en sincopados saltos y se precipitó en un pozo situado en el centro del patio. Comprendí instintivamente que sería beneficioso seguirla. Valiéndome de la cuerda que unida a un cubo servía para extraer el agua del pozo, descendí. Pude ver cómo la rana se introducía por una abertura del tamaño de un hombre, que no se veía desde el exterior debido a la profundidad y oscuridad del pozo.

La seguí y de repente noté que todas mis fuerzas comenzaron a fallar. Mi cuerpo comenzó como a recogerse mientras todos mis ánimos también se encogían. Me vi reducido en cuestión de segundos a un esquelético cuerpecillo pergaminoso arrojado en un lecho de arena. Luego también mis partículas comenzaron a disgregarse y sólo quedó una sopa fangosa sobre la arena.

Después ni eso, arena encima de arena viví mi aniquilación.
Sorprendentemente me encontraba bien, en un reposo absoluto tras tanta angustia. Gocé un largo periodo de esa tranquilidad.

Cuando sentí que era suficiente, me vi surgir como un embrión que se fue transformando en una salamandra en el fuego. En ese fuego mis huesos se fueron templando hasta adquirir la característica del diamante. Sólo entonces se revistieron de una forma humana y así pude continuar mi investigación.

Tras un corto pasillo se daba a una escalera de caracol. Bajé por la escalera un buen trecho. Vueltas y mas vueltas descendiendo cada vez más hondo. Inesperadamente el estrecho y oscuro descenso acababa en una gran sala.

En su centro, sustentado por una piedra cúbica, un gran cuenco con un líquido tan luminoso que invadía toda la sala de una luz deslumbrante. Comprendí que allí estaba el objeto de mi demanda y que aquel líquido saciaría mi sed.

Nada mas mojar los labios, toda aquella luz infinita se comunicó a mi ser. La sala pareció elevarse desde aquellas profundidades, y como si se hubiesen abierto enormes ventanales, se veían en derredor amenos prados de relieve suave, deliciosamente curvado, de un verde que transmitía una vitalidad extraordinaria. Ante mis ojos apareció un resplandeciente Señor, rojo como un sol poniente, portando en sus manos su propio corazón. Puso sobre mi cabeza aquel corazón. Mi cuerpo se estremeció en resplandecientes ondas, totalmente sutilizado, como formado de pura luz. Dijo que en toda ocasión recordase aquella experiencia, que se iría convirtiendo en Sabiduría en la medida en que yo pudiese asimilarla, y que ahora que había quedado atrás la pesadilla de la tierra baldía, utilizase cuanto había experimentado para ayudar a cuantos quedaban en ella. Profundamente agradecido, me despedí del Señor de la Luz Infinita y desde la Vida me reintegré a la vida.

Firmado: Braulio


 

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