MARTA, SU ABUELA
Y CUERPO TRISTE


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¡Cuéntame una historia, abuela!
- ¿Crees que te oye, Marta? Yo siempre he pensado que tu abuela nunca está donde se encuentra. Esa actitud concentrada, esas piernas enroscadas, esa espalda tan erguida y ese feliz gesto suyo con los ojos entreabiertos. Tampoco puede decirse que se halla dormitando pues pasa que pasa las cuentas de su peculiar collar. Y aun a pesar de no estar, uno tiene la impresión que escucha lo que decimos, incluso opina.
- Lucía, mi abuela, comprende que siempre HA SIDO, sabe ya qué DEBE HACER y, te aseguro que ESTÁ, que está siempre donde está.
- Y, ¿de qué quieres la historia, querida Marta? Interrumpe aquí la abuela. Ya te sabes casi todas.
- Hoy estoy cansada, abuela. Tú has tenido razón. El tema de discusión no ha resultado oportuno.

* ¿Por qué si es que da igual? ¿Por qué si no es relevante, no puede ser lo que ES y ES lo injusto del debe SER ?


* La historia, como nosotros, rueda, mi querida niña.

Pero en fin, siguió la abuela, esta es la historia de Khedrubyhe, monje del Gran Monasterio, el de las verdes praderas tras el sur de las montañas. No se sabía su edad. En el albor de su vida, alguien se olvido de recogerlo cuando permitió que jugara con las flores del lugar. Aquel con quien se topó le vio tan débil y enfermo que le llamó "cuerpo triste". Él le cuidó y le mimó y cual reto se esforzó por ejercer de maestro.

Y ahora, ya en su adultez, su cuerpo seguía "triste".

¿Triste?

Mas bien es que carecía de esa apreciada armonía que atrae a quien nos rodea. Era de corta estatura, de hombros un tanto estrechos, su pierna izquierda más corta, su columna desviada y destacaba su cráneo al comparar su tamaño con el de su endeble cuerpo.

Como contrarrestando esta carencia armoniosa, la naturaleza le había concedido otros miles favores. Khedrubyhe estaba dotado de una gran capacidad para la intuición, el aprendizaje y la abstracción. Conocía 18 lenguas, 6 oficios le avalaban, tocaba 8 instrumentos, resolvía mil y un problemas, había leído una infinidad de textos y escrito varios tratados. Poseía, así mismo, una escrupulosa y certera percepción de la realidad, un sentido del humor, envidia del Monasterio y una fina habilidad para la intervención oportuna. A su vera, el presagio de tormentas, de pensamientos ajenos, de futuro inesperado. Unos grandes ojos negros miraban cuando quería, veían lo deseado e ignoraban lo irrelevante. Unas misteriosas manos adornaban sus muñecas. Manos que al acariciar curaban la peste amarga.

Y su maestro al mirarlo se sentía compensado.

Un día de primavera fue llamado a entrevistarse con el Venerable Lama Langri Dorje, regidor del Monasterio.

Como corresponde a un buen monje, realizó su ceremonia salutativa en riguroso orden jerárquico: ante el prior, Lama Langri Dorje; su maestro, Gueshe Locho Tangpa y también ante un nuevo Lama que a los dos acompañaba.

Su corazón latía contento y agitado, como si anticipara las buenas nuevas. Presentía que, tras 30 años de estudio y espera, vería pronto colmado su anhelo de asumir responsabilidades, de prestarle utilidad práctica a la comunidad.

 

Su maestro realizó una breve introducción de lo que se esperaba de él. Debía acompañar a Norbu Dorje Rimpoché en su gira por el mundo occidental. Sus conocimientos lingüísticos y culturales de las sociedades en las que Norbu Dorje Rimpoche tenía encomendada su misión, deberían constituir el punto de apoyo para el éxito encomendado. Así mismo, debería utilizar todas sus capacidades, las innatas, las aprendidas y tambien las cultivadas. Todas, para posibilitar que Norbu Dorje Rimpoché se encontrara apoyado y asistido en cada momento.

Fue en este preciso instante cuando su maestro, tras reverenciar al Venerable prior en solicitud de aquiescencia, le presentó a quien en adelante debería acompañar y velar.

- Norbu Dorje Rimpoché, le dijo, es la quinta encarnación del Lama Cherko Dorje, a quien, como sabes, debemos tantas sabias reflexiones sobre el trío de refugios y nuestras cuatro verdades. En este periodo de existencia enseñará en occidente. Ha sido reclamado por diversas universidades para explicar la relación existente entre samsara y sufrimiento. Entre sufrimiento y distorsión de la realidad. Entre realidad verdadera y liberación del sufrimiento.

- ¡Que capacidad de síntesis la de los occidentales!, pensó el monje, esbozando una sonrisa que el maestro comprendió.

- ¡Sí, ya sé! Es probable que necesite varias existencias para hacerlo, respondió el maestro. De momento sólo dispone de ésta, de ésta y de tu ayuda. A cambio gozarás de su presencia, oirás sus enseñanzas, aprenderás su camino, prepararas tu sendero.

Preceptivo se antojaba el rito de disponibilidad. Después de ser invitado, Khedrubyhe giró su cuerpo hacia el lado donde el Lama Norbu Dorje Rimponché se hallaba. Mostró su agradecimiento por la confianza expresada. Tambien su disposición a la partida inmediata.

Y como se ha hecho siempre y siempre se hará tambien, se dispuso a permitir que aquel del que hay que aprender, penetrara y navegara sin trabas y sin recelos las vastas profundidades de aquel al que va a guiar. Y en un ademán sincero, ofreció sus negros ojos de claras inmensidades, a la mirada tranquila de su futuro maestro.

Por un momento penso que el eterno sol cegaba. No, no era el sol, sino el color profundo del cielo, el ardor de la ternura, el volcán de compasión, el mar de sabiduría. Fue justo en aquel momento cuando su mundo cesó, la nueva cuenta se alzó, el gran llanto se asomó, la inmensa felicidad se vio. Y acentuando venturas algunos copos de nieve cruzaron por la ventana y un rayo fugaz de luz provocó el escalofrío que oprimió su corazón.

Cuando el monje volvió en sí, su protegido y protector le abrazaba.
 
 
Todo aparenta funcionar en los perfectos hospitales suizos. En medio de aquel cuasi-orden de vendajes y escaleras, enfermeras y ascensores, tristezas y especialistas, un monje cojo deambula. Mirada desorbitada, perdido en su propia sed. El despertar está cerca. Físicamente se ahoga. Dónde están las enseñanzas, dónde los conocimientos, dónde su enorme control, donde sus años de Dharma,… Ahora solo existe el GRAN DOLOR.

¿El gran dolor?

Probablemente pasó una eternidad completa. Allá, al final de la tarde, reparó que en la ventana un ruiseñor entonaba el canto del OM AM HUNG...

 

Así acostado, apoyada su cabeza en aquel, su vientre amado, todo parecía claro. La inolvidable experiencia de estos, los últimos años. La enseñanza del maestro, su infinita inteligencia, sus redondeces externas, la intuición iluminada, la blancura de su piel, la grandeza de corazón, todos los sabios consejos, la gracia de su postura, la faz de su rostro imberbe, esas sabias decisiones... Dulce batir de sus manos, la belleza de su ver, el sutil cambio de humor con los ciclos de la luna, sus caricias y ternura, su amorosa compasión, la emoción ante los niños, su inmensurable pudor, su inevitable sonrojo…

Marcado estaba el camino, el sendero se le antoja difícil y sin final.

¿Difícil? ¿Sin final?

Fue en ese preciso instante cuando la nueva enfermera asomaba por la puerta.

* Perdone, se excusó por haber interrumpido este momento de amorosa despedida. ¿Es usted su marido?


El monje aun sorprendido, afirmó con la cabeza. Eso era lo correcto.
Lo correcto aquí y ahora.

* Cuando lo crea oportuno, volvió a decir la enfermera, debe usted cumplimentar la autorización de traslado al tanatorio.


Y él lo hizo. Y cumplimentó hasta un millón más. Y cuando la pesadilla llegó por fin a su fin, emprendió el nuevo camino.

¿Cómo empezar? ¿Por dónde?.

Empezaremos por mí, dijo al fin a su discípulo.

Para entonces ya la abuela estaba casi dormida y Marta, la niña Marta, con el collar de las cuentas jugaba a hacerle correr.

Firmado: Sederrisa


 

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