CABALGANDO SOBRE LAS OLAS

                                                                                              
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Era mi revista de cabecera. Leía su título todos y cada uno de los días, esperando aprender la manera de vivirlo algún día de corazón. Rezaba así, "Archipiélago: conjunto de islas unidas por aquello que las separa".

Sugerente y hermoso, pero qué poco aplicable a la real situación de las islas de las que os voy a hablar…

Este nuestro archipiélago era un conjunto desordenado de unas 30 islas e islotes situadas en lo mejorcito de los mares azules del sur.

Un lugar extraño pero, sin duda, hermoso. Una hermosura tan grande, tan mágica, que solo algunos visitantes eran capaces de percibir.

Porque, habéis de saber que el deseo más íntimo de todas las islas que allí habitábamos no era otro que el de conocer otros parajes o convertirnos en algo mucho más grande, acaso un continente, inmenso, poderoso, autónomo, que todo lo tiene: infinitas especies animales, plantas multicolores, desiertos, selvas, ríos, lagos, grupos humanos de toda raza y condición.

Es un sino doloroso el de saberse isla queriendo ser continente, querer ser grande y comprobarse cada día limitada y pequeña, a merced de los vientos y las lluvias agresivas, presa fácil para cualquier tormenta tropical.

Y por eso cada quién buscaba salidas por donde podía. Si no encuentro en la realidad, entonces busco en el sueño. Si no me acepto, invento el futuro; si ahora no soy, marco objetivos; si creo no poder transformarme, me camuflo.

Y así sobrevivía cada una, tratando de hallar su sentido, de sentirse imprescindible, de superar su finitud, de unificarse.

Isla roja, siempre laboreando por la justicia, convertida ya en portavoz y representante de las pequeñas islas marginadas. Sintiéndose a la par fuerte y con razones para vivir. Aunque… solo intermitentemente.

Isla capital, detentadora del poder, las instituciones y hasta extraños símbolos pintados en telas. Ella, la más grande del archipiélago, la imprescindible.
                          
                                                                              

Isla negra, la más fértil, la de plantas más hermosas, la dueña de las mejores semillas y consejos agrarios, referencia en toda conversación sobre estética vegetal. ¿Quién podía encontrar la solución al azote de la plagas y la falta de alimento?
Isla de fuego, la menos afortunada. De hecho apenas poseía nada diferente o envidiable, era más bien aplastantemente corriente. En su lado norte, un prominente volcán deformaba su rostro a la vez que le confería su único poder: ser la más temida. Eso era suficiente, al menos en apariencia.

Tampoco Isla de los vientos del Sur poseía atributos envidiables, ni objetos específicos. Pero por su ubicación muchos viajeros recalaban en sus playas, con inolvidables historias, que ella luego tejía con habilidad preñando la imaginación del oyente. Momentos mágicos para ella todos aquellas noches en las que islas pequeñas y mayores reposaban en su respiración bajo las estrellas, solo para escucharle.

Isla amarilla, la menos llamativa. Se sentía la pata de la mesa, imprescindible pero siempre bajo el mantel. Había desarrollado una habilidad muy valorada en aquellos tiempos de mediocridad y vida sin horizonte. Era dueña del conocimiento de todos los ocultos dolores que alguna vez vieran la tibia luz de la confidencia más íntima. Los conocía y los aireaba. Con experta mano cocinaba las opiniones de las demás, bien rehogadas en la salsa de sus múltiples miserias, aderezándolas con una mordaz crítica que no permitía respuesta. Ella y quienes le escuchaban salvaban fácilmente la autoestima, en una fácil comparación.

Isla nube, cuyo nombre real era de la montaña verde, era un caso más bien peculiar. Era la única que debía soportaba una nube remojándole día y noche. Según Isla amarilla, ahora era isla quien antes fue perro y nube quien sufrido árbol que marcaba el territorio canino.

Isla verdirroja, pequeña y entusiasta, había configurado su personalidad en torno a una ética intachable. En su territorio no se usaban productos que dañaran el entorno, ni se consumía en exceso ni se hacía nada que no fuera realmente alternativo. Y, sobretodo, se peleaba duramente contra las directrices que isla principal y sus acólitas marcaban. Eso parecía ser suficiente.
Los años transcurrían con calma en este paraíso sureño. Los encuentros y desencuentros entre las islas eran frecuentes, pero, en el fondo, en poco se alteraba la rutinaria convivencia diaria. Siempre las mismas conversaciones, las mismas ocupaciones, idénticas críticas y parecidos chistes.

                                                                                     

Pero no, no era el aburrimiento la espina más dolorosa, sino esa inmisericorde sensación de pequeñez, de soledad, de limitación.
Sola, me siento sola, estoy sola, se decían y repetían en sus más íntimas conversaciones. Tengo seguidoras y estoy sola. Tengo pareja y mi corazón no encuentra el suyo. Tengo responsabilidad política y pido a las demás lo que yo no cumplo. Soy educadora, pero en realidad una actriz llena de miedos a la crítica y al conflicto.

Soy solidaria y ansío las mayores riquezas, buscando la felicidad. Quiero amar y no hago sino quemarme en la hoguera del odio, la venganza y la envidia.

Estoy cansada, y llena de conflictos. Estoy ahogada y me siento buey avanzando siempre por este camino que ni tan siquiera sé a donde lleva, arrastrando a mis espaldas un carro cada día más y más pesado. Y no sé si puedo soltar el carro. Y no sé si puedo conocer otro camino. Y no sé si puedo dejar de ser buey.

Así reflexionaba nuestra pequeña isla verdirroja en aquella temporada en la que una gran tormenta avisó por el horizonte que se acercaba y había que prepararse. Los truenos sonaban cada vez más y más cerca. Rompían el mundo entero, lo reventaban por un segundo y el corazón de la pequeña isla se encogía de terror. Las olas del mar eran cada vez más imponentes, su rugido más sobrecogedor y su mordisco una punzada más dolorosa en las pequeñas calas verdirrojas.

Y entonces, cuando las olas eran más altas y temibles, apareció ella. Era una isla flotante pero sólida, antigua pero hermosa, cabalgando suave y alegremente a lomos de la aparentemente más devastadora de las olas, que bajo su maestro cabalgar fue disolviéndose hasta convertirse en una dulce lengua de mar, que besó con reverencia las playas de nuestra pequeña isla.

Podía ser un sueño, acaso un espejismo, pero la isla flotante descansaba sonriente allá a su lado.

* ¿Tú,… tú… eres capaz de cabalgar sobre las olas?- fue lo único que acertó a decir nuestra pequeña amiga.* O sí. Pero eso no es muy importante. Lo realmente trascendente es saber volar sobre las olas que muerden tu corazón. Y creo que tú estás deseando aprender.* ¿Cómo has podido saber…?

Esta fue la primera conversación que se desarrolló entre las dos. La primera de un largo periplo en común. La isla flotante fue un manantial inagotable de sabiduría, entrega, fuerza e inspiración.
* Si quieres ser libre, mira a tu alrededor, decía, observa como es tu vida, cómo tu comportamiento.* Oh —contestaba nuestra amiga- eso ya lo he visto, y quiero salir de este círculo. * Bien, entonces, si lo has intentado todo hacia fuera, acaso es momento de probar a buscar dentro.

Y así se hizo. Nuestra isla verdirroja, comenzó a tratar de hundirse con todo el entusiasmo, pero no podía pasar de la superficie más externa.

* ¿Qué me ocurre? —preguntó.* Bueno, para profundizar son necesarias tres cosas: desapego, aceptación y silencio. Sin desapego no puedes sumergirte. Si estás siempre preocupado por tu cosecha de cocos, las nuevas semillas transplantadas a la montaña sur, la limpieza de tus playas, tu imagen en el archipiélago,… no podrás profundizar con despreocupación. Sin aceptación tampoco vas lejos. Si peleas contra todo aquello que encuentras en tu mente y no te gusta, vuelves a construir un círculo en torno a cada conflicto. Siempre el mismo, repitiéndose una y otra vez. Tu observa. Solo observa. Y la simple observación hace que el pensamiento se disuelva… por sí solo. Entonces se hace el silencio, y el silencio es una nave supersónica, un pozo que te lleva a lo más hondo de ti. Prueba.

                                                                               

Y probó. Con constancia, con paciencia, con entrega, con valentía. Empezó a volar hacia lo más hondo. Y allá se encontró los miedos a lo oscuro, a la soledad y al fracaso, las emociones más vivas y las fuerzas más íntimas y poderosas.

Pero ella siguió, miró y miró. Atravesó los miedos, atravesó las iras, las envidias y la vergüenza. Los vivió hasta el tuétano, se dejo quemar en su fuego para descubrir que no había fuego que pudiera quemarla. Realmente cada descenso era una experiencia en las puertas del infierno, pero un infierno que siempre podía trascender, siempre superable.

Y comprendió hasta en lo más hondo que toda su vida había sido una huida, una huida del sufrimiento que prometían estos habitantes de lo oscuro que nos habitan y poseen. Y supo que casi todos los seres vivimos presos de la misma ignorancia, y eso provoca tan gran sufrimiento que apenas somos una cáscara de nuez en medio impresionantes tormentas. Y su corazón rebosó una gran compasión y sus ojos se habitaron de lágrimas, tan dulces y hermosas que no pudo menos sino regalarlas a todos los seres que habitan la existencia.

Y así, poco a poco recuperó para sí el espacio que ocupaban las fuerzas de la oscuridad, lo inundó de una luz nueva, lo limpió y perfumó, y siguió descendiendo por aquella columna de tierra que la sostenía bajo la superficie del mar.

Nada ya la podía detener. Por más imponentes que fueran los retos, mayor era su fuerza, mayor su gozo. Porque cuando se limpian los lechos que habitan esas oscuridades que no queremos ver, nos vamos acercando más y más a nuestro propio núcleo y ser. Y este, en todos los seres sin excepción, no es sino un sol de amor, gozo y lucidez.

Y descendió a lo más profundo y ascendió a lo más hermoso. Y cada vez la plenitud era mayor.

Un buen día, un día memorable, encontró que la columna de tierra que estaba investigando, la que le sostenía bajo la superficie del mar, comenzaba a hacerse más y más amplia. No, no se abría más y más, en realidad se disolvía en la superficie de la tierra, era la tierra, la submarina y la externa.

Y entonces lo comprendió. Todas las islas era realmente una sola. Y no estaban solamente unidas por aquello que las separa sino que eran una sola y la misma cosa. Y su mente, de golpe, se liberó. Ya no había ataduras que la contuvieran, nada la pudo retener.

                                                                                    

Se fundió con toda la tierra y vivió a todos los seres que la habitan, en absoluta unidad. Se extendió hasta los confines de la existencia y lo comprendió todo, supo la Verdad, así, con mayúsculas, la Verdad sin nombre y sin palabras. La verdad que no puede pensarse sino vivirse, lo insondable, lo indeleble. Lo comprendió, lo vivió y quedo para siempre libre, para siempre transformada.
 
Nada parecía haber ocurrido tras ese día glorioso y nada parecía ser lo mismo. Ella no era ya la verdirroja, sólo era. Y sentía a todas y todo. Y lo comprendía. Conocía su sufrimiento y también la forma de liberarse.

Se preguntaba cómo podría transmitir su vivencia, su sabiduría, y no hallaba respuesta satisfactoria, tan grande era lo vivido, tan mágico e imponente.

Solo aquel pequeño gesto fue capaz de resolver todas sus dudas. La isla roja, la del humeante volcán, la más distante y fría, tenía, de reojo, su mirada vuelta hacia ella, ajena al ajetreo del mundo y su absorbente llamada.
 
Dedicado a todos aquellos que trabajan sin descanso
por la liberación de todos los seres.
No hay joya más hermosa,
ni empeño más urgente.

Firmado: Un navegante que mira