CANCIÓN PARA EDIPO

                                                                                                         
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Antes incluso de ser, ya era ella.

Cuando tímidamente llegó a ser, a duras penas se vivía como una incómoda sensación de no ser del todo ella.

Y más adelante aún, ya siendo, no era nada sin ella.

Su más íntimo anhelo: que toda ella fuera suya y él solo, todo para ella.

Edipo en su corazón abrió una habitación secreta que con paciencia y con mimo, mantenía siempre limpia, luminosa y engalanada.

Una cómoda de madera, de esas, con cajones pequeños y grandes y tiradores de bronce; un elegante tocador con sus peines plateados, un joyero de nácar, la polvera de colores, y un esenciero de aromas frescos de mandarina y limón.

Vamos de tiendas, dijo ella y él que ya se vestía solo, pero no acertaba con aquellos difíciles cordones, se acercaba, y, no te preocupes, cariño, luego te los ato yo.

Y mientras se acicalaba él se sentaba a su vera para mirarla mejor como peinaba su pelo, y se daba color, y una gota de olor en un dedo viajaba a un lado y al otro de su cuello, el collar de perlas blancas y la pulsera dorada, y el vestido floreado, que es verano y el sol calienta, corazón.

Y la manita en la mano, calle arriba, calle abajo, felices, caminando a saltos, y si hay prisa, como en volandas, Edipo rey y su reina, el caballero y su dama, y el corazón que se abrasa en un amor posesivo, indefenso y descarnado.

En medio de la estancia secreta, un sofá azul, para que ella repose, y él, a su lado, jugando a soplarse los rizos, a cosquillas y arrumacos, hasta quedarse dormido, la cabeza sobre su pecho cálido, al compás de su corazón, como hipnotizado.

Domingo por la mañana, a Edipo le despierta el sol, y sin darle tiempo al tiempo, saltos y volteretas en la cama donde está ella, y, también, él. Y le abrazan y se ríe, y con su risa ríen, y le cuentan y le cantan, paz y felicidad.

                                                                                   

Y así domingo a domingo, hasta que un día apura tanto que al entrar en aquel cuarto ve algo que no entiende, pero entiende que no debe, caras de susto y gestos estridentes, le devuelven a su lecho frío y solitario, apesadumbrado y como culpable de algo, incapaz de recomponer un juego que ya está, para siempre, cerrado.

Domingo por la mañana, Edipo no osa siquiera levantarse, y espera en vano que se le llame, y escucha como él habla y ella ríe, y su imaginación no acierta pero intuye algo que le trastorna y le duele.

Y en su habitación secreta una sencilla butaca apartada en un rincón donde aquel que le lleva a reconcón sobre sus fuertes espaldas, aquel a quien quiere y busca, aquel a quien odia y teme, reposa en la distancia, lejos de ella.

Edipo se hace mayor y el amor de ella voluble, pleamares y bajamares de cariño, mareas de amor y desamor, veleidades de luna brillante, caprichos de luna negra, que oculta su cara a la luz del sol de su corazón.

¿Qué es lo que quiere que haga? ¿Debería, tal vez, ser fuerte como él? O quizás el más listo, o llenar las baldas de su vitrina de triunfos, aunque estos dejen las de su corazón llenas de polvo y moho? ¿O tal vez, ser tan bueno y humilde, aniquilado y humillado como un espectro, rendido a los pies de todos sus caprichos y deseos, por disfrutar un instante del elixir de su afecto? ¿Esconder la furia y la rabia en un arcón de siete llaves y mil cadenas de olvido, y arrojarlo al mar más profundo junto a la última esperanza de no ser castrado?

Edipo sigue creciendo, sí, pero no su habitación interior, cada vez más oscura y vacía, más pequeña y más mezquina, celos, frustración y rencor. El amor repartido.

                                                                                 

Hasta que un día inevitable, Edipo perdió la llave de entrada a su estancia interior y se quedó fuera sin remedio, solo, abandonado.
En adelante Edipo también se llamó de otro modo: Yo.

Amor y dolor unidos, desamor del amor perdido.

Encuentros aparentes, falsos contentamientos, imitación barata de la felicidad perdida. Aspiraciones fútiles de poder, ambición, lujo y fama. Incapaz de amar y de ser amado. Huido de un dolor que solo la tristeza de su mirada delata, Edipo triunfa en la destructiva empresa de negarse la vida. Resignación del que al amanecer será ajusticiado. Y la vida anegada es muerte y la muerte le va matando-.

Edipo enferma de negación y de tristeza.

En su lecho de dolor alguien acude a cuidarle. Se trata de una mujer, que dice ser enfermera, y que compadecida de su dolor, cree en él, lo que él no cree, ve en él lo que él no ve y sin límite le da lo que él no puede siquiera recibir.

Sentada a la vera de su cama, cálida como una madre, le dice: Edipo escucha la historia que ahora te voy a contar y presta atención al rumor de tu pecho.

"En una escarpada ladera de la Montaña de las Ilusiones Vanas se halla Edipo cantando, sentado sobre una roca.

Atardece y lágrimas de luz brotan del sol poniente conmovido por la profunda tristeza de la melodía.

                                                                             

El cálido viento sur acude también al oírla y el cielo enrojece, vergüenza del inocente.

Caminando penosamente, en aquel erial pedregoso, una anciana desarrapada se acerca a Edipo y le pregunta: ¿Quién eres? ¿Y qué es eso que cantas que hace languidecer la tarde y turba la serenidad del caminante?

Silencio. Anciana, es mi voluntad responderte bien, pero de mí sólo sé mi nombre, Edipo, y la canción que entono es, al parecer, mi propia vida, pero no alcanzo a entender ni el sentir, ni el sentido de lo que en ella se refiere. ¿Puedes tú ayudarme a descifrar este jeroglífico que me mantiene ignorante?

La anciana se lo piensa mientras mira en el horizonte al sol besando a la tierra, apasionado, como un amante moribundo. Al fin, mirando compasivamente a Edipo dice: ven, si quieres, y desciende conmigo al fondo del ignoto barranco del olvido y allí encontrarás una discreta cueva donde mora la clara luz. En ella pasarás en soledad y silencio, siete días con sus noches, al cabo de los cuales te iré a buscar y te escucharé.

Tal como se dijo se hizo. Y al cabo del tiempo cumplido Edipo sale de la cueva y apoyando su cabeza sobre las manos de la anciana mujer llora lágrimas de gratitud. Una vez incorporado dice: amada maestra, he visto brillar la luz en la oscuridad, he sido visitado por horribles criaturas de feroces fauces y rostros plateados, y aves rapaces han lacerado mi cuerpo como el de un cadáver abandonado.

Y una cadena infinita de hombres y mujeres sin rostro y sin alma, arrastrando las cadenas de un amor doloroso por mezquino, frente a mi han desfilado.

                                                                                   

Fracaso del ansia de amor de Edipo, condenado al desamor no por amor, sino por posesivo.

He visto, también nacer un fuego que arde con complacencia y se alimenta en la fragua de la respiración atenta y serena, y quema y quema, y limpia las impurezas.

He visto un buitre volar amenazante sobre mi cabeza y convertirse en blanca paloma mensajera trayendo en su pico una llave de luz que ha abierto mi habitación secreta y en su interior, un niño, temeroso y asustado agarrado de la mano de su princesa. ¡Cuánto tiempo perdido buscando lo que estaba dentro, afuera.!

La mujer se sintió muy complacida con todo lo referido.

La anciana terminó así, su relato.

Edipo lloraba sin tregua y tanto era el amor que manaba de ella que, al fin, cedió la puerta de su corazón, y desangrándose en ternura se adentró hasta fundirse con sus padres en un abrazo de apasionada reconciliación.

Edipo había vuelto a nacer. Derribó las paredes de su habitación interior y como en medio de una vasta nada, colocó un recibidor con cómodos divanes y asientos en torno a preciosas mesas de cristal, y en vistosas teteras de plata se servía el té de la vida.

Edipo vestido de blanco esperaba las visitas de amigos que traían pasteles de colores, historias y revelaciones. También estaba al acecho de cualquier caminante perdido y se sentía feliz de ver como las oscuras piedras de dolor sumergidas en la taza se disolvían como terrones de azucar de caña por la fuerza del amor, por fin, renacido.

Firmado: Joxemari