ACUÉRDATE DE MILA...

 

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Déjenme presentarme, soy un viejo guerrero, curtido en mil combates y ya un poco oxidado. Muy pronto tomé las armas, siendo aún adolescente, en pro de la liberación de un pequeño país, perdido en medio de ninguna parte. Flaco favor hicimos a aquella pobre gente. Todavía hoy están pagando las consecuencias de aquella alocada aventura juvenil, tan fervorosa como inútil.

No debí aprender la lección, pues seguí combatiendo en mil frentes, unos ciertamente nobles, otros no tanto. No encontraba otra manera de huir de aquella angustia, aquel vacío interior, que corroía mi corazón. Probé el ayuno, la renuncia y puestos a luchar, luché hasta contra mí mismo. Finalmente, ya sin causas dignas en el horizonte, acabé como mercenario, donde la paga era buena, aventuras no faltaban y damiselas tampoco.

Con el paso de los años marcado en mi rostro, y otras partes de mi anatomía que prefiero no destacar, y con el bien merecido apodo de el "mercenario de hojalata", cabalgaba cansinamente por las tierras del norte cuando me topé una mañana con un joven extranjero que me habló con entusiasmo de un nuevo campamento, recién instalado en la colina.

Decidido y animoso, ánimo nunca faltaba, dirigí mis pasos hacia la colina y pronto divisé el campamento. El lugar irradiaba una luminosidad diferente y la gente dentro parecía especialmente contenta. Había un jefe, al que todos respetaban, y al que decían "Maestro". "Curioso apelativo", pensé, "para referirse a un comandante en jefe. ¿Estaré en un campamento militar o en una escuela secundaria? En cualquier caso el susodicho Maestro me cayó bien desde el primer momento. Se trataba de un ser corpulento, dueño de una extraña serenidad y capacidad de mando que me sedujo de inmediato.

Nadie me preguntó de donde venía, ni a donde iba. Todos me recibieron como uno más y la vitalidad contagiosa del ambiente hizo que mis penas aflojasen un poco por primera vez en muchos años.

Pasado un tiempo, el Maestro me hizo llamar para comunicarme que su grupo era un grupo especializado en la búsqueda del "despertar", así como suena "despertar". Me sugirió con dulzura, que si el tema me interesaba, había espacio para mí en el equipo, y que si buscaba una causa, ésta era "la causa" con mayúsculas, universal. Yo mucho no entendía pero algo me decía que aquello era genuino.

"¡A sus órdenes, Maestro! se me escapo. "Lo siento" intenté arreglarlo "no conozco otra manera de dirigirme a mis superiores".

Ya más confiado, añadí: "He dirigido batallones, derrotado ejércitos enteros. Soy duro en el combate y no me arredro ante nada.

                                                                                  

¡Póngame al frente de su ejército y no le defraudaré!"
"¿Al frente de qué?" respondió con dureza, el Maestro. "¡Yo no te necesito para nada! Si te interesa, te apuntas en intendencia y ya te asignarán el servicio de limpieza correspondiente." Y bajando un poco el tono, añadió: " En este camino el historial y los ideales no cuentan. No buscamos héroes. Si estás aquí es por tu propia demanda interior. Y si no, ¡te vuelves por donde has venido!"
Cabizbajo y meditabundo regresé a mi tienda, con ganas de descabezar al primero que se cruzara en mi camino. Sin embargo, algo había en aquella empresa que me hizo reflexionar, aceptar mi condición de recién llegado y asumir, hasta con alegría, el destino que se me asignase en aquel, en apariencia, improvisado ejército.

Al día siguiente el Maestro, compadecido supongo, se acercó a mi tienda y me contó la historia de un tal Milarepa, un gran yogui del país de la altas cumbres, al cual su maestro, al parecer llamado Marpa, había hecho construir y, no se porqué destruir y volver a construir, siete casas nada menos, con un objetivo que en aquel momento, todo hay que decirlo, no acabé de entender. "Así que la próxima vez, compañero", concluyó, "ya sabes, ¡acuérdate de Mila!

Los días transcurrían plácidamente, las pláticas con el Maestro habían conseguido que me reencontrara a mí mismo, e incluso notaba ya, no sin perplejidad, que mi corazón latía dentro de mí.

Aquella era una cruzada extraña. "¿Dónde está el enemigo?" me preguntaba. Poco a poco, una tenue llamita prendió en mi pecho y alguien me empezó a hablar de "bhoddiccita" y compasión.

Una mañana, andaba yo tan despistado como siempre, cuando llegaron los rumores, y con ellos, la desesperación y el llanto.

Algunos aseguraban que el Maestro había muerto. Muchos juraban que lo habían visto con sus propios ojos. Los rumores parecían confirmarse y el mundo pareció derrumbarse sobre mi cabeza. Y ahora ¿qué? Vuelta a empezar! A la desesperación siguió el llanto, desconsolado. No recordaba haber llorado tanto antes, en realidad no recordaba haber llorado nunca antes, pero algo se rompió dentro de mi.

Pero, el destino no había dicho su última palabra. Muchos no hicimos caso de los rumores y nuestra confianza fue premiada con creces. De improviso, una tarde, el Maestro se presentó de nuevo a la puerta de mi tienda. "¿No te acuerdas?" dijo, con su energía persuasiva de siempre, "te toca servicio de noche".

                                                                             

El Maestro parecía más delgado y un tanto envejecido, con el pelo quizás más blanco. Nadie preguntó donde había estado. No era la primera vez que desaparecía. Qué alivio, qué gozo. Allí estaban; su presencia lúcida, su fuerza arrasadora. Me postré a sus pies agradeciendo al cielo aquel preciado regalo.

El plan seguía adelante. Eso sí, el Maestro comentó la necesidad de unificar energías y abrir el campamento a nuevos voluntarios, pues había mucho por hacer. Según dijo, el campo estaba abonado y la fruta madura. "Es el momento de los valientes" sentenció. "Quizás haya que trasladarse, todos los recursos disponibles, materiales y humanos, serán bienvenidos".

Para un hombre de acción como yo, el camino del despertar se ponía interesante. La exigencia era "entrega absoluta". Música para mis oídos. Me sentí rejuvenecer. Por fin voy a poder luchar por algo que merece la pena. Ahora si que soy alma y parte de la causa.

"¿Cuando partimos?" Pregunté.

"Al alba", respondió el Maestro. " Si te parece, tu te ocupas del avituallamiento e intendencia general, como siempre. ¿De acuerdo, compañero?"

Otro jarro de agua fría. "¿No había yo aportado como el que más a la causa? ¿Por qué no podía ir in primera línea, tampoco esta vez?"

Desolado, pensé en abandonarlo todo, en pegarle fuego al campamento. Tras un par de días de completa locura, volví al campamento y me presenté de nuevo ante el Maestro, poniéndome a su servicio, aunque dejando bien claro a la vez, ¡que no entendía nada!

El Maestro sonrió, "no he podido ayudarte más", dijo. "Esta vez no has huido, enhorabuena" "Ya sabes... acuérdate de Mila".

Esta vez, la cita de Milarepa cobró un poquito más de sentido.

"Tengo que ganarme el puesto" pensé y retomé mis labores con más bríos que nunca. El campamento se reorganizó en un tiempo relámpago. Nuevos voluntarios engrosaron nuestras filas y a decir verdad, fueron incorporaciones de calidad. Personajes de toda condición, cada uno experto en su materia.

Por aquel entonces yo ya me situaba un poco mejor en el camino. Sabía lo que era la Shanga, de la cual me nutría, estudiaba distintos métodos de pacificación mental y otras muchas cosas. Por eso cuando el Maestro anunció grandes ceremonias y celebraciones, yo también supe que algo importante iba a suceder.

                                                                                    

Se hablaba de Chenrezy... de enigmáticos vipassanas. La sangre bullía en mi interior. Aquello estaba sucediendo, era real y yo... estaba allí. "Pero claro" añadió el Maestro, "alguien se tiene que encargar de guardar la puerta norte, vigilar los sembrados y aprovisionar el campamento". Girando la cabeza, me hizo un gesto con las cejas, "adelante, compañero".

En esta ocasión, ni lo dudé. A pesar del chasco, organicé a mi equipo y me apresté a cumplir mi tareas. Pocos días después, el Maestro llegó hasta la puerta norte en visita de inspección.

Socarronamente me espetó: "Qué, compañero, no entendemos el sentido del servicio, ¿verdad? En esta guerra" concluyó "el soldado tiene que darlo todo; lo que tiene.... ¡y lo que no tiene! Acuérdate de Mila."

No hizo falta más. Por una vez entendí el mensaje. "Es una bendición y un regalo de la vida, Maestro, poder responsabilizarme de este servicio."

"De acuerdo", respondió el Maestro. "Es suficiente. Regresemos al campamento". "Por cierto", añadió, "ya sé que llevas muchos años luchando a sangre y fuego", pero, ¿sabes?", sonrió, "en esta guerra las armas no sirven absolutamente para nada. Ya debías haberlo notado, en la senda del filo de la navaja las espadas son un estorbo".

De regreso al campamento, el Maestro me adelantó que me tenía reservada una pequeña sorpresa. Conforme nos acercábamos, llegaron los rumores. Por fin alguien había encontrado el conocimiento. La noticia corrió como la pólvora.

Ya desde lejos se oteaba una luminosidad desbordante que surgía desde el mismo corazón del campamento y se podían distinguir con nitidez los acordes de la deliciosa melodía: Om Ah Hung... Benza... Guru... Pema Shidi Hung... . Nada más atravesar la puerta, quedé sobrecogido por el maravilloso espectáculo que contemplaban mis ojos. Era como si toda la Shanga, grandes y chicos estuviera conectada a una fuerza desconocida y que toda ella a su vez se recogiera en el corazón de Nuestro Maestro.

Uno por uno fui reconociendo a los amigos más cercanos. Estaban todos, absolutamente todos... hasta Lope "el ilustrao". Estaban absolutamente transformados, transfigurados. Henchidos de felicidad. Sus pupilas les delataban. Algunos exclamaban: "¡Hemos descubierto la voz del corazón!" "¡Gracias Maestro por hacernos saborear el néctar de la sabiduría!" Mis duros años de guerrero no me han dotado del vocabulario suficiente para poder detallar en toda su plenitud aquél derroche de luz y de dicha. No tengo palabras, la verdad.

                                                                                      

Y entonces sucedió. Mi corazón explotó en mil pedazos. No cabía en mí de gozo. Me volví hacia el Maestro y le dije: "Maestro, yo en realidad ya... no quiero mi propio despertar. Tanta alegría en tantos seres... sacia de sobra mi corazón. Mi vida ya tiene sentido".

"¡Por fin!", suspiró el Maestro. "Te has acordado de Milarepa". Y guiñándome un ojo añadió: "por fin... ¡bhodisattva!" Entonces, descabalgó, y mientras lo hacía, me indicó: "Por cierto, ¿te habías fijado antes en aquel pozo?"

Negué con la cabeza.

"En realidad," dijo, "ése es el pozo del conocimiento, ésa es la fuente del despertar".

En ese momento observé que, en su regocijo, nadie de la Shanga se había dado cuenta de la existencia de un pequeño pozo, de donde manaba con fuerza la luz que iluminaba el campamento. El Maestro era una especia de canal que absorbía dicha luz y la irradiaba a todos los seres y a todos los rincones.

"Acércate al pozo", me indicó. "Levanta la tapa, pero sólo un poquito. Echa tan sólo una ojeadita. Aún estás muy verde y si levantas la tapa demasiado, la luz te cegará.

Acercándome al pozo, levante un palmo la tapa y eché una fugaz mirada al fondo. Entonces comprendí. En medio del pozo... allá en el fondo.... no había... fondo... no había pozo... no había... yo...

Firmado: "El pescailla"