EL ENCUENTRO CON EL MAESTRO

                                                                                                                   
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La quietud del cuerpo y del espíritu, la secreta inocencia sin historia ni futuro, frágil, apenas atisbada, ruinosamente perdida por el retorno del contumaz dolor, la ineludible solidez de la cama sobre la que me dejé caer derrotada hace unos miles de pequeños infinitos instantes y esta habitación y sus secretos, el hospital y Martín, siempre Martín.

Y todo ello, y nada de ello es capaz de insuflar movimiento a este cuerpo yacente, como abandonado, cada vez más inquieto, sin la habilidad suficiente para eludir el aplastante peso sobre el pecho, la respiración de acero......

Tal vez debería cenar algo.

Abro los ojo. La casa rebosa la estridente luminosidad de todas las lámparas encendidas a mi paso, viejo ritual infantil para conjurar el miedo.

Al fin me levanto. Tengo un propósito válido para el segundo siguiente.

Entro en la cocina. En la fregadera una solitaria taza de té todavía humea.

Martín me rehuye.

Vacío el resto mientras mi corazón se hiela. Del congelador rescato un sandwich pasado de fecha. El suicidio o la cena, la tragedia o la comedia y entre medio la tozuda sobrevivencia.

Hoy es mi cumpleaños, sopla las velas niña y pide un deseo, dice la abuela, 35 lágrimas de luz ondeando en mi corazón a media asta. No hay velas, ni ramo de flores, ni una nota.

Tal vez ha tenido que salir a atender una urgencia digo a mi propia incredulidad que persiste incrédula.

La cerveza helada, el sandwich del microondas en bandeja de ositos y flores, la televisión y el olvido.

Me duelen las piernas. Busco acomodo en el sofá un tanto ajado que hace ya diez largos años compramos en Arnedo.

Ceno mecánicamente, como ausente, con la secreta esperanza de que el automatismo casi animal conjure la angustia.

Me estoy quedando helada. Me cubro con el chal de lana color ocre que Martín me compró en Galicia.

Martín, siempre Martín.....

Zapping.

Concursos que no entiendo, películas ya empezadas, monólogos, disputas corales . Miro con aturdimiento y como alelada paso media hora sin pensar en nada, y sobre todo, sin sentir nada. Pero la ruleta del recuerdo premia tozudamente al mismo número y sin poder evitarlo me llega el aroma de Santiago de Compostela, callejas y bares de centollo y riveiro. Vacaciones con Martín. Vacaciones desoladas luchando por sacar a flote una relación desarbolada y hundida sin remedio.

Tristeza, sí, pero también la lacerante humillación de no ser capaz de despertar en él ni una gota de cariño, ni un resquicio de pasión. Vestidos, perfumes, palabras, cuentos, planes y proyectos, ilusiones de ilusionista, fracaso de indiferencia, apatía y frialdad.

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Sobre la mesa la historia clínica de JJ. Miocardiopatía dilatada de etiología desconocida. No existen antecedentes familiares, ni conductas de riesgo, ni abuso de alcohol u otras sustancias. Ingresado hace dos semanas, su estado general sufre bruscos empeoramientos sin razón aparente que de forma igualmente inexplicable remiten espontáneamente. Puntualmente requiere oxigenoterapia. Actualmente estable. Al pie de la historia una extraña nota: las recaídas del paciente coinciden en el tiempo con las altas de sucesivos compañeros de habitación que abandonan el hospital milagrosamente reestablecidos. Dos interrogaciones.

Reviso al trasluz la radiografía de su tórax.. Su sobredimensionado corazón describe una silueta casi imposible de ser contenida en un cuerpo humano.

Una patología extraña para una persona, especial, pienso. No soy capaz de explicarme aún la honda sensación de familiaridad que al acudir a su habitación esta tarde han despertado en mí, sus rostro de poblado bigote, su voz, sus ojos, y sus hermosas manos.

Estoy cansada. La conciencia se deshilacha dispersa, la respiración se atraganta pesada como si el aire se licuara. Al fondo, junto a la escalera de emergencia un bombero nos lleva a empujones a la azotea del hospital. Una vez en ella, veo humaredas espesas que provienen de los pisos inferiores. El fuego se extiende amenazante pero estoy tranquila, sin miedo.

De pronto comienza el juego. Sogas de seis colores sujetas a una endeble barandilla y varias personas que se lanzan a practicar puenting entre risas.

Yo también deseo tomar parte y me acerco a recoger un arnés. En ese momento, JJ en persona pero con cuerpo de mujer se me acerca y me dice: el juego que te propongo es mejor aún.

¿De qué se trata? pregunto. Del puenting sin sogas ni arnés. Saltar de la mano al vacío. ¿Quieres? Estoy dispuesta contesto y dándole la mano, llena de confianza y plenamente serena me lanzo con ella y mientras vamos cayendo el espacio se vuelve denso, envolvente y acariciante como si de un ser vivo se tratase. Y cuanto más y más caemos, mayor es el calor en el pecho que de tanto ardor duele y se goza a un tiempo.

La clonación humana es una práctica contraria a los principios éticos fundamentales vocifera el televisor. Estoy envuelta en sudor, y en mi pecho siento un calor extraordinario que me asusta. Me levanto agitada y me dirijo al baño con la intención de vomitar. El sanwich caducado, pienso sin mucho convencimiento. Me miro al espejo y me veo extraña, brillante. El ardor no cesa, y aunque asustada por esta novedosa vivencia que me embarga, me siento feliz. Feliz, me repito, incrédula de estarlo diciendo. El recuerdo de JJ invade mis pensamientos y la necesidad de verle y la certeza de que él puede responder a este misterio me impulsa acudir al hospital sin demora. Sopla las velas Anita y pide un deseo, dice la abuela.

Es tarde. El hospital respira silencioso rumores de sueños sin esperanza. Recorro pasillos solitarios, apenas un buenas noches Ana de un celador cuyo nombre no recuerdo. Luz cabizbaja, letreros de emergencia color verde chillón y algunas fluorescentes temblorosas, anuncios luminosos de un festejo sin nada que celebrar, sin música ni danzas.

Camino a buen ritmo, el fuego que arde en mi pecho no acepta demora.

Al fin la 373. Abro despacio la puerta conteniendo a duras penas los latidos y el aliento, y como un furtivo me adentro sigilosa en la habitación. Una diminuta lámpara languidece sobre la mesilla y proyecta un haz de luz azulada sobre el rostro de JJ. Está despierto y, gracias a dios, solo. En el aire una tenue fragancia de rosas.

Buenas noches, digo a media voz. Hola Ana, escucho aliviada mientras me aproximo y vislumbro, ahora sí, con total nitidez, el rostro sonriente de JJ. No sabía que fueras aficionada al puenting, dice en tono burlón, como sin venir a cuento. Pero ¿cómo sabes.?.. comienzo a decir y no acabo, repentinamente sobrecogida por una fuerza imponente que me enviste como un mar embravecido de terciopelo. Y aunque lucho y no quiero, me arrastra desnuda y desvalida hasta la orilla de un dolor profundo y primigenio. Por un instante creo morir, y me siento sobre la cama justo antes de perder la conciencia entre los brazos de JJ que me sujeta con firmeza. Ajena a mi misma permanezco hasta que, desde un lugar que no acierto a distinguir, escucho esa voz familiar que pronuncia mi nombre.

Al fin despierto.

Bajo la mejilla siento la cálida mano de JJ alejando de mi todo atisbo de temor.

Ana, Ana, susurra cadenciosamente, abre tu corazón y recuerda, más allá de la dualidad y del fruto del dolor cristalizado tu propio ser te reclama, recuerda Ana. Y de mis ojos el llanto mana despacio y lentamente viene a mi encuentro el recuerdo.

Oh Maestro. Digo sin despegar los labios. Tanto abandono, tantas frustraciones y desengaños, tantas agresiones al amor que necesito verter en el cuenco de tu mano. Ante mis ojos aún cerrados asoman las innumerables vidas en que fui mujer y fui hombre y las incontables veces que en el hombre y en la mujer te busqué sin hallarte. Desolación de un malvivir sin sentido, resignación del esclavo preso sin posibilidad de escape.

Ahora, por fin descanso, el ocaso del dolor, regueros de miel caliente reconfortan mi corazón y en el límpido cielo azul ¡Oh mi maestro, Guru Rimpoché ¡.

Abro los ojos, me incorporo lentamente y poso mi mirada sobre los ojos luminosos y plenos de infantil inocencia de JJ.

Siento el descenso de un poderoso silencio sólo roto por el espontáneo fluir del mantram OM AH HUNG BENZA GURU PEMA SIDDI HUNG.

La mirada de JJ es ahora la puerta a un abismo insondable, una planicie vacía, sin habitante, los ojos como un espejo detrás del cual no hay nadie.

No temas, me dice, reposa en el eterno presente donde mora aquello que nunca nace ni nunca muere, donde quien mira, lo mirado y el acto mismo de mirar son indiferenciados, allí donde maestro y discípulo son uno, el ser.

Hoy es un día auspicioso y el sol brilla en la oscura noche. Será mejor que vuelvas a tu casa y descanses.

Trato de resistirme pero suelto. Mi corazón desborda gratitud. ¿Te veré mañana? pregunto con aprensión. Puede, contesta enigmático.

¿Y tu corazón?, Estás muy enfermo ¿ lo sabes? digo con vehemencia.

No te preocupes Ana, lo que tenía que hacerse se ha hecho. Mañana mi corazón recobrará la salud y estará fresco y lozano como el de un recién nacido.

Silencio.

Con ambas manos juntas sobre mi pecho me inclino con respeto y gratitud y me despido.

Descanso profundamente pero apenas duermo. Me levanto ligera, vital con la alegría de una enamorada.

JJ está en mi pensamiento, en el aire que respiro, en las plantas que riego, en la comida que cocino, en los pliegues del tiempo y del no tiempo, en la canción que tarareo, en la ducha caliente y el pelo recogido, y lentas muy lentas pasan las horas de tanto que anhelo volver a verlo.

Al fin llega el momento de salir y no sé que ponerme. El ropero se me antoja gris, anodino, al gusto de una extraña. Me decido por unos jeans y una camisa entallada de color teja. En el espejo me veo guapa, radiante.

Voy a pedirme un taxi. Junto al teléfono, envuelto en un papel de regalo de fealdad inenarrable un pequeño paquete con un escueto y estándar "Felicidades". No lo abro. Compruebo que llevo dinero en el bolso y salgo.

Cardiología.

Desfile de ansiedades, penoso trajinar de resignaciones. Enfermedad, decrepitud y muerte.

Cuanto dolor y tristeza, cuanto temor a la última y definitiva pérdida.

Siento una fuerza compasiva que se abre paso en mi interior, y cómo detrás del dolor, allá en el fondo, mana incesante el elixir gozoso de un amor sin objeto, impersonal, universal y excelso.

Pregunto por JJ. Tras hacerse unas pruebas, ha pedido el alta voluntaria bajo su responsabilidad y se ha ido, Me siento desolada.

Sobre la mesa de mi despacho un electro y una radiografía. ¡Qué alegría! Tal como me dijo, su corazón ha renacido. ¡Oh maestro, cuando volveré a verte!

Café a media mañana, los terrones se disuelven impotentes, tres meses de vanos intentos por saber algo de JJ. Entre tanto, la vida empujando, intensa , llena de cambios. La soledad, ahora sí, plena, la ilusión del trabajo como entrega, una felicidad que se irradia sin reserva.

Se acerca Elena. Le veo preocupada, triste. ¿Puedo hablar contigo? Claro, le contesto. Si quieres, ahora mismo. Entramos en mi despacho. Nos sentamos una a frente a la otra, la mesa como frontera.

De momento, calla. Diez años trabajando juntas y es la primera vez que hablamos con cierta intimidad. Años de envidias y recelos mutuos.

Ana, dice, mi marido lleva tiempo en paro y ha cambiado. Entre el y yo ya no...y vuelve a callar al tiempo que levanta la vista y la detiene, como perdida, en ese resquicio donde uno ve pasar toda su vida. Repentinamente me mira. Ana, ¡no puedo más! y comienza a sollozar con amargura. Me levanto con ademán de abrazarla y se deja. Perdóname Ana por todos estos años. No te soportaba. Me parecías fría, distante e intolerante. Ahora estás distinta, y siento haberme equivocado tanto contigo.

No importa, Elena, eso ya pasó.

Eras todo lo que yo deseaba ser y nunca podría alcanzar.

Si supieras, Elena, lo infeliz que era. Nos miramos a los ojos con franqueza y sin mediar palabra nos echamos a reír como dos colegialas alocadas.

Se seca las lágrimas y se ahueca un poco el pelo. Gracias por todo, Ana dice y se dirige hacia la puerta, pero, justo antes de salir, se vuelve. Casi lo olvido, esta mañana ha llegado un paquete a tu nombre. Lo he dejado en tu taquilla. Gracias Elena.

Con mi nombre escrito a mano, cuidadosamente envuelto en un papel azul oscuro muy elegante, parece contener un libro.

Lo abro despacio para comprobar que en efecto es así.

Leo el título "Vida y enseñanzas de Guru Rimpoché" y mi corazón se acelera desbocado. Pero, hay más. Un recorte de prensa y una foto. Es una esquela. JJ ha muerto. El dolor me aprieta hasta ahogarme. Entro corriendo en mi despacho y lo cierro con llave. Me desplomo en la butaca sin ser capaz de encontrar ni un solo pensamiento que pueda consolarme. Con aturdimiento, cojo entre mis manos la fotografía. En ella JJ y a su lado una mujer mayor, aquella con la que salté al vacío hace tres meses en mi primer sueño revelador.

Detrás, escuetamente, una dirección.

Mi corazón se inflama de amor y gratitud por la certeza de que mi anhelo de ver de nuevo a mi maestro se cumplirá.

Firmado: Amorrortu