LLUVIA PARA MI CORAZÓN

                                                                                           
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En el largo proceso de mi vida había conseguido acumular muchas cosas: útiles algunas, hermosas, exóticas o extravagantes otras, que proporcionaban comodidad o, las que más trabajo costaba conseguir… cosas que ayudaban a trabajar menos.

Y así, en ese tránsito de hormiguita acumuladora que recorre el camino marcado y bendecido por la sociedad, de pronto, un día, descubrí que no encontraba la sonrisa.

Bueno, para ser sincero, sí era capaz de esbozar una mueca optimista, pero de ahí a la sonrisa,… un universo. Movía los músculos del rostro pero no encontraba las burbujas interiores que suben por el pecho y estallan liberando alegría y haciendo saltar el corcho de la risa abierta.

Al principio no me di cuenta de lo que estaba ocurriendo. Tan ocupado estaba en abarrotar mi personal hormiguero, tan lleno de preocupaciones necesarias e incluso deseables acerca del futuro y mi buena imagen, el estatus y la felicidad de los míos.

Pero la vida, en su a veces tan indescifrable sabiduría, me regaló tantas cosas como nunca hubiera soñado y entonces, justo entonces llegó esa sensación de sequía interior, de sin sentido, y esa otra aún más dolorosa y aguda, esa tremenda paradoja: por estar tan preocupado con la felicidad de los míos, no había traído a sus vidas sino tristeza, angustia, exigencia, preocupación.

Sentado en el sofá adquirido en la última subasta, el que perteneciera al conde de Aberat, una certeza cayó sobre mí como un rayo en la noche: la vida hacía tiempo que había dejado de ser para mí algo ligero y alegre. De hecho me pesaba tanto que cada vez me resultaba más cansado llegar al final del día.

Y la sonrisa,… esa cualidad de felicidad dulce y jovial, sencilla, que nos acompañaba en todo cuanto hacíamos de niños, ¿Dónde había quedado?

Fue una pérdida seguramente gradual, inconsciente. Una pequeña dejación diaria. Un olvido que se instaló tanto, se hizo tan natural, que me convertí, sin grandes traumas, en un desierto, uno de esos que hace millones de años perdió el contacto con la lluvia diaria, y vivía la sequía como el normal acontecer de los días.

Pero ahora, de pronto, estaba en plena noche interior. Ya no necesitaba estar lleno de preocupaciones, ya lo tenía todo, pero, ¿Dónde estaba mi sonrisa, porqué no podía llegar hasta ella, evocarla siquiera? Una voz de lo más profundo la reclamaba, y la angustia se apoderó de mí.

Recurrí a amigos y familiares, a los más próximos y queridos, a socios de negocios, compañeros de bando político e incluso de religión, pero nadie parecía comprender mi dolor. "¿Porqué te preocupas? -decían- nadie sonríe más que en pequeños momentos"." No seas tan ambicioso —decían otros- eso no es posible". "Ven con nosotros a los espectáculos del solsticio — decían aún algunos- olvídate de todo, toma néctar de enebro y baila, sentirás de vuelta las burbujas de la alegría, aunque sea por un rato. Así vivimos todos".

No, nadie comprendía mi dolor. El dolor de quien sentía en su interior el desierto yermo, pero un desierto sin belleza, sin dunas, sin arenas reflejando en ocre la luz del sol. Eran laderas, laderas de montañas con árboles muertos, con plantas secas, con cursos de ríos sin vida, que gritaban cada instante el vergel que antes fueron.

Mi interior era un gran desgarro, un silencioso lamento ensordecedor, una garganta reseca. Nada de lo que poseía parecía poder devolverme la perdida frescura, así que me decidí a salir a buscarlo.

Sí, lo reconozco, al principio tenía mis dudas. Me preguntaba si no sería un loco, un inconsciente, un romántico de esos que como Icaro, acaban dando con sus huesos contra la realidad de la vida, la que todo el mundo me decía era la única realidad. Pero mi ser entero estaba sediento. Y gritaba.

Pregunté por todo el valle, más tarde por la región entera, y siempre encontraba en los ojos de mis interlocutores el mismo reflejo de la incomprensión. Así que dejé los asuntos de mi familia en buenas manos y partí hacia el lugar donde nace el sol.

Muchas fueron las jornadas que duró mi viaje. Hablé con eruditos, que me confiaron sus respuestas. Eran las mismas respuestas de las gentes sencillas de mi valle, pero tejidas con palabras y argumentos mucho más hermosos y elaborados. Y mi sed crecía y crecía.

Consulté las mejores bibliotecas, incluso viví en ellas oculto entre los grandes tratados del pasado y los grandes volúmenes de los intelectuales actuales. Y sin darme cuenta, nuevamente me convertí de nuevo en hormiguita recolectora. Ya no buscaba objetos sólidos, ahora reunía citas, argumentos, adagios, poemas, conocimientos. Pero el desierto interior no reverdeció un ápice.

Un día, cansado ya de tanta lectura, decidí salir a pasear por los alrededores de la ciudad en la que estaba. La senda, que conducía a un pozo, era hermosa, tranquila. Yo caminaba como siempre, atento, buscando, ojo avizor. ¿Ojo avizor? No mucho, porque de pronto arrollé a una mujer que transportaba un gran cántaro para el agua. En mi absorto caminar ni tan siquiera la había visto.
* ¿A donde vas, caminante?- me preguntó sonriente.* Voy buscando mi sonrisa.* No has de ir a ningún sitio —me contestó mostrando sus hermosos dientes blancos-. Tu sonrisa está en ti mismo.* Pues yo no la encuentro.* Quizás el problema es que no miras, que no ves. Tan enfrascado estás entre tus ideas, que no puedes ver más allá de ellas.* Sí, quizás… -y mentalmente comencé a repasar las experiencias pasadas, a discutir con Platón, a viajar con Marco Polo, reorganizar el salón de nuestra casa de campo, aconsejar a un buen amigo sobre una compra importante,… y, de pronto, me asaltó una duda vital: ¿Cuál era el nombre científico del arce monegro?

 

La mujer del cántaro me hizo volver a la realidad. Me invitó a sentarme junto a ella y me habló de un lugar, un lugar de paz, me dijo, un lugar llamado las montañas del búho sonriente.

* ¿Sonriente? —pregunté, despertando de pronto como de un sueño. * Sí, sonriente. Es el sitio que buscas. No puedes encontrar tu sonrisa si no aprendes primero a mirar, y allí se aprende. Dibujó un pequeño mapa para mí, me ofreció agua y me deseó suerte. Luego se despidió con una misteriosa frase: "allí podrás encontrar arces monegros y preguntarles su nombre". "Arces monegros —pensé- ¿para qué quiero saber su nombre?"

Pero tan contento estaba que una sonrisa nació en mi rostro. Una sonrisa —pensé- ¡Qué hermosa! Debe haber sido por esa mujer, tenía unos ojos tan…, o quizás ha sido una casualidad, no, no puede ser casualidad, acaso ha nacido al pensar en el Búho sonriente. O quizás…

Y así continué mi camino, elaborando estrategias para volver a vivir de nuevo aquella alegría. "Quizás debería pensar en sus ojos morenos y llenos de chispas de vida. No, los ojos no. Fue la fuerza de su voz la que me dio esa felicidad, o el cántaro, o…"

Todos los caminos parecían conducir a las montañas del búho sonriente, como pequeñas raicillas que desembocan en el gran tronco que las une. Y los peregrinos, pequeñas hormiguitas exploradoras, acababan juntándose en pequeños grupos bastante variopintos.

El grupo que me acogió era seguramente uno de los más peculiares.

Estaba en él Vladine una revolucionaria que había buscado el poder para transformar la realidad y que con harto riesgo y esfuerzo había conseguido su objetivo. Con ardor contaba las transformaciones económicas en su país, la nueva educación, la salud, y los viejos hábitos de siempre ahora reproducidos bajo nuevas palabras. Luego, con el mismo ardor, recordaba devastadora la crisis personal, el sin sentido, la angustia, la búsqueda. Su sueño de que a partir del triunfo de la revolución su interior se volvería vibrante, luminoso, intenso, lleno de felicidad y generosidad. Sin embargo, tras vencer en el campo de batalla se descubrió como siempre, aun peor, porque ahora no podía ya engañarse con otro día después del triunfo de una nueva revolución.

Junto a ella caminaba Ahmed, el Sultán. Hermoso, poderoso, dueño de vidas y haciendas. El mas deseado entre las mujeres de su región, Ahmed el dulce. Había conquistado mil y una mujeres y, como los pajarillos en primavera, había disfrutado entrelazando su vuelo con el de ellas, en sublimes momentos de entrega y de placer, de exquisita sensibilidad y de caricias dulces. Pero tanta hermosura no podía acallar su inmensa sed de una felicidad más grande, más permanente, su necesidad de paz.


Más allá Urg, el gran creador. Maestro de maestros, siempre de proyecto en proyecto. Hoy gran arquitecto, mañana poeta, pasado compositor del conjunto escultórico más armónico de la ciudad. Infatigable, siempre ocupado, sin tiempo para vivir. Todo un carácter que, a pesar de ser el más admirado, no podía borrar de su cabeza el vértigo que le daba asomarse a su mundo interior, lleno de necesidad de atención, de exigencias de perfección, de sentimiento de mediocridad.

Después Gertok, que perdió a sus dos hijos en un conflicto por un puñado de tierras, y se había convertido en una entristecida sombra de lo que fue.

Por último Isadora, la dueña del amor más puro, la que abandonara su buena posición para seguir a un hombre pobre pero acogedor. Pocos años más tarde su amor no era sino un recuerdo doloroso que ponía frente a frente su sueño con su realidad, y ella, la romántica, a veces se sentía mezquina y egoísta por no poder amar a ese hombre como quisiera, a veces reprochaba a la vida por engañarle con una ilusión, a veces recordaba la hermosura de lo vivido y no acertaba a saber donde se rompió el encanto.
 
Cuan interesante y reconfortante me resultó el viaje. Al fin había encontrado otros dolores similares al mío. Cada uno desde su origen y su diferente vivencia, pero éramos hermanos y hermanas en la búsqueda.

Unas semanas más tarde llegamos al fin a nuestro destino. Junto a un desfiladero, se levantaba una muralla en la que se encontraban elementos de todas las culturas: almenas cristianas junto a ventaras árabes, dibujos de aborígenes, techos de pagodas orientales, una pequeña pirámide,… todo ello formando un todo armónico y hermoso.

Un poco más allá, una gran imagen en bañada en oro y una multitud de personas frente a ella. Personas de todas las razas, sexos, edades y condición social, participaban en cientos de diferentes ritos de ofrenda y petición a la gran divinidad, al gran Búho que todo lo ve.

La visión de aquella multitud nos produjo la alegría. "Nuestra opción es correcta porque mucha gente la sigue, estábamos en lo cierto". Pero esa alegría pronto se transformó en estupor al reconocer lo que allí ocurría: cientos de fieles y sacerdotes de distintas tradiciones, todas ellas la única verdadera, todas ellas las auténticas seguidoras del único auténtico Búho, se agolpaban pero no se mezclaban, se desafiaban, se observaban pero no se veían.
Y nuestro estupor se convirtió en pesadumbre. Habíamos hecho un camino muy largo para volver a los viejos ritos, a alas mismas formas y maneras que hacía mucho habíamos abandonado ya hastiados. Pero estábamos cansados, así que decidimos pernoctar allí mismo con la esperanza de verlo todo diferente con la luz del nuevo día.

El nuevo día trajo la misma percepción desesperanzadora. Quizás habíamos equivocado el camino…
Una voz femenina nos sacó de nuestras tristes impresiones.
* Hola peregrinos. ¿Qué estáis buscando?* Buscábamos las montañas del Búho sonriente* Estas son. Pero estáis frente a la puerta equivocada. Esa estatua de enfrente es un Búho, si, pero no es el Búho sonriente. Esta otra es la entrada.

Mientras aquella mujer cuyos ojos morenos me resultaban familiares nos conducía a una pequeña puerta no más ancha que los hombros de una persona, miré de reojo a la estatua del gran búho y, efectivamente, era un Búho serio, preocupado, exigente, como nosotros.

La mujer de los ojos oscuros nos contó que aquella pequeña puerta, la que conducía al Búho sonriente, estaba siempre abierta, abierta a todos los seres, pero que solo aquellos que han reconocido que la felicidad o la infelicidad se encuentra dentro de ellos la atravesaban. El resto, nos contaba, se sienten más fascinados por la gran imagen, a la que pueden imaginar como quieran, a la que le pueden pedir que haga de su vida otra cosa. Y se sienten atraídos por la seguridad de tener a su alrededor una gran cantidad de personas, así que no les seduce la idea de atravesar una puerta tan estrecha como la nuestra.

Tras la puerta se abría un hermosos jardín en el que paseaban nerviosas algunas personas. "Son personas que no desean adorar imágenes pero que no están preparadas para pasara la segunda puerta"- nos contó la mujer misteriosa.


La segunda puerta no era sino un gran escenario, en el que la mujer nos introdujo para desaparecer luego sigilosamente.
El escenario era eso, solo escenario, sin palcos ni butacas. Allí se vivía, se representaban escenas en las que cada peregrino participaba como actor. Las personas que allí habitaban eran muchas para el espacio disponible y las tareas a realizar exigentes, por lo que las condiciones de vida eran duras y los conflictos surgían por doquier. Agravios, insultos, vejaciones,… eran el desayuno diario.

Al sentirse atacados, los peregrinos se defendían como podían. Luego buscaban la complicidad de otros participantes para poder criticar a los autores de las ofensas y salvarse ante ellos. O herían a otros más débiles que ellos, para compensar su herida autoestima. A veces volvían a discutir renovados en ideas y argumentos, dispuestos a vencer en la batalla dialéctica.

Y el juego se repetía una y otra vez, casi siempre de la misma absurda manera, con los mismos temas y protagonistas.

De vez en cuando, unos pocos actores eran capaces de reconocer la causa de la herida en su propio interior. Entonces se apartaban hacia lugares tranquilos para poder bucear en su interior, poder purificarse, limpiarse. Solo estos, como es natural, en su búsqueda de un lugar de silencio, encontraban la puerta de salida.

A ninguno de nosotros nos resultó difícil atravesar esta puerta, o al menos eso me parece ahora, aunque creo que pasamos algunos meses en aquel escenario absurdo. Sin embargo conocimos a tantas personas que han pasado allí toda la vida,…

                                                                                     

Después de eso atravesamos el puente de la confianza. Era un puente colgante estrecho, de madera, que se extendía sobre un profundo y acongojante desfiladero. El puente parecía frágil, y se movía a cada paso, por lo que parecía suicida atravesarlo.

Para pasar este puente —nos dijo la mujer misteriosa- es necesario aprender a respirar con el abdomen y no con el pecho. Esa respiración calma vuestro mundo interior y os da el necesario centramiento para mantener un gran equilibrio. No tengáis miedo yo estoy con vosotros. Si tenéis confianza en mi y sois capaces de concentraos fuertemente en vuestra respiración caminareis sin peligro alguno por el centro del puente y no se moverá en absoluto bajo vuestros pies.

No fue fácil superar esta prueba. Cada uno la emprendió cuando pudo, cuando se sintió preparado y cuando la mujer se lo permitió. Vladine fue la primera, siempre llena de coraje y confianza.

Yo fui el segundo, semanas más tarde. Los demás… no sé.

A partir de aquí el camino era totalmente personal. La mujer, que ahora vestía una túnica color rojo, había atravesado el puente tras de mí o quizás antes, pero allí estaba de nuevo, en el otro lado.

Ella fue la que me explicó que ahora ya estaba en el camino.
* "Lo que ahora vas a encontrar no es otra cosa que tu propio mundo interior. Has venido aquí para aprender a ver, para encontrar tu sonrisa, tu felicidad interior, y eso es algo que solo tú puedes hacer. Yo estaré siempre contigo, ten confianza, pero tú has de hacer el camino. Y, recuerda, es un camino de mucho gozo, en el que encontrarás también el sufrimiento. Pero, ten confianza, y llegarás a conocer la gran felicidad."* Pero, ¿qué tengo que hacer?* Has de atravesar un bosque, tu propio bosque personal. Al principio te parecerá que es muy frondoso, que no se puede transitar ni avanzar por él, pero ten confianza porque poco a poco irás avanzando y encontrado claros y prados y una montaña limpia a la que poder subir. Allá, en su cima, hay una pequeña casita, en la que yo estaré esperando. Mientras tanto toma este medallón.

Llévalo siempre junto a u corazón. Cuando vayas en la dirección correcta se iluminará suavemente, cuando no permanecerá normal. Pero, en cualquier caso, lo más importante es que aprendas a mirarla. Y con algunas pequeñas instrucciones más, me dejó partir.

Era muy poco lo que sabía, pero durante las semanas que habían pasado desde que cruzara la pequeña primera puerta había conocido momentos de gozo como nunca antes en mi vida. Estaba por tanto muy animado y tenía una gran confianza, así que comencé a caminar por el sendero que conducía al bosque, a mi personal bosque.

                                                                             

Conforme me acercaba a él empecé a sentir su rumor. La mujer misteriosa me había dicho que en este bosque los árboles hablaban, hablaban como si fuera yo mismo el que lo hacía, repetían en voz alta mis propios pensamientos. Si quería llegar a la casa de la paz permanente debía aprender a escuchar a los árboles sin discutir con ellos, escuchar y mirar, eso era todo.
El rumor se hizo más y más notorio, y, por fin, me sumergí en él.

El bosque era espeso, muy espeso, y todos los árboles parecían hablar sin parar de modo alborotado. Mi atención iba de uno a otro, porque todos parecían decir cosas muy mías, cosas sugerentes, atractivas.

Unos engatusaban con cantos de sirenas. Eran esbeltos y hermosos y hablaban sin parar de viajes a lugares exóticos donde conocería a princesas hermosas que rápidamente se enamorarían de mí. Mis charlas con ellos, como no, eran interminables y seductoras.

Los árboles de ramas ascendentes eran temibles. Sus hojas afiladas como las garras de un tigre y unos orificios en su tronco les daban un aspecto pavoroso y siempre hablaban de miedos.

Miedo a la oscuridad, a los animales que seguramente habitaban ese bosque desconocido, al fracaso, a que la gente se riera de mí, a…

Yo no podía evitarlo. Primero trataba de hacerles callar a gritos y luego discutía con ellos. Trataba de encontrar poderosas razones para no tener miedo, pero ellos parecían conocerlas todas por anticipado y no me era posible vencerlos.

Del miedo saltaba a la ambición. Pequeños árboles mezquinos escondidos a la sombra de otros, se frotaban las manos con sueños de poder y riquezas. A veces me dejaba llevar y añadía nuevas pistas, nuevos caminos y objetivos. Otras trataba de convencerles de que no quería lo que me ofrecían, yo sólo buscaba el bien de los demás. Pero su risa me desarmaba una y otra vez y no podía dejar de sentirme un miserable y entonces empezaba a luchar también contra ese sentimiento y luego pasaba otro y otro más y otro más… y acababa el día exhausto.

                                                                                

Árboles seductores, pavorosos, ambiciosos, sedientos de sexo, de poder, auto represores, criticones, elaboradores de planes y proyectos hasta el infinito, etc           … la gama era amplia y su habilidad para atraer mi atención era tan grande que pasaron meses antes de que recordara por primera vez el medallón que llevaba junto al corazón. En ese momento me di cuenta de que no me había adentrado un solo metro en el bosque de los árboles que hablan.

¿Sería capaz de encontrar el camino de la casa? Mi determinación era grande, pero la experiencia inicial no era nada halagüeña.

Un pequeño Búho de ojos misteriosos y oscuros, se acercó entonces a una rama próxima y me recordó de nuevo lo que ya sabía. "No discutas con los árboles, simplemente míralos y veras que, para tu sorpresa, se callan, se hace el silencio. Recuerda también que nunca dos árboles pueden hablar a la vez pisándose la palabra. Habla primero uno y luego el otro, y entre ambos siempre ocurre un momento de silencio. Si eres capaz de sumergir su atención en él, ningún pensamiento surgirá en tu mente y, por tanto, ningún árbol hablará".

Estos consejos me dieron nuevos ánimos y coraje, y me puse en marcha de nuevo. Una maraña de discusiones, fantasías, planes de futuro, análisis de decisiones ya tomadas, miedos,… se interpuso y no conseguí recordar ni el medallón ni aun mi propósito durante meses. La cotidiana actividad en el bosque me mantenía completamente embebido.

De nuevo el pequeño Búho de ojos oscuros se acercó entonces. "Has de entrenar tu atención, me dijo. Mira a tu respiración, obsérvala, cuenta inspiraciones y no discutas con los árboles, sólo míralos".

Este nuevo consejo me fue más útil. Comencé a mirar a mi abdomen hinchándose y deshinchándose al paso del aire y, empecé a fijar allí mi atención. Eso me permitía ser consciente de la constante provocación de los árboles y de la manera en que arrastraban una y otra vez mi atención hacia ellos. Y así, de pronto, ya estaba en quién sabe qué mundos, sin darme cuenta de estar en el bosque.

Pero ahora tenía una herramienta que iba a utilizar: mi respiración.

Así que haciendo el esfuerzo de volver una y otra vez a la respiración conseguí hacerme recuperar mi atención, hacerme dueño de ella, incluso en el interminable rumor del bosque, y, aquella tarde maravillosa, lo conseguí.

Fue apenas un instante. Un árbol trataba de hacerme soñar con un viaje a un país maravilloso. Yo mantuve mi atención y le miré intensamente reconociendo su juego. No contesté. Callé. Se hizo el silencio, la calma. Y yo fui capaz de verlo. Y me sentí tan libre, tan libre, que una gran sonrisa iluminó mi rostro por fin. Y allí, ante mis ojos, en el frondoso bosque, apareció un pequeño claro.

A partir de ese día supe que lo conseguiría.

Cada vez más frecuentemente reconocía pequeños instantes de silencio. Y estos se iban haciendo cada vez más largos. Extasiado miraba desde la calma un universo que, siendo aparentemente el mismo me parecía siempre nuevo. Miraba las plantas y me miraba a mí. No hay pensamientos y, sin embargo, yo estaba allí, entonces, ¿quién era yo? Solo lo que mira.

En esos instantes la vida se volvía magia, el aire era vivo, y reconocía en el bosque cientos de cosas que antes nunca había visto: pajarillos cantando las más dulces cancioncillas, flores generosas donando belleza a raudales, el rumor de una cercana regata de aguas frescas, las gotitas de humedad columpiándose dulcemente en las hojas del musgo verde. El gozo surgía de lo más hondo de mí como el vapor se desprende constantemente del agua caliente y se desparramaba por todo mi ser, así, a borbotones.

De esta manera fui poco a poco avanzando y el bosque, que fuera antes frondoso, iba transformándose en una armónica composición de árboles y pradera. Cada vez prados más abiertos y transitables, caminos más reconocibles, ríos más visibles y hermosos.

Más tarde vinieron esas otras sensaciones, las de volar. Eso si era libertad. Inesperadamente convertido en águila, volaba sobre las copas de los árboles sin importarme si hablaban o no. A fin de cuentas yo estaba no a sus pies sino sobre ellos.

Pero claro, eran momentos pasajeros y luego volvía a arrastrarme por la tierra, como siempre.

Y al fin la vi de cerca. La casa. allá, en la cima de aquella montaña en cuya falda me encontraba, en cuya falda estoy escribiendo estas líneas. Sé que desde allá arriba puedo ver todo el bosque con la necesaria distancia, que la plática de los árboles ya no me podrá arrastrar, y sé que además no caeré como cuando me sentía águila.

Me volví luego hacia el bosque en el que, en realidad, había estado toda mi vida. Desde allí, desde el inicio de la falda de la montaña, se veía en su verdadera dimensión: era apenas un bosquecillo. Me impresionó darme cuenta de que había estado tanto tiempo ahí metido y creyendo que conocía la vida. Y me impresionó aún más comparar su diminuto tamaño con la grandiosidad del paisaje que desde allí podía observar.

Miré también hacia mi interior y el desierto ya no estaba. Toda esta aventura había sido como lluvia para mi corazón, y el vergel había de nuevo reverdecido y estaba en pleno crecimiento. Sí, es cierto que aún había zonas resecas esperando renacer, pero el vergel avanzaba a cada minuto, llenando de alegría lo que antes fuera un conjunto casi de muerte.

Mis ojos se volvieron de nuevo a la montaña. ¿Cómo sería estar ahí arriba? Si aquí ya puedo vivir esta paz, si ya conozco estos momentos de gozo, de vida intensa, si entreveo una realidad tan diferente…
 
"Allá serán más frecuentes y estables y, sobretodo, tu serás más libre de lo que nunca has sido en tu vida. Por primera vez tendrás la sensación de ser el dueño de tu existencia" —me explicó mi maestro, sacándome de pronto de la lectura que me había mantenido en vilo.
Él era quien me había entregado ese texto para orientarme en mi camino. No sé si era un cuento o una metáfora autobiográfica, pero ¿qué más da? Ese pequeño texto me mostró que el camino que había emprendido iba a ser fascinante e imponente a la vez. No era, como yo imaginaba, un mundo de creencias, de aprendizaje de textos y ritos. Era un camino de vivencia. Y yo tenía tanta sed de eso. Como el protagonista, también yo me sentía desierto por dentro y necesitaba lluvia viva.

Mi maestro me interrumpió de nuevo: "Pero no creas que todo acaba en esa pequeña casita. Este camino no quiere dejarte aislado en una minúscula montaña, cuando la realidad es tan grande. El camino quiere que te hagas uno con el universo entero, y con todos los seres que en él habitan".

Las palabras de mi maestro provocaron una sacudida en el fondo de mi pecho, y supe que lo que decía era… verdad.
 

Firmado: Joxe