UN SALTO DE PÉRTIGA

Ir a concurso de cuentos
índice cuentos
Menú Inicio

La isla es ese lugar del que os quiero hablar. Un salto de pértiga sin caída me llevó hasta ella. La fuerza del impulso me sorprendió pues no conocía el potencial de salida , y supe al instante que algo nuevo empezaba a vivir porque ese momento ya era diferente , cuando comprendí que no había nada que hacer , sólo dejarse llevar y confiar en que el aterrizaje se retrasara lo más posible, ya que una nunca sabe en qué estado puede acabar.

Me abandoné, pues, a su intensidad, y viví de esa manera , presente , como cuando una cae bajo un encantamiento y vive así “encantada”.

Pero si hablo de mí es porque, al hacerlo, hablo de cualquiera de vosotros. Mi historia es muy normal, y, como muchos padecemos en algún momento la fiebre del creador, no os vais a librar de mi propia versión.

De manera que, sin perder más tiempo, evoco la isla como un espacio libre, mi lugar de creación. Así, pues, la cuentista se pone y cuenta:



“Una vez viví en una isla muy pequeña. Como en todas las islas había árboles y un sin fin de plantas. Claro que yo estaba sola y nadie podía escucharme.

Todas las mañanas salía a pasear en esa hora plateada del amanecer. Me gustaba sentir en la mañana la brisa de la mar fresca, en la que las nubes semejaban palillos japoneses. Alargadas como finos hilos de seda parecían quedarse quietas, como si fueran para siempre.

Y a mí me gustaba mirarlas hasta que, sin saber cómo, desaparecían, dejando en su lugar la luz rosa de la mañana como reflejo de lo que sería el día. No sabría explicarlo, pero si hubierais estado allí habríais comprendido.

Era algo que ocurría todos los días, sin perder la belleza de lo único. Yo podría haber estado allí de pequeña, me haría mayor y todos los días sucedería como si fuera la primera vez. Estaría llena de arrugas y tendría el poco pelo ralo encanecido pero aquel fenómeno seguiría sucediendo nuevamente, siempre igual e igual de distinto.

Cuando la observaba con más detenimiento, la profundidad de la isla ofrecía un panorama, un aroma en el paisaje verde de colores morados y la ternura del lugar transformaba la luz en canción, lo que hacía olvidar el viaje pasado. Un viaje sin billete, libre, difícil, muy duro. Perdonadme si lo recuerdo así de pronto, pero es que en la isla una no puede estar en el presente con un pasado, pues el panorama del que os hablaba es infinito, lo mires por donde lo mires, todo está ahí mismo, en su lugar, y sólo tienes que contemplarlo.

He dicho que la isla era “pequeña”, pero eso sólo es el principio.

Cuando la contemplaba, el paisaje que se me ofrecía se abría y se abría, haciendo zanjas y nuevas zanjas que no acababan nunca.

He dicho infinito ¿no?, una experiencia inolvidable y verdadera”.He logrado dar con la isla un par de veces en la vida. Llegar a ella puede ocurrir por múltiples caminos, a mí me ocurrió así: Un día, cuando menos lo esperaba encontré una mirada y subí escalas, como siguiendo mágicamente una canción vieja, de casa, conocida, familiar, muy íntima. Y el corazón se turbó. No dijo nada, pero el tiempo se encargó de hacer crecer la semilla que aquella mirada había prendido. La isla es ese corazón tocado, mi corazón, que es el espacio. “Decía que en la isla nadie escuchaba pero también esto sólo es el principio, porque recuerdo que era yo la que, cuando allí estaba, escuchaba los primeros pájaros de la mañana. ¿Os habéis preguntado alguna vez si los pájaros se comunican?.

Pues es cierto. Si escuchas atentamente oirás su conversación, comentando las últimas novedades que caen por la isla, porque sentirás que se han ido acercando a ti, hasta colocarse encima de tu cabeza. Y si afinas en ese momento la atención, la propia tensión del instante permite entrar en el sonido y...

Quería deciros que en días así, en días de la isla, que no tienen nada que ver con los días aislados, todo puede hablar contigo si tu quieres escuchar. ¿Lo habéis probado?. No sólo los pájaros, el aire también puede hablar. ¿Cómo?. Los días en que, por ejemplo, el aire tiene mucha fuerza y no puedo interpretarlo, entonces pienso y me convierto en un colador y espero a que me sacuda con todas sus fuerzas. Dejo que se cuele por mi oído izquierdo y salga por el derecho, dándole toda clase de facilidades, pero es entonces cuando encuentro esos instantes puros en que sólo soy eso, el aire”. Tras el impulso de la mirada, a la que antes me refería, y una espera razonable en el tiempo, el brote apareció y, epístola tras epístola, se hizo el milagro. Mi corazón era visitado. Quien allí llegó tuvo que reblandecer el territorio, donde colocó un columpio y se instaló, colgado de mi corazón, con su guitarra hinchable.

¿Qué podía decir yo ante esto?. El corazón se convertía sin remisión en una masa vacuna blanda y esponjosa, feliz de extenderse en toda su dimensión circular diamétrica. Y mis visitas a la isla se hicieron cada vez más habituales ya que necesitaba de esa soledad donde prender de nuevo la mecha de fuego, para ofrecer lo mejor que tenía. “Hasta la isla solían llegar las melodías, los minuetos del solista que yo, al igual que a los pájaros, escuchaba ensimismada, y podía así seguir ahondando en el conocimiento de su territorio.

En una de aquellas incursiones, por ejemplo, encontré un río y me senté para oír la corriente. Escuchar la corriente de un río remonta a sonidos apacibles, pero también a oscuridades, profundas y frías, casi metálicas. Y pude sentir su fascinación. Una fascinación que hacía que el solista, de cuya presencia sólo me constaba el columpio y sus canciones, se convirtiera en un barquero. Pude haberme montado en su barca y bañado en las oscuras y misteriosas aguas de su corriente y, así, quedarme para siempre convertida en mujer-pez, que espera ansiosa el beso encantado. No importa ahora si así sucedió, si me arrojé o no a esas aguas”. Al hablaros ahora es que algo he comprendido: La isla es ese lugar para disfrutarlo en soledad. Sólo así se vuelve un tesoro, porque allí nada se agota, los descubrimientos nunca acaban debido al carácter de su profundidad. Sin embargo hay que estar alerta, los goces son inmensos igual que los peligros.

Dicen que es de inteligentes saber manejar el lenguaje del corazón. Ese lenguaje del amor de cuya sutileza he tenido suficientes pruebas, desde entonces. La pértiga de esta imagen sería la que usa el funambulista, cuando intentas ser ese medidor preciso de las melodías a las que permites el acceso para hacer de ellas tu camino, siempre en el filo y con la pértiga como única arma contra las mareas de sentimientos. He comprendido que gracias a la curiosidad la dificultad se convierte en reto y se puede llegar a vivirla como un juego.

Pero de eso os tendrán que hablar los expertos. Por mi parte, puedo añadir al respecto que soy bastante “maladroite”, como dicen los franceses para referirse a la torpeza. La última de ellas sucedió no hacwe mucho, al dirigirme a una provincia cercana como tantas y tantas veces, buscando de nuevo la isla. Un día divisé en los cielos una bandada de buitres volando como os los imagináis, solemnes, elegantes, silenciosos. De entre ellos uno se destacó de pronto al bajar de golpe y separarse de la bandada.

Inmediatamente otro le siguió, y tuve el placer de verles de muy cerca. Y como me gusta jugar a que el azar no existe, “extraño fenómeno –pensé- alerta, chica, algo va a ocurrir”. Y durante ciertos kilómetros la alerta se agudizó. Pero, después, como sucede siempre, la normalidad de lo cotidiano se encarga de ocultar el mensaje. Cuando ya los buitres volaban por otros vericuetos, aquel mismo día, de la forma más inesperada y sencilla obtuve la respuesta al escuchar lo que tanto deseaba oír. Alguien me decía “...para mí vivir el corazón es ...”. ¡Me empezaban a explicar lo que tanto tiempo estaba esperando!, y, quizás, por haberlo esperado tanto, o, por el nerviosismo del momento, desvié irremisiblemente la conversación, dándole un estúpido giro del que ahora os hago cómplices. El funambulista se resbaló.

Los expertos del lenguaje del corazón dicen que una vez que te instalas y lo utilizas nunca decepciona.En eso estoy, y, por eso, quería contaros este cuento, mientras ejerzo con la pértiga, que algún día soltaré pues espero con confianza retomar aquella conversación, que hablaba desde la experiencia. O, quién sabe, puede que no haga falta y me encuentre un día hablando a mi corazón, a mi mejor amigo, el más íntimo y leal, y tan firme.
¡No os olvideís!, : “Una vez vivía en una isla...”


Firmado:
Martina Bravo



Ir a concurso de cuentos
índice cuentos
Menú Inicio