Querida Edurne: cuando yo llegaba al Centro, era una maravilla percibir tu presencia silenciosa, tranquila; una presencia que me transmitía sosiego, serenidad. Luego venía el saludo,  "hola, ¿qué tal?", palabras banales en apariencia, pero impregnadas desde tu interior por una cordialidad tierna y solícita. Y después, tu sonrisa y  tu mirada, dulces, luminosas, transmitían a mi corazón un mensaje de bondad y de amor. "Estás en tu casa", me dijiste alguna vez. Y así me sentía. Gracias.